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Con la venia

Preguntas, y respuestas, en el aire

Por Pablo Muñoz - Domingo, 24 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:13h

tal y como está el mercado televisivo, ocupar un share del 15% es ya un éxito innegable. Lo logró la entrevista que el periodista Jordi Évole realizó en La Sexta a Arnaldo Otegi. Pero lo destacable es que esa audiencia se duplicó en la Comunidad Autónoma Vasca (30% y 312.000 televidentes) y en Nafarroa (29% y 75.000). Sin duda, se trató de una emisión de alto impacto y con una notable expectación previa tanto por el entrevistado como por el entrevistador.

Sin embargo, las reacciones a la entrevista expresadas durante esta semana no han respondido a tan evidente interés, y -quién sabe si con intención de minimizarlo- apenas obtuvo un espacio mediático limitado a un par de días. No faltaron, por supuesto, los exabruptos de rigor vomitados por portavoces de los grandes partidos españoles, colectivos de víctimas y sindicatos policiales. Repugnante, vomitivo, miserable, falto de sensibilidad, matón, indignante, manipulador y mitin terrorista fueron apelativos dedicados tanto al programa como al entrevistado y, ya puestos, hasta al entrevistador.

Por describir, Jordi Évole estaba empeñado en lanzar a España el mensaje de preguntas al converso, mensaje más centrado en el pasado del entrevistado que en su presente. Arnaldo Otegi se dedicó a esquivar las embestidas del pasado para insistir hasta la machaconería en el futuro. Évole fijaba la mirada atrás, y Otegi solo abría los ojos al presente. Y ahí se atascó el encuentro. Por más que el periodista se empeñase en recordar al político sus pasadas complicidades con la lucha armada, éste recortaba la arremetida borrando el pasado. No iba a condenar ahora lo que en su día apoyó. Quedó bien claro que jamás, ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro, el término condena iba a contar en su vocabulario, porque sería lo mismo que reconocer la derrota. Y eso, en política, es inaceptable.

Aunque en la práctica toda la entrevista transcurrió por cauces similares, algunas preguntas y algunas respuestas quedaron en el aire, sin mayores concreciones y, en algún caso, sin que tampoco el periodista entrase al trapo. Ejemplo de esta evasiva fue el escaso recorrido de la potente acusación que expresó Arnaldo Otegi afirmando, que no insinuando, el interés del Estado en que ETA continuase con la lucha armada. Más aún, culpó a los servicios policiales españoles de impedir el desarme de esa organización. Arnaldo lo dejó caer, y pasó un ángel.

Otra respuesta que quedó en el aire fue la reiterada insinuación de Otegi de la posibilidad de que vuelva la violencia armada. No desarrolló el líder abertzale en qué se basaba esa amenaza, de qué tipo de rearme se trataba, cuál iba a ser su detonante, quiénes, cuándo y cómo. Teniendo en cuenta que descartó, él sabrá por qué, que esa inquietante posibilidad tuviera como protagonista a la ETA que hemos conocido, la repregunta debería haberle planteado si se refería la actual disidencia de Sortu o al nacimiento de otra ETA de nuevo cuño.

La otra pregunta que quedó en el aire no era propiamente de Évole, sino de Sara Buesa, hija del dirigente socialista alavés asesinado en febrero del 2000. A su salida de la cárcel, Arnaldo Otegi declaró que “la violencia debería haber acabado mucho antes”, y el periodista le trasladó la interpelación de Sara Buesa: “¿Mucho antes, cuándo?”. La pregunta implicaba si la violencia de ETA tuvo alguna vez sentido y si la decisión de la izquierda abertzale de convencer a la organización armada para el cese de su actividad tuvo fundamentalmente un sentido táctico, una intención práctica sin ningún componente ético. Ante esta demanda, el entrevistado reiteró su rechazo a analizar el pasado y fue lo suficientemente ágil como para sortear una respuesta que pudiera provocar reacciones internas. Porque, eso sí, fue en extremo cuidadoso para que sus respuestas fueran un discurso de unidad dirigido a las bases de la izquierda abertzale.

Por lo demás, pudo verse a un Arnaldo Otegi algo más ajado -siete años de cárcel no son para menos- pero con la misma viveza en sus respuestas aunque en ocasiones se limitase a esquivar las preguntas incómodas y a dejar caer algún enigma que otro. Novedades, pocas, por no decir ninguna al menos para los espectadores vascos.

El Évole de Salvadostampoco fue el “follonero” que entrevistó a Otegi hace siete años. En aquella ocasión ETA aún estaba en activo y Évole era un enfant terribleque a unos hacía gracia y a otros les parecía un advenedizo frívolo. Entre ambos protagonistas, porque ambos lo fueron, hubo una cierta complicidad pero cada uno fue a lo suyo: el periodista a lucirse y el político a nadar y guardar la ropa. En resumen, y según abundantes opiniones recogidas en la opinión pública y publicada, la entrevista sonó a antiguo.

Entre Évole y Otegi hubo una cierta complicidad pero cada uno fue a lo suyo: el periodista a lucirse y el político a nadar y guardar la ropa


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