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Tribuna abierta

Autogobierno vasco y pase foral

por igor filibi - Lunes, 2 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:15h

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Podrá gustar más o menos, y habría que ver cómo se plasma jurídica y políticamente, pero parece que, actualizando el pasado, hay quien intenta construir un futuro compartido.

El jueves 20 de abril, Eusko Ikaskun-tza organizó una extraordinaria jornada sobre el futuro del autogobierno vasco en Vitoria-Gasteiz. A lo largo de la mañana, presentaron sus ideas seis ponentes de primer nivel con intervenciones cortas, muy bien preparadas y que en cuatro casos mostraban los aspectos más interesantes de distintos sistemas de autogobierno -Escocia, Bélgica, Suiza, Baviera- y en dos, cuestiones más generales y el encaje en la Unión Europea. Por la tarde hubo una mesa de representantes de los partidos políticos, así como intervenciones de la presidenta del Parlamento Vasco y del lehendakari. No se puede pedir más y así se lo reconocieron los asistentes al presidente de Eusko Ikaskuntza y al director de la jornada, Juanjo Álvarez.

Las diversas ponencias mostraron, por un lado, que la búsqueda de un mejor acomodo político para las pequeñas naciones europeas no es un tema menor ni marginal. Hay toda una serie de pequeños pueblos que no están satisfechos con la forma en que están insertos dentro de sus Estados. Por otro lado, también quedó claro que la pequeña dimensión de estos pueblos no solo no es un obstáculo, sino que puede ser una gran ventaja para construir sociedades más justas y democráticas, como demuestra el caso de Suiza.

También conviene tener presente algo obvio: constituye un factor crucial en la resolución de estos conflictos políticos la proporción entre el tamaño de los pueblos en cuestión. Cuando los pueblos que negocian son de dimensión parecida, como sucedió en la antigua Checoslovaquia o en la actual Bélgica, se suelen producir acuerdos mucho más justos y equilibrados que cuando el conflicto se produce entre un pueblo pequeño y otro mucho más grande, como sucede en los casos de Escocia y Reino Unido o Euskadi y España.

En Checoslovaquia, los checos no quisieron compartir su Estado ni les interesó ninguna fórmula plurinacional o autonómica. Pero al menos entendieron que, en ese caso, los eslovacos deberían tener el mismo derecho que ellos a decidir qué tipo de Estado querían tener y les facilitaron la creación de su propio Estado.

En el caso belga, las distintas regiones y comunidades han apostado por compartir su Estado, pero sobre la base de un respeto mutuo que, visto desde aquí, resulta admirable. El profesor David Criekemans señaló que en Bélgica existen dos principios centrales. El primero implica que cuando alguien (región, comunidad) tiene una competencia, debe poder enviar su propio representante a defenderla al exterior e incluso debe poder firmar tratados internacionales sobre esa materia, si bien de forma que no interfiera con la política exterior del Estado. El segundo principio afirma la igualdad fundamental entre los distintos gobiernos de Bélgica. En este sentido, no es más importante el gobierno del Estado que el de la comunidad de Flandes;simplemente, tienen que gestionar competencias distintas. Como no hay una jerarquía entre las normas, los distintos gobiernos deben negociar y alcanzar acuerdos ya que la mayor parte de las competencias se superponen entre sí. Así, para defender bien los intereses de los belgas, sus distintos gobiernos deben negociar constantemente entre sí hasta acordar posiciones comunes. Y cuando no son capaces de acordar una decisión conjunta, el Estado se abstiene puesto que nadie puede hablar en nombre del conjunto del Estado. Estos principios parecen de una gran sencillez, pero expresan un profundo sustrato democrático basado en el respeto mutuo.

Lógicamente, no es fácil gestionar una diversidad nacional dentro del Estado. Nadie dice que sea fácil. Simplemente es lo justo. Evidentemente, hay formas más sencillas de gestionar la diversidad. Pero todas ellas son democráticas solo en apariencia. Lo democrático es reconocer al otro y no creer que uno es más que el otro solo porque tu pueblo tenga más millones de personas.

Esta diferencia en el tamaño es lo que para muchos hace imposible en el Reino Unido un sistema federal. Que Escocia tiene conciencia nacional y desea un mucho mayor nivel de autogobierno es obvio y así lo ha demostrado a lo largo del tiempo. Sin embargo, es igual de obvio que la mayoría de ingleses se sienten cómodos con un Estado centralizado. ¿Es justo que algo más de cinco millones de escoceses, el 8% del Reino Unido, obligue a cambiar el modelo de Estado en contra de la mayoría de ingleses, que son unos cincuenta y tres millones? Podría decirse que no es justo. Pero, del mismo modo, ¿es justo que los ingleses, simplemente porque son más, obliguen sistemáticamente a cinco millones de escoceses a tener unos gobiernos conservadores que no votan o a tener un acomodo político dentro del Estado que no les gusta? Pues parece que tampoco esto es muy democrático.

Estos son los casos complicados, aquellos en los que se dan estas dos condiciones: dos mayorías claras y legítimas, pero distintas, dentro del mismo Estado. Y parece que el federalismo simétrico clásico, del estilo del alemán (con la excepción parcial de Baviera), no pueden responder correctamente a este desafío. Por ello, sorprende, y ofende, que este sistema sea el modelo de referencia para muchos intelectuales y constitucionalistas españoles.

Por estos motivos, en casos así, el modelo solo puede ser asimétrico o confederal, porque la diferencia de tamaño entre las partes es tan grande que cualquier solución general es, por definición, injusta, porque la parte pequeña jamás podrá ganar unas elecciones en el ámbito estatal ni implementar su modelo en el conjunto del Estado.

Y por ello el pueblo pequeño, incluso aunque pueda acordar un estatus político satisfactorio dentro del Estado, exigirá unas garantías de que la mayoría de la población del Estado no difuminará su mayoría o cambiará las reglas de juego usando y abusando de su mayor población. El pueblo pequeño no puede vetar la adopción de decisiones democráticas en el Estado, pues ello no sería democrático;pero, igualmente, el pueblo pequeño no puede aceptar que la simple mayoría dominante pueda destruir su autogobierno y su ámbito de decisión, pues es tan democrática y legítima su mayoría como la estatal.

Esto es lo que llevó a los gobernantes vascos y españoles, hace ya varios siglos, a acordar el pase foral: se acata la ley española, pero no se obedece por ser contraria a la legislación vasca. Esta es la auténtica base política del encaje histórico de los territorios vascos en el Estado, porque supone el punto de equilibrio entre dos sujetos políticos con dos mayorías distintas, pero ambas legítimas.

Este principio del constitucionalismo vasco surgió mucho antes de la existencia del nacionalismo vasco, por lo que el concepto de pase foral no puede de ninguna manera calificarse de propuesta nacionalista. Es más, casi habría que decir lo contrario, que solo cuando algunos ilustrados españoles decidieron unilateralmente abolir el pase foral, la respuesta vasca fue apostar por el nacionalismo moderno. De este modo, la recuperación del concepto del pase foral puede entenderse como una apuesta de una parte del nacionalismo para intentar acordar un marco político con quienes no son nacionalistas vascos.

Podrá gustar más o menos la fórmula, y habría que ver cómo se plasma jurídica y políticamente, pero parece que, actualizando el pasado, hay quien intenta construir un futuro compartido. Ya se ha visto que la convivencia entre distintas naciones dentro de un mismo Estado no es fácil. Nunca lo ha sido, e implica renuncias por parte de todos. Pero, para quienes desde fuera del nacionalismo vasco crean que esto no es posible o no lo desean, como hicieron los checos, habría que recordarles entonces las consecuencias de su decisión. Es decir, si no es posible que dos pueblos compartan democráticamente y bajo el respeto mutuo un Estado, la historia muestra que solo quedan dos opciones: o bien el pueblo pequeño renuncia a su identidad, o bien construye su propio Estado.

El modelo solo puede ser asimétrico o confederal, porque la diferencia de tamaño entre las partes es tan grande que cualquier solución general es, por definición, injusta


Si no es posible que dos pueblos compartan bajo el respeto mutuo un Estado, solo quedan dos opciones: o el pueblo pequeño renuncia a su identidad, o construye su Estado


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