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Refugiados en el embudo turco

Ser refugiado en Turquía poco tiene que ver con serlo en Alemania. Así lo atestiguan sirios e iraquíes que buscan algún trabajo y pagan a duras penas sus pisos en Estambul. Apenas hay niños escolarizados. Sus derechos son escasos

Un reportaje y fotografía de Iñaki Kerejeta - Domingo, 1 de Mayo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

El sirio Kemal, de tan sólo 11 años de edad, ha de planchar ocho horas al día en un taller para sobrevivir. Otros mendigan.Foto: I. Kerejeta

El sirio Kemal, de tan sólo 11 años de edad, ha de planchar ocho horas al día en un taller para sobrevivir. Otros mendigan.Foto: I. Kerejeta

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El sirio Kemal, de tan sólo 11 años de edad, ha de planchar ocho horas al día en un taller para sobrevivir. Otros mendigan.Foto: I. Kerejeta

Intra-muros de la antigua Constantinopla, en Península de Estambul, Fatih es hoy un barrio conservador de sotanas y velos negros, repleto de minaretes de estilo otomano y comercios de suntuosos vestidos blancos de novia, uno de los feudos electorales del presidente Tayyip Erdogan. Y es también uno de los lugares de la populosa Estambul (de 16 millones de habitantes), donde se procuran refugio algunos de los 400.000 sirios que llegaron a la ciudad huyendo de la guerra. Determinadas organizaciones islamistas se enriquecen gestionando una caridad a la que refugiados sirios como iraquíes, no tienen otro remedio que aferrarse, dada su falta de acceso a los recursos básicos. Un buen porcentaje de refugiados, careciendo hasta del permiso para estar en el país, no puede ir a los hospitales públicos, sin contar que éstos no tienen traductores de árabe, ni los refugiados facilidades para aprender el idioma turco. En las clínicas privadas sirias siempre abarrotadas les cobran 20 liras turcas, 6,50 euros, por consulta. Si cada médico recibe más de 100 pacientes al día y su sueldo es de 2.000 liras, sacad cuentas del lucro generado.

En su magnífico despacho del último piso de una de estas clínicas islamistas el director objeta: “el periodista es un agente de los servicios secretos” y le pone de patitas en la calle antes de que pueda abrir la boca, no sea que destape el negocio humanitario, que arde a la sombra de la exclusión de derechos que provocan el miedo de la Unión Europea a los demandantes de asilo y las negociaciones euro-turcas que buscan que el gobierno de Turquía contenga la presión de los refugiados gestionando el problema por su cuenta con ayuda de un cheque de 6 billones de euros de la UE pagadero en unos pocos años.

La premisa de la apariencia legal del pacto euro-turco, cara a los derechos humanos internacionales, es que Turquía es un tercer país seguro para los refugiados sirios. La canciller alemana Angela Merkel, acompañada de los representantes de la Unión Europea, elogió el modo en que Turquía trata a los refugiados. Sin embargo, los propios refugiados y la situación en la que se encuentran lo desmienten. Si el año pasado llegaron a Alemania 850.000 demandantes de asilo es porque en su búsqueda de derechos y seguridad jurídica, los demandantes de asilo no pueden sino considerar a Turquía como un lugar de paso. Muchos de los que se quedaron ahora se arrepienten de no haber cruzado el Egeo antes del 20 de marzo, fecha en la que entró en vigor la máquina de las devoluciones a Turquía de los demandantes de asilo. Las negociaciones euro-turcas, iniciadas hace ya 7 meses, prometieron inicialmente algunas mejoras en el sistema de acogida turco, pero ni las mejoras se han implementado en la vida real ni existe en la práctica un plan de integración que pueda contrarrestar el deseo de escapar de la inseguridad que anima la odisea de los refugiados de Siria y otros lugares de Oriente Medio. En Turquía los sirios tienen supuestamente derecho a la “protección temporal”, en lugar del estatus de refugiado del que carecen por causa de las excepciones geográficas con las que Turquía firmó la Convención de Ginebra de 1951. Sin embargo, el desarrollo legal posterior de esta protección temporal está plagado de sorpresas, como la de excluir a los sirios que entraron a Turquía por aire o por mar. Por ejemplo, Soulimán, ciudadano de Homs de 30 años, huyó por tierra al Libano primero y desde allí embarcó a Turquía, adonde llegó a finales del 2013, y hace un mes le han cancelado la protección temporal. Hasta uno de cada tres refugiados sirios pueden verse privados del “kimlik” (carnet de protección temporal) por haber llegado a través del Libano, Egipto o Jordania, por lo que quedarán privados de los servicios básicos. De momento, la “polis” turca les deja residir en Fatih, aunque ya les han advertido, dice Soulimán, de que en virtud de una nueva ley, para regularizar su situación, deberán obtener un visado de turista, lo que no les dará derecho a retornar al país si salen de él, ni a pedir un permiso de trabajo ni acceso a la salud o la educación pública turca.

La hija de Sam C., un ingeniero sirio de 28 años instalado en Fatih, tuvo un accidente recientemente y no fue admitida en el hospital por no tener el kimlik. Sam tiene experiencia laboral en instalaciones energéticas en Irak, Argelia, El Líbano y Siria, pero en Turquía ni siquiera puede aspirar a encontrar un empleo con seguridad social ni a ganar un sueldo mayor que el equivalente al alquiler donde vive con su familia. Según él lo peor es que las cosas todavía pueden empeorar dada la absoluta falta de protección.

En Alemania les dan techo a los demandantes de asilo, les enseñan el idioma del país, les forman para que encuentren empleo y, lo más importante, les garantizan la educación de los niños, asegura Sam: “Y aquí nada, tengo que pagar una fortuna para convalidar mi licenciatura universitaria y si un día encuentro trabajo en una empresa, nunca me darán el permiso de trabajo porque tendrían que pagar mucho más dinero para asegurarme”. Sam también cree que cometió un error al quedarse en Estambul, pero no tuvo otro remedio, su mujer ha dado a luz por segunda vez.

Difícilmente podemos hablar de integración cuando la mayoría de los sirios no tienen trabajo y viven en la pobreza, según Soulimán. Trabajando ilegalmente, sin seguridad social, tienen que encontrar un piso y pagar el alquiler y las facturas de la luz, agua, gas, comida... Él mismo, licenciado en Tecnología de la Información, por suerte tiene trabajo en una ONG siria, pero después de tres años en Turquía, sigue sin tener ni un amigo turco. Pensaba que en Fatih serían mejor acogidos ya que los refugiados comparten la rendición al Islam como la mayoría de los vecinos, “pero nada hace pensar que los niños sirios no serán marginados si un día logran ser absorbidos por las escuelas turcas, como pretende el gobierno”.

buscarse la vidaSegún cifras oficiales del gobierno, en Estambul hay 100.000 refugiados en edad escolar (de 6 a 18 años) y sólo 42.000 están escolarizados. El 58% restante tiene que buscarse la vida trabajando en tiendas y talleres, las niñas como domésticas, o incluso mendigando, sin alternativas educativas ni derechos exigibles, lo que representa un grave riesgo para el futuro de la comunidad social siria, pero también para toda la ciudad, “para todas las ciudades del mundo” apostilla Soulimán. Las autoridades turcas privilegian los servicios de salud y educación ofrecidos en los campos de refugiados, junto a la frontera con Siria, pero sólo un pequeño porcentaje de los refugiados vive en campos. No llegan a 300.000. La gran mayoría de los 3 millones de sirios de Turquía prefieren buscar oportunidades en las ciudades aunque no se les preste ninguna asistencia. De momento, el gobierno turco no se opone a ello, aunque se reserva el poder de regular la presión guardándose bajo la manga la facultad de enviar nuevos barcos y camiones clandestinos llenos de refugiados con destino a los Balcanes, como anunció el propio Erdogan, si hiciera falta durante el proceso de integración de Turquía en la UE. Por otro lado, Turquía mantiene cerrada la frontera de 900 kms de largo con Siria impidiendo que los que huyen del EI y de los bombardeos aéreos puedan cruzar la frontera si no corren “un peligro inminente”. La teoría del gobierno turco, apoyada por Merkel, consiste en pretender crear zonas seguras dentro de Siria donde ubicar los campos de refugiados, aunque lejos de haberse logrado, la frontera ya está cerrada de hecho, según denuncian las ONG que trabajan en la zona.

Buena parte de las ONG turcas que han crecido en respuesta a la crisis humanitaria, ahora convertida en crisis de seguridad, rechazan la validez del acuerdo entre Europa y Turquía. Hakan Ataman, de la Asociación de Ciudadanos del Acta de Helsinki, considera que el acuerdo socava la protección internacional del derecho de los refugiados, violando el principio de No-Devolución que es fundamental en el derecho de asilo. Considera que Turquía no es un tercer país seguro para los refugiados como lo demuestran las duras condiciones en las que viven. Otro de los argumentos de las ONG contra el pacto euro-turco es que se trata de una falsa solución que perpetuará el problema ya que no impedirá que los demandantes de asilo sigan intentando alcanzar Europa por vías ilegales. Habría que invertir los esfuerzos en soluciones reales, promoviendo procesos de paz, democracia y derechos en los lugares de conflicto, dice Ataman.

Para Ilyas Erdem, de la Asociación para el Monitoreo del derecho a la igualdad, la negación del estatus de refugiados a los sirios en Turquía y el cierre de las fronteras de Europa es responsable del desarrollo de las mafias de tráfico de personas, lo que a su vez está en el origen de la tragedia humanitaria en el Egeo, “más de 20.000 muertos en 20 años”, dice. Para Erdem el gobierno de Turquía ha utilizado los canales ilegales para conseguir beneficios políticos de la UE, tales como la liberalización de visados para los turcos a partir del próximo julio, mientras que la única preocupación de Europa es que Turquía contenga a los refugiados sirios, “y a cambio están dispuestos a hacer y pagar lo que sea a Turquía”, asegura Erdem y dice: “una de las consecuencias del acuerdo lo estamos viviendo en Kurdistán, donde continúan los estados de sitio y la invasión de tanques y F16 bajo pretexto de la guerra contra el PKK”.

Ninguno de los actores políticos que negocian el derecho personal que es de aplicación a los refugiados prioriza el bienestar de niños y mujeres sirios. Traumatizados por el conflicto y la guerra, se enfrentan a un presente y un futuro inciertos, marcados por la frustración y las dificultades de sus familias para ganarse la vida. Niños como Abdulkader, Aya o Kemal que abandonaron la escuela tras huir de Siria, tratan de no perder su futuro asistiendo a unas clases informales, de apenas 4 horas al día, organizadas en una mezquita de Fatih por la Comisión de Educación de Siria, la ONG en la que trabaja Soulimán. Abdulkhader perdió a su hermano en Alepo por una bomba, Aya presenció la destrucción de su escuela en Siria, donde murieron varios niños, y Kemal, que huyó de Alepo con su familia antes de terminar sexto, ahora tiene que trabajar hasta 8 horas al día planchando en un taller con sólo 11 años. Y todavía es peor la suerte de su hermana Mona, de 14 años, que ya viste de negro de pies a cabeza. Antes de salir de Siria todavía iba a la escuela pero ahora se ocupa de cuidar de la casa y de sus dos hermanos pequeños. ¿Qué puede esperar del futuro? Responde que esperan la paz en Siria para poder volver. Y mientras tanto fantasean, como Kemal, que se ve siendo astronauta de mayor.


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