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Tribuna abierta

Viejas complicidades y nuevas voces

Por Iñigo Bullain - Lunes, 25 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Dispositivo policial en Bruselas durante una operación antiterrorista.

Dispositivo policial en Bruselas durante una operación antiterrorista anterior. (EFE)

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Dispositivo policial en Bruselas durante una operación antiterrorista.

En un contexto internacional de guerra permanente que difumina la separación entre asuntos internos y exteriores hacen falta nuevas realidades estatales que contribuyan a enderezar el rumbo de la globalización.

Las matanzas en el aeropuerto de Zaventem y en el metro de Bruselas han provocado una avalancha de información que, sin embargo, ha vuelto a silenciar una cuestión esencial en relación al terrorismo islámico: la complicidad de Occidente en su origen y desarrollo. Los miles de minutos dedicados a condenar la barbarie que ya había golpeado antes en Madrid, Londres o París han eludido mayoritariamente hacer memoria sobre la complicidad transatlántica en el alumbramiento y fortalecimiento de la yihad.

Los medios suelen omitir que quien transformó a los talibanes en una fuerza de choque fue la CIA o que detrás de la internacionalización de la yihad está el apoyo ideológico y financiero del wahabismo saudí. También se suele ignorar que lo que ahora se denomina Estado Islámico no es sino una reciente escisión iraquí de Al Qaeda, alimentada por el colapso de la región que provocó la desastrosa ocupación americana de Irak. El califato islámico también se ha aprovechado del colapso libio que la intervención occidental provocó y que le ha procurado el acceso a toneladas de armas y material antes en poder dcl ejército de Gadafi. La prensa que habitualmente ignora esas complicidades intenta explicar el terrorismo islamista poniendo el foco en el desarraigo o en las sicopatías de su militancia. Evidentemente, semejante análisis no sirve para explicar cómo se organiza un movimiento internacional cuyos orígenes se sitúan durante la Administración Carter y que fue utilizado para debilitar a los soviéticos en Afganistán. Tampoco explica la expansión del sunismo combatiente cuya financiación, organización y logística procuró miles de muyahidines desde Marruecos a Filipinas. Un recurso empleado desde entonces por la inteligencia occidental para debilitar a Irán y a sus aliados y cuyo efecto devastador para millones de personas ha conducido a una desestabilización social y política sin precedentes desde la II Guerra Mundial.

En el mundo árabe, el proceso de descolonización, en una versión regional de la guerra fría, enfrentó a partidarios de monarquías tradicionalistas y religiosas con movimientos favorables a repúblicas laicas y progresistas. Tras la caída del imperio soviético, los intereses americanos ligados al poderoso lobby israelí apostaron por un nuevo diseño de Oriente Medio. En particular lo hizo la industria de los combustibles fósiles, con su núcleo duro tejano a la cabeza, que copó la Administración de George W. Bush, apostó por la destrucción de los regímenes que habían encumbrado a Sadam Hussein, Gadafi o los Assad. Las desastrosas consecuencias de la ocupación de Irak, la destrucción del Estado en Libia o la desestabilización de Siria;y desde hace más de un año el bombardeo del Yemen o el apoyo a un nuevo golpe militar en Egipto, han servido de abono para el reclutamiento de miles de jóvenes atraídos hacia territorios sin Estado o en los que su presencia está muy debilitada. Los halcones de Washington, con la anuencia de la mayoría de las palomas, decidieron tras el 11-S embarcarse en una guerra permanente contra el terror sin otra consideración que la defensa de unos intereses definidos sin luz ni taquígrafos. A base de propaganda y en contra de la opinión de la comunidad de naciones, mentiras como las armas de destrucción masiva han servido de cebo para aumentar la inseguridad global, incluida la de los europeos.

La política americana ha ridiculizado hasta extremos paródicos el orden internacional westfaliano sostenido en el respeto a la soberanía estatal, una burla que ha contado con la justificación de una academia alimentada por fundaciones y think tanks. La amenaza que se aseguraba combatir no sólo no ha desaparecido sino que ha permitido que un territorio mayor que el Benelux o Suiza, en un hito sin precedentes, haya quedado en manos del terrorismo. Aprovechándose de la ayuda occidental para la demolición de Estados desafectos al consenso de Washington, el denominado Daesh ha establecido una dictadura islámica en buena parte de Mesopotamia. En ese empeño ha contado con la complicidad y financiación de fundaciones sobre todo saudíes y cataríes y con los pingües ingresos que le ha proporcionado la complicidad de Turquía en el negocio del contrabando de petróleo. Esa connivencia de los aliados occidentales se ha traducido en el genocidio de la minoría yahidí y la esclavitud sexual de sus mujeres;la persecución y acoso a los cristianos o los ataques contra la población kurda y chií. Horrores que afectan a millones de personas y sobre los que los gobiernos de occidente y sus agencias de inteligencia tratan de evadir su responsabilidad.

Sin embargo, la mayor parte del armamento y vehículos militares de los que dispone el ISIS tienen un origen occidental: decomisados a nuestros aliados (Irak), expoliados de nuestros enemigos (Libia), o vendidos sencillamente bajo cuerda. Sin embargo, el relato de la prensa libre prefiere soslayar estos detalles logísticos, además de ignorar sistemáticamente la responsabilidad de quienes desde habitaciones climatizadas dirigen drones o las consecuencias de sus daños colaterales. El negocio de la guerra trata de presentar un enfrentamiento civilizatorio cuando en realidad se ha ido articulando una coalición de intereses que amalgama a fundamentalistas cristianos, ateos anglicanos, islamistas radicales y sionistas ortodoxos. Una trama que tiene a EEUU, Reino Unido, Arabia Saudí e Israel como principales protagonistas y a la población árabe como principal víctima: tras los atentados de las Torres Gemelas, la yihad ha provocado más de 60.000 víctimas mortales;pero menos de cien en USA o de 500 en Europa. Un contexto internacional de guerra permanente que se encubre con una retórica de paz y libertad en una devastadora simbiosis económico-militar que, por ejemplo, ha supuesto para Gran Bretaña ventas de armamento por valor de cerca de medio billón de euros dese que Arabia Saudí, su principal cliente, empezó a bombardear Yemen en marzo de 2015. Esa intervención ha causado ya más de 6.000 muertos.

La globalización esta difuminando la antigua separación entre asuntos internos y exteriores, particularmente al interior de la Unión Europea. Dar respuesta a la creciente sensación de irrelevancia de la ciudadanía plantea a sociedades como la vasca, que no cuentan con un Estado propio, un enorme desafío. El modelo autonómico no puede dar respuesta al autogobierno porque la globalización demanda una dimensión internacional, imprescindible para la visibilidad de la sociedad vasca y el desarrollo de su autogobierno, que sólo la estatalidad procuraría. Por otro lado, la orientación de la diplomacia española, ya sea Oriente Medio, la UE o el Sáhara, está muy alejada del sentir mayoritario de la población vasca. La disyuntiva entre continuar en un Estado que hace aguas, desarbolado por la corrupción y con una estructura económica inviable, o asumir la aventura de sentar las bases de un Estado vasco que nos permita pilotar con rumbo y mando propio en la globalidad del siglo XXI, se podrá retrasar pero, a mi juicio, es ineludible. El ciclo histórico del Estado español, menguante desde hace siglos, parece haber entrado en una aguda fase de declive. Aunque probablemente la independencia y la soberanía sean conceptos solo inteligibles desde el pasado, salvo para unas pocas unidades estatales, contar o no con un Estado propio sigue marcando una gran diferencia y es una característica muy importante para poder abordar el futuro en un marco de interdependencia. Hacen falta nuevas voces estatales dispuestas a contribuir a enderezar el desnortado rumbo de la globalización con otras complicidades.

Aprovechándose de la ayuda occidental para la demolición de Estados desafectos al consenso de Washington, el Daesh ha establecido una dictadura islámica en buena parte de Mesopotamia


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