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Colaboración

Francisco de Vitoria y la necesidad de la paz

Por José Luis Orella Unzué - Viernes, 29 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:13h

El tratamiento de la paz ocupa un lugar central en el proyecto San Sebastián Capital Europea de la Cultura 2016. En el marco del lema Cultura para la Convivencia, las cuestiones relacionadas con la paz, o su reverso, la guerra y las múltiples formas de violencia deben abordarse desde todos los ámbitos culturales. Hoy lo voy a hacer desde la perspectiva de los autores vascos de la Escuela de Salamanca.

Francisco de Vitoria (1546) no es un sujeto al que consulten los Consejos del reino hasta 1539. Desde esta fecha las comisiones y las cartas lo mismo de los Consejos como del Emperador no son escasas, pero siempre referidas al tema de las Indias. Sin embargo, en 1530 la emperatriz, gobernadora en ausencia de Carlos V, comisionaba a la Universidad el estudio del intento de divorcio de Enrique VIII con Catalina de Aragón. También el Papa Clemente VII requirió el parecer de prelados y maestros. Vitoria debió participar en ese asunto a partir de setiembre. Así dio su parecer en la relección De matrimonio que publicó en enero de 1531.

Carlos V escuchó personalmente a Vitoria con motivo del viaje imperial a Salamanca durante los días 16 a 22 de junio de 1534. En esa ocasión salmantina el emperador oyó lección a Francisco de Vitoria y al doctor Navarro entre otros.

Vitoria, para asentar la paz, tuvo dos pasos sucesivos. El primero, el de la necesidad de una única autoridad para toda la Cristiandad y ahora diríamos para toda la humanidad y el segundo, la interdependencia de las sociedades y estados en la organización del derecho internacional (derecho de gentes y derecho de guerra).

En su relección acerca de la potestad civil reconoce la existencia de monarquías absolutas que ni admitían su sometimiento a su propia ley escrita. Pero conoce otra clase de monarquías no absolutas. Según Vitoria en algunos sistemas jurídicos los reyes comienzan recibiendo el poder del pueblo, poder que es derivadamente traslaticio y pactista. Es patente el sentido pactista del poder que Vitoria ha vivido en los estados pirenaicos y en las instituciones vascas. Los poderes del rey emanaban del pacto constituyente en el que la comunidad los confería a sus gobernantes, pero siempre bajo ciertos límites. Los estamentos sabían defender sus antiguos privilegios ante la tentación del poder absoluto del rey. Este régimen pactista conocido y descrito por Vitoria, lo deriva nuestro autor de Santo Tomás y últimamente de Aristóteles y lo califica como el mejor. El sistema pactista del poder es compatible según Vitoria con el sistema hereditario y preferible al electivo. De este régimen pactista llega a decir Vitoria que no es menor la libertad que en él se da, de la que emana en las formas de gobierno aristocrática y democrática. Más aún, reconoce que este régimen pactista se da con sus variables en diferentes reinos de Hispania. Esta doctrina del poder civil se encuentra igualmente en Martín de Azpilicueta y por supuesto en otros autores de la escuela de Salamanca.

Francisco de Vitoria tenía un proyecto de Cristiandad como la monarquía universal de las naciones cristianas. Arranca su concepción de Cristiandad con esta tesis: “La mayor parte de los cristianos puede elegir y crear un monarca sobre todas las naciones cristianas, al cual todos los demás príncipes y provincias deberían obedecer”. Vitoria pone las bases para un Estado supranacional cristiano que tendría como finalidades: la conservación de la unidad cristiana, la defensa de los valores espirituales y la propagación de la misma religión. Según Vitoria la Iglesia podría obligar a todos los cristianos a una elección plebiscitaria del monarca del Occidente cristiano.

Pero esta idea de Cristiandad como monarquía imperial no era nueva y era para muchos autores la garantía de la instauración de la paz. En efecto, muchos autores de la Edad Media habían atribuido al emperador la autoridad universal como monarca del mundo a quien se le debía por parte de reyes y señores sumisión y vasallaje.

Ya a comienzos del siglo XIV Dante Alighieri (1265-1321) escribía su De Monarchia con motivo del viaje del emperador Enrique VII que iba a Roma para ser coronado. Para Dante lo mismo que para el padre de la democracia Marsilio de Padua, en su Defensor pacis escrito en 1324, la paz es la base indispensable del Estado y la condición esencial de la actividad humana. Dante requiere un amor a la paz como un concepto central de su filosofía política. Pero expone un amor a la paz con fundamento no sólo existencial, sino aun metafísico y ético. El género humano forma parte de la unidad universal. La sociedad humana es una imagen del universo. El principio de unidad del universo debe también informar la sociedad del género humano. La monarquía universal es una exigencia del orden natural, ya que el género humano tiene un fin propio, distinto de un individuo o de una comunidad. Este fin nace del análisis de la naturaleza humana. La paz, condición de la felicidad humana, sólo se da si existe un poder supremo único.

Vitoria fundamenta la necesidad de una paz universal una vez superado su proyecto de monarquía universal. Afirma en primer lugar la existencia de una comunidad universal de los pueblos sobre la base sociológica y el derecho natural y por consiguiente el respeto de la organización política de cada uno de estos pueblos. Y en segundo lugar la interdependencia de las sociedades y estados en la organización del derecho internacional (derecho de gentes y derecho de guerra).

De esta idea de la paz son también partícipes otros autores navarros de la Escuela de Salamanca como Martín de Azpilicueta, Doctor Navarro (1492-1586), Bartolomé de Carranza (1503-1576) y Francisco de Navarra (1498-1563).


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