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Tribuna abierta

¿Es posible humanizar la economía?

Por Gabriel Mª Otalora - Miércoles, 27 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:12h

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Amartya Sen ha demostrado que la miseria y las desigualdades son evitables. La pregunta fundamental es cómo identificar la injusticia reparable en lugar de teorizar sobre la justicia perfecta.

Claro que lo es;y por demostrarlo, Amartya K. Sen obtuvo el Premio Nobel de Economía (1988), como el que recibiera James Tobin por su famosa tasa que no se quiere aplicar. Sen es considerado el rostro humano del economista y uno de los más influyentes pensadores contemporáneos en temas de desarrollo ligado a la economía y a la justicia social. Hablar de “economía del bienestar” es casi como hablar de Amartya Sen porque ha demostrado que la miseria y las desigualdades son evitables. De sus reflexiones, surge la demostración de que el hambre no es consecuencia de la falta de alimentos sino de las desigualdades injustas en su distribución.

La muerte fue una constante en su niñez a partir del recrudecimiento del conflicto entre hindúes y musulmanes, poco antes de la partición entre India y Pakistán. A los once años, cuenta él mismo que durante su adolescencia en Bangladesh fue testigo de escenas de violencia extrema nacidas de la pobreza que le hizo tomar conciencia de los efectos de una economía injusta.

Sus investigaciones sobre la prevención de la hambruna y sobre las injusticias enormes evitables que trabajó desde la ética práctica son memorables. Pionero en los estudios socioeconómicos que causan la pobreza y sus mecanismos subyacentes en las zonas más desfavorecidas de la Tierra, se mantiene de actualidad ante los millones de seres humanos famélicos abandonados a su suerte. Cuando él tenía nueve años, la hambruna que asoló Bengala provocó tres millones de muertos ante la pasividad de los ingleses, que no hicieron nada hasta que la prensa pudo librarse del embargo informativo. Su actitud recuerda a Aristóteles en el sentido de pretender integrar los dineros en la ética;y a Kant por el imperativo legal de reparar una injusticia cuando se tienen medios para ello.

Las hambrunas más graves siguen sin tener ninguna relación con las variaciones en la producción agraria o el número de población de la Tierra, lo que deja en evidencia a los muchos malthusianos que insisten en frenar la natalidad pero sin atreverse a decir por dónde empezamos: ¿Por África subsahariana?, ¿por los países que más consumen derrochando? No sirve medir el progreso a partir de los fríos números de los PIB estatales o de otros parámetros del crecimiento, la renta o similares. Estos datos, por sí solos, no indican desarrollo. Las investigaciones pioneras de Sen cambiaron las percepciones y el fundamento de un boom económico: con frecuencia, los pobres no reciben nada, aunque aumente el PIB. “Y un boom económico que no llega a la mayoría, es frágil”.

La visión debe ser más amplia porque el desarrollo humano no se preocupa tanto por los productos y bienes que se poseen, sino por el tipo de vida que logra la gente: cuánto tiempo vive, su calidad de vida, si son pobres, analfabetos… este tipo de cosas. Los ingresos se toman en cuenta, pero como un factor más de entre otros muchos que se utilizan en la elaboración de las políticas económicas.

La pregunta fundamental de Amartya Sen es cómo identificar la injusticia reparable en lugar de teorizar sobre la justicia perfecta. Lo que cuenta son el esfuerzo que podría representar un avance de la justicia: contra la opresión (“la esclavitud o el sometimiento de las mujeres”), contra la negligencia médica sistemática (“la ausencia de facilidades médicas en regiones de África o Asia, o de la falta de cobertura sanitaria universal”), contra la tortura, contra la tolerancia silenciosa del hambre crónica…

Una conclusión evidente es que la pobreza es una forma de esclavitud ante la incapacidad de las personas para satisfacer sus necesidades más básicas, de nutrición, salud, vivienda, educación, participación social y desarrollo humano. Así, reducir la pobreza tiene que ver con devolver a las personas su propia capacidad de autodeterminación. En su insistencia para reformar la economía, Sen hace años que propuso una revolución filosófica bajo el nombre de capability, capacidad o capacitación de cada persona para convertir sus derechos en la libertad real de ejercerlos. Esta propuesta fue la le valió el Nobel de Economía. El término capability, tan importante para Sen, es muy cercano al dynamis que utiliza Aristóteles, que en inglés se traduce por capacity.

Estamos ante un revolucionario aporte en el desarrollo de indicadores económicos y sociales. A partir de su concepto “capacidad”, se evalúa las posibilidades que tiene realmente los individuos para ejercer su libertad y ver si dispone de medios para obtener los bienes primarios que todos deberíamos disponer para alcanzar un mínimo nivel de bienestar. Una persona discapacitada -por ejemplo, con parálisis cerebral- no tiene las mismas posibilidades que una persona sin minusvalías con los mismos ingresos y sin ayudas complementarias. En las hambrunas de Bengala, los campesinos murieron de hambre porque no eran libres para alimentarse o escapar de la muerte. Un gobierno, por tanto, debe tener como objetivo obligatorio la creación de dichas condiciones. Y tiene que ser juzgado en función de las capacidades concretas de sus ciudadanos que logran desarrollar en la práctica para ser o hacer algo.

Las malas prácticas han convertido la alimentación en una inversión especulativa más, los precios son altos y fluctúan por intereses financieros ajenos a cualquier otra realidad. Estamos en un sector para nada liberalizado, sino todo lo contrario: un sector sobreprotegido, subvencionado y manipulado en el sentido de que no hay un mercado realmente libre para los productos del Tercer Mundo en manos de inversores transnacionales. Los países más necesitados no piden subvenciones - como ocurre con los productos de EEUU-, lo que piden son mercados libres para sus productos.

En la misma línea, el desarrollo sostenible es otro objetivo fundamental de Amartya Sen si lo que se quiere es lograr esa justicia que permita esa libertad de trabajar para mi subsistencia desde un reparto equitativo al menos en los mínimos vitales. El cambio necesario consistiría en pasar del mero crecimiento económico al desarrollo de verdad que logre el equilibrio de los objetivos sociales, económicos y ambientales. En otras palabras, el desarrollo, para serlo de verdad, debe conjugar eficiencia económica, equidad social y la preservación medioambiental.

El profesor Sen es un ejemplo de insistencia en preguntarse cuestiones de valores humanos que son ninguneadas en los grandes foros económicos. Pero es posible una economía humanitaria como lo demuestran sus estudios sobre las hambrunas, las economías del bienestar, las fuentes de la pobreza y la desigualdad de género. Sus investigaciones chocan con los “neocons” y “teocons” que prefieren ignorarle porque sitúan al individuo en el centro de sus preocupaciones, lejos de todo dogmatismo utilitarista. Por eso me he alegrado del interés que suscitan las nuevas voces que inciden en el mensaje de Sen, como Gaël Giraud o Thomas Piketty. Y de que Angus Deaton, otro medidor de la pobreza mundial y experto en el verdadero desarrollo económico, haya sido el ganador del Premio Nobel de Economía 2015.

La pobreza es una forma de esclavitud ante la incapacidad de las personas para satisfacer sus necesidades más básicas


El desarrollo, para serlo de verdad, debe conjugar eficiencia económica, equidad social y la preservación medioambiental


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