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Tribuna abierta

Negociación con secantes

Por Aitor Esteban - Martes, 26 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Sánchez, Iglesias y Rivera.

Sánchez, Iglesias y Rivera.

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Sánchez, Iglesias y Rivera.

Salvo milagro que no contemplo, el día 2 de mayo vencerá el plazo para elegir presidente de gobierno y habrá nuevas elecciones a Cortes el 26 de junio. ¿Qué ha pasado para que lleguemos a este punto?

Desde el primer momento se habló de líneas rojas. Recuerdo que en aquellos primeros días de enero nos esforzamos por señalar que no debían ponerse límites al diálogo. Pero la cosa se desarrolló de otra manera. Ha habido más que líneas rojas para autolimitarse. Ha habido auténticas rectas secantes -que cortan a una curva en dos puntos- para impedir el encuentro, para impedir cerrar un círculo que conformara un gobierno. El primer movimiento de Podemos, y algunas sorprendentes conversaciones personales con sus dirigentes ya en aquellas fechas, nos dejaron bien a las claras que no se buscaba una entente con los socialistas si no era desde su propio liderazgo;y para eso necesitaban el sorpasso con nuevas elecciones. Salir en una rueda de prensa, como hizo Pablo Iglesias, con el presidium del partido en el estrado, exigiendo puestos concretos en el gobierno sin hablar de contenidos en el mismo momento en que el líder socialista estaba reunido con el rey, fue toda una declaración de intenciones. Iglesias no habrá tenido cargos públicos, pero no es lego en política precisamente.

Al PP se le veía atado de pies y manos. Sus cuatro años en La Moncloa, administrados de manera poco generosa con los demás, le habían generado una incapacidad de pacto pavorosa. Mucho tenía que cambiar en sus políticas, y decirlo públicamente, para que se pudiera abrir una posibilidad de acuerdo con alguien. En esa situación, su única esperanza era que el PSOE se aviniera a llegar a un acuerdo de gran coalición.

Y en realidad hubo movimientos que la favorecieron en un primer momento. Recordemos las manifestaciones de Felipe González y otras viejas figuras del PSOE. Sin embargo, el entorno de Sánchez decidió desde el principio que eso sería su perdición. Las relaciones personales entre Rajoy y Sánchez, que en los últimos debates de la legislatura se dijeron de todo, traspasando los límites de la crítica política, tampoco ayudaban.

Pedro Sánchez acababa de llegar prácticamente a la Secretaría General del partido tras unas contestadas elecciones internas. Su liderazgo no está consolidado y así se lo dejaron muy claro desde el principio los barones socialistas. No estaban dispuestos a dar el OK a un acuerdo PSOE-Podemos únicamente. Bien es cierto que las tradiciones políticas socialista y la comunista, de la que bebe Podemos y proceden sus líderes, están repletas de recelos mutuos entre las respectivas militancias.

Fijadas esas líneas, el PSOE comenzó una negociación multipartita. Intentaba generar sensaciones que fueran arrastrando a más partidos, sobre todo a Podemos, si se iban sumando grupos como Izquierda Plural y Compromís (que había decidido mantenerse con personalidad propia fuera de la disciplina de Podemos). Podemos exigía exclusividad en la negociación.

El PSOE podía haber logrado una negociación en el tiempo con Podemos pues la presión de sus socios se hacía notar. Pero significaba ir avanzando en la negociación hacia un gobierno PSOE-Podemos-IU con el apoyo clave del PNV y la abstención de ERC y DiL. Esa abstención estaba más que asegurada sin necesidad de hablar o negociar con los catalanes, puesto que estos preferían cualquier alternativa a un gobierno de Rajoy que hubiera significado el bloqueo de posiciones. Era una alternativa de investidura. Gobernar hubiera sido complicado, por supuesto, y habría que haber negociado prácticamente ley a ley, pero ir en esa dirección habría achicado la maniobrabilidad de Iglesias en la negociación y evitado que pudiera zafarse de un acuerdo.

Mientras tanto, la presión interna dentro del PSOE y la decisión adoptada para ir avanzando hacia un acuerdo con Ciudadanos era cada día más clara. Les advertimos claramente de que si avanzaban en esa dirección el acuerdo debía ser somero y genérico, de manera que no condicionara a otras fuerzas, que no supusiera otra secante más. Sin embargo, resultó ser un documento de 66 páginas de marcado corte centralista y con menciones innecesarias dirigidas a incomodar a fuerzas como las catalanas o vascas.

Una vez que Rivera tuvo su acuerdo, lo dijo claramente: gracias a Ciudadanos se impide que Podemos llegue al gobierno. La excusa perfecta para Podemos.

Rivera ya estaba donde quería. A pesar de la decepción de sus 40 escaños, que le dejaban en una posición poco menos que irrelevante, con el acuerdo había conseguido colocarse como el miércoles, en medio de todo. Al PSOE le tenía cogido y ahora se presentaba como supuesto hombre de Estado, llamando al PP a la cordura (cuando sabe positivamente que Pedro Sánchez no quiere negociar con el PP) y permitiéndose hasta solicitar la retirada de líderes de otros partidos en generoso gesto de estadista.

Podemos se reunió una vez y rompió definitivamente la baraja. Fin. A partir de ese momento, a esperar milagros. Rajoy, a no se sabe qué supuestas presiones internas o externas sobre el PSOE que le hagan abstenerse. Sánchez, a un supuesto vértigo electoral de Podemos que le facilite una investidura. Desde hace semanas, todos están mirando ya a las elecciones, en los discursos desde el estrado del hemiciclo o solicitando creación de comisiones de investigación que nunca van a constituirse por la convocatoria electoral.

El Partido Nacionalista Vasco dejó claro desde el principio que su interés era que se constituyera un gobierno lo antes posible. La situación económica y social y el hecho de evitar una nueva campaña en 2016 que añadiría un llamamiento a las urnas al previsto en octubre para el Parlamento Vasco así parecían exigirlo.

Evidentemente, antes debían ser los partidos mayoritarios quienes desbrozaran una primera negociación. Aun así, entramos a negociar en la fase multipartita que había iniciado el PSOE, ya que se nos pidió como gesto de buena voluntad. Aconsejamos al candidato socialista que deberían buscar un objetivo de investidura, no tanto atar un programa de gobierno, si querían que el proceso iniciado tuviera algún éxito. Intercambiamos papeles con una agenda vasca en materia económica, social y de autogobierno. Pero la respuesta dada fue tan negativa que la dimos oficialmente por no recibida. Y el candidato Sánchez ni siquiera hizo un guiño en su discurso en la sesión de investidura. El voto “no” fue inevitable.

Aun así, a pesar del documento PSOE-Ciudadanos, al que se empecinaban en agarrarse los socialistas, en aras al diálogo, nos reunimos después en una ocasión con ambos partidos y les manifestamos por escrito nuestras objeciones al mismo. Esperamos una contestación que nunca llegó. Desde nuestra pequeñez, pero también nuestra posición clave en algunas de las combinaciones posibles, intentamos ser coherentes, discretos y facilitadores. Pero nosotros solos no podíamos, era necesario que antes otros construyeran una mínima base.

En resumen, los partidos políticos españoles tenían un miedo cerval a asumir riesgos, a ceder poder o a consolidar al adversario más próximo ideológicamente con su admisión como igual en el juego político. Las conversaciones han ido dirigidas más a no perder la posición que a formar un gobierno.

Cómo reaccionará la ciudadanía en una segunda intentona electoral es un misterio más allá de los prematuros sondeos electorales. Lo que es seguro es que la decadente política madrileña llena de Panamás, ex presidentes sancionados por Hacienda, Ausbancs, infantas en tribunales y organismos independientes a los que Hacienda no les pasa los datos, va a tener sólo una segunda intentona si no quiere irse al garete. ¡Y algunos pretendan hacernos creer que Euskadi es igual! Ya, ya.

Ha habido más que líneas rojas para autolimitarse. Ha habido auténticas rectas secantes -que cortan a una curva en dos puntos- para impedir el encuentro, para impedir cerrar un círculo que conformara un gobierno


Los partidos políticos españoles tenían un miedo cerval a asumir riesgos, ceder poder o consolidar al adversario más próximo ideológicamente al admitirlo como igual en el juego político


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