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José Fernández de la Sota escritor y periodista

“Arteta pintó lo que pudimos haber sido, y quizás lo que aún debemos ser”

En la casa del escritor y periodista José Fernández de la Sota se hablaba del pintor Aurelio Arteta y se aseguraba que reflejaba como nadie el país de los vascos

Julio Flor Ruben Plaza - Sábado, 30 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:16h

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bilbao- “Cuando recorría con mi familia los pueblos de Bizkaia, recuerdo que al ver un arrantzale mi padre o mi madre decían: Fíjate, ese marinero está pintado por Arteta. De la Sota tenía una imagen fragmentada del artista. Escribir la biografía de Arteta Los trabajos y los días para la serie Bilbainos recuperadosle ha llevado a desfragmentar al creador y contemplar un vasto territorio. El pintor fue la semilla para que el arte vasco prevaleciera contra la oscuridad y el desierto que quiso imponer la dictadura. Y más. Arteta será aún más.

Cuando nace Arteta en Bilbao, en 1879, es cuando “comienza todo”.

-Es el origen de la modernidad. Es Bilbao convertido en un laboratorio social y político sin precedentes. Arteta nace cuando la economía de Bizkaia está en pleno despegue con la minería, la siderurgia, las navieras. Bilbao se convierte en un emporio económico. El crecimiento es monstruoso, acompañado de masas de inmigrantes que vienen a trabajar a las fábricas, con el surgimiento de dos grandes fenómenos sociales y políticos como son el socialismo y el nacionalismo vasco.

Todo se movía entonces a gran velocidad. ¿Y el arte?

-No se moverá a la misma velocidad, pero el arte llega con los excedentes económicos de la primera industrialización. Habrá una clase burguesa que demanda pintura. Ese crecimiento genera que al calor del enriquecimiento haya más pintores que se alimentan de encargos y empiezan a mirar lo que se está haciendo en Europa. Muchos de ellos pueden viajar a París, bien por sus propios medios, o por becas de las instituciones.

¿Cómo se forja el pintor Arteta?

-Por su vocación absoluta, firme y decidida. Y por la necesidad. Vocación y necesidad son dos palabras claves para hablar de Arteta. Es hijo de clase obrera, con las limitaciones que ello supone. Sus primeros estudios los realiza en la escuela de Artes y Oficios de Bilbao, donde en sus planteamientos decían: No les enseñéis a los obreros nada que no sea práctico, nada de cuestiones filosóficas.

La ‘contra’ también es una forja.

-Arteta se forja en la necesidad. Para ser pintor siente que no tiene más narices que ir a Madrid. Allí trabajará en varios empleos, porque sus padres no le pueden costear la estancia. Trabaja de mozo, bailando, aplaudiendo en los teatros y como linotipista, lo cual es muy importante para el oficio de pintor.

Cuenta en su libro que tanto nacionalistas como socialistas dijeron que era “suyo”.

-Arteta no formó nunca parte de partido político alguno. Sí estuvo en la asociación a favor de la República. Era cercano a las ideas socialistas y a la vez era afín al nacionalismo respecto a la recuperación de señas de identidad, de patrimonio cultural olvidado.

Afirma que Pío Baroja y Arteta son los mejores intérpretes del “alma vasca”.

-Baroja tiene que ver con Arteta. Y Arteta con Baroja. Se conocieron y mantuvieron una amistad. Baroja le cita en sus memorias como uno de sus más apreciados pintores. Ambos poseen tintes sociales. Y esa mirada a veces sombría, pero siempre tierna hacia el país, hacia el pueblo vasco. Esos labriegos que pinta Arteta, esos marineros, siempre llenos de ternura, tal y como los ve Baroja. Diría que es un pintor barojiano, un pintor muy literario.

En 1922, gracias al arquitecto Ricardo Bastida, le llegará el encargo de su vida.

-El arquitecto Bastida es su gran amigo y valedor;casi su ángel de la guarda, porque cuando están las cosas mal, de una u otra manera aparece Ricardo Bastida. Se habían conocido de niños en la escuela, porque los padres de Ricardo eran de un estatus social muy superior a los de Aurelio y quisieron que de niño fuera a la escuela pública. Allí se fragua una amistad que duró una vida. Gracias a Ricardo va a pintar los frescos de la sede del Banco de Bilbao en Madrid. Ese encargo supuso para Arteta 100.000 pesetas de la época, una auténtica fortuna.

El libro viene acompañado de muchos de sus lienzos. Uno de ellos, ‘El puente de Burceña’, emociona especialmente.

-Es un cuadro impresionante, pintado entre 1925 y 1927. Sabemos de El grito de Edvard Munch, y éste es el grito mudo de un pintor que se enfrenta a la parte más sórdida de la economía de un país. Se enfrenta a la tristeza de un barrio obrero, del pueblo de Burceña, mostrando a un obrero industrial que contempla ensimismado cómo pasa una barca, y cómo un caballo de tiro abreva en las aguas contaminadas y sulfurosas, todo ello enmarcado en los tirantes de hierro del puente, con una sensación de opresión indescriptible.

Arteta fue director del Museo de Arte Moderno de Bilbao en 1924. ¿Se sintió profeta en su tierra?

-Si se sintió, fue durante poco tiempo, porque pronto estallaron las diferencias y no se le permitió desarrollar su política de adquisiciones. Sus criterios eran demasiado modernos para el alcalde y los concejales de Bilbao. La campaña desatada en su contra le llevó a dimitir.

Tras su dimisión, le organizaron una cena de desagravio en el hotel Carlton, a la que desde Madrid le enviaron adhesiones Manuel Azaña, Ortega y Gasset, García Lorca, Rafael Alberti, Valle Inclán, Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego, Pío Baroja…

-La cultura española en pleno. Tiene una doble lectura: el prestigio de Arteta para convocar a la generación del 98, del 27, a los científicos, a los políticos. Pero, por otro lado, se le ve un rictus melancólico porque sabía que le estaban utilizando, en algún caso, para atacar a Primo de Rivera.

“Pintar, lo mismo que escribir -dirá- es bastante parecido a llorar en el país de Larra”

-Un siglo después sigue siendo actual. En el mundo del arte y la creación hoy tenemos constancia de que la desigualdad aumenta de una manera galopante. Ya no hay esa capa media de creadores que pueden ganarse la vida, su pan y su trabajo, como decía Arteta, eso cada vez es más difícil. Están los Antonio López y después hay una sima de desigualdad.

En 1936, Arteta gana el Concurso Nacional de Pintura. ¡Qué momento, obtener un premio cuando está a punto de comenzar una guerra!

-Arteta no tiene suerte. Un hombre tan valioso, tan honesto, a quien le parece que le persigue el infortunio.

De hecho, morirá en un accidente en el exilio de México, a finales de 1940, y la noticia no llegará a Euskadi hasta un mes después

-Es un final triste. Con el poeta Juan Larrea pasó lo mismo. Son los olvidados, los desatendidos. Para muchos era el mejor pintor de España. Es cuando el periódico El Correo Español-El Pueblo Vasco publica la noticia de una manera mezquina: Ha muerto el pintor Aurelio Arteta en un accidente en México… el autor de aquellos frescos del Seminario de Logroño (la obra menos lograda de su producción). Por esas obras Dios le perdonará.

Cuando él nació comenzaba todo, cuando él murió…

-… todo acabó aparentemente. Todo acaba, pero todo no termina. Porque habrá que esperar unos cuantos malos años, pero llegará 1966 y la galería Barandiaran, en San Sebastián, con un grupo de pintores y escultores vascos, decide que ha llegado el momento de decir “aquí estamos, existimos”, y eso es una mirada atrás, a los años de Arteta. Todo eso tiene su poética.

¿Diría que alguna de aquellas semillas las plantó Aurelio Arteta?

-Las semillas principales las había plantado Arteta. Fue semilla del Grupo Gaur, aunque él fuera un pintor realista y éstos otros fueran creadores de la abstracción.

Contemplando su obra completa, ¿qué dice Arteta del pueblo vasco?

-Lo que él pinta no refleja lo que fuimos, pero sí refleja lo que pudimos haber sido, y quizás lo que debimos o debemos ser. Hay en Arteta una semilla de humanismo que busca lo mejor de cada uno, lo mejor de nosotros, lo mejor de los vascos. Su ideal no sería un mal ideal, el ideal de los lienzos de Arteta.


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