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“Nadie del pueblo se esperaba algo así”

Los garaitarras Maku y Anton Negugogor rememoran la toma del pueblo protagonizada por el histórico activista Xabier Zumalde ‘el Cabra’, hace medio siglo

Un reportaje de Imanol Fradua - Domingo, 1 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Los hermanos Maku y Anton Negugogor fueron testigos de la toma de Garai por parte de ‘los cabras’.

Los hermanos Maku y Anton Negugogor fueron testigos de la toma de Garai por parte de ‘los cabras’. (Foto: Pablo Viñas)

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Los hermanos Maku y Anton Negugogor fueron testigos de la toma de Garai por parte de ‘los cabras’.

berriz está aquí, al lado. Si subes al monte Oiz puedes salir en dirección a Gernika o Markina, fácilmente. Durango está unos kilómetros para abajo”. Inmaculada Negugogor, Maku, sabe bién de lo que habla, ya que pisa el suelo del pequeño pueblo de Garai desde hace 71 años. Su hermano, Anton, también. Y trazan el posible plan de escape que pudieron haber tomado los activistas liderados por el mítico primer líder de ETA, Xabier Zumalde ‘el Cabra’, para escapar por los montes tras la sorpresiva toma del pueblo protagonizada hace ahora medio siglo. Era un amanecer del primero de mayo en el que nueve hombres y una mujer se hicieron con una pequeña localidad no sin antes dejar su huella: dos ikurriñas instaladas en un depósito y en el campanario de la iglesias.

“Causó sorpresa, sí. Más que nada porque en aquellos tiempos no había ocasión para colocar ikurriñas como hoy en día. Algunos las teníamos en casa, escondidas. O las traíamos de Donibane Lohitzune, donde sí que se respiraba libertad. Pero no se ponían en campanarios o edificios. E ir a misa temprano por la mañana y ver aquella imagen desde luego que resultó impactante”, señala Maku Negugogor, quién pese a las cinco décadas pasadas tras la toma de Garai recuerda vivamente el impacto que aquel suceso causó en un “pueblo tranquilo donde todos nos conocíamos”. Al comando encabezado por Zumalde ni siquiera lo vieron merodear por las inmediaciones de Garai, ni siquiera supieron de su acción;pero sí se acuerda perfectamente “de los pinchos que dejaron tirados en la carretera, para cortarla. El tiempo ha pasado y la carretera de acceso “no es como era antes”, pero el municipio fue liberado durante algunas horas por los Cabras sin que la noticia apenas se conociera, aunque la ‘liberación’ se diera con la participación de varias dotaciones de la Guardia Civil de la comandancia de Durango, “que solían hacer rondas por los pueblos para ver que todo estaba en orden. No quiero ni imaginarme el susto que se llevarían aquel día”, remarca. “No fue hasta algunas horas después cuando se supo en los alrededores”, desvela su hermano Anton, al que el hecho cogió “trabajando”. Ambos habitan ahora en el caserío Potoko desde el que pudieron haber visto al comando que se hizo con el pequeño pueblo. Pero “nadie se esperaba algo así”, relatan. De hecho las ikurriñas apenas ondearon durante algunas horas.

Y no se lo esperaban por la situación que atravesaba Euskadi. “Poner una ikurriña podría suponerte inumerables problemas. Y lo pusieron en el campanario, tuvieron que subir de alguna forma hasta arriba para descolgarla”, cita Anton, sin desvelar hasta que punto podría instalar una bicrucífera en el balcón de una vivienda, por ejemplo, en plena oscuridad de la clandestinidad. “Imáginate en lo alto del campanario de la iglesias”, remata. “Vino la Guardia Civil, que entonces solía dar bastante miedo, y las retiró. Aunque se notaba cierta sensación rara en el ambiente...”, le corta Macu, una mujer que llegó a conocer a Zumalde al otro lado de la muga, en una Donibane Lohitzune a la que se solía desplazar con asiduidad debido al trabajo como marino de su marido. La localidad costera labortana era entonces un hervidero de sentimiento nacionalista en el que “me topé con él. Su mujer, Sabina, debía de ser de Oñati. Y frecuentaban los ambientes en los que se movía mi marido, por lo que tuvimos un breve contacto. Él me dijo: ¿eres de Garai? Yo soy de allí. Le dije que imposible... ¡Pués yo hice la toma de Garai!, me contestó. Después estuvimos una vez en su restaurante, cerca de Igorre, pero no lo hemos visto más”. Su hermano asiente, conocedor de los complejo que resultaba izar una ikurriña en aquellos tiempos. De hecho, recuerda con absoluta nitidez el apuro que pasó el alcalde de entonces, Moisés Salazar. Aún así no hubo represalias hacia ningún garaitarra.

“La misa era de 08.00 y cuando la gente salió de misa vieron en el exterior de la iglesia la ikurriña. Otra en el depósito, los caminos llenos de tachuelas para pinchar las ruedas de los coches. El pueblo estuvo desconectado. Solo había un teléfono en la taberna y cortaron la línea. La verdad es que fue un susto de un día y nos dio un poco de miedo, aunque recuperamos la normalidad rápidamente”, cuenta una Maku que recuerda nítidamente las dificultades para traer las bicrucíferas a Euskadi desde Iparralde. Ella lo hizo en inumerables ocasiones. Las del 1 de mayo de 1966 apenas duraron unas horas, si bien la ikurriña ondearía en Garai más de una década después. Anton, que realizaba labores en el Consistorio, se acuerda “perfectamente. No del día, pero sí de que nos adelantamos y la Guardia Civil nos la hizo quitar el día siguiente, al menos hasta que la decisión fuera publicada en el boletín oficial. Escuchamos en la radio que había sido legalizada y la colocamos a toda prisa... Era de noche ya, pero nos reunímos un montón de vecinos. Me acuerdo hasta loo que cenamos: angulas y solomillo. Pagado de neustro bolsillo, ¿eh?”, sondríe. Los comentarios, junto a algún que otro malentendido, corrieron como la pólvora por Durangaldea, dejando de lado el episodio de una toma que, cincuenta años después, sigue en impreso en el relato colectivo de un pueblo que ya sí, puede lucir las ikurriñas sin la sombra de la clandestinidad.


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