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Tribuna abierta

Capitalismo y paraísos fiscales

Por Igor Filibi - Sábado, 23 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:11h

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Los paraísos fiscales no son la rendija que permite a unos pocos escapar al control del sistema, sino una característica central del sistema. Casi podría decirse que el capitalismo actual no podría funcionar sin ellos.

Desde hace un tiempo, el sector financiero ha ido adquiriendo más importancia dentro de la economía internacional. Esta financiarización de la economía ha ido tejiendo una red financiera internacional que afecta al conjunto de países, como se ha visto durante la crisis actual: una crisis de la deuda subprime norteamericana se convertía en pocos meses en una crisis de deuda pública en Europa y en una crisis financiera global.

Esta situación desvela una paradoja. Los Estados aún afirman su soberanía, su derecho y capacidad de regular su territorio, su economía y su fiscalidad. Sin embargo, a la vez reconocen que la interdependencia les hace vulnerables a las decisiones y problemas de los demás. El caso de la fiscalidad es claro. Si un país decide regular sus actividades financieras permitiendo el secreto bancario y evitando, por tanto, que se sepa quiénes poseen cuentas y activos en sus bancos y con qué cantidades, ello inmediatamente afecta al resto de países, que tendrán importantes problemas para saber qué activos tienen sus ciudadanos y compañías y, por tanto, serán incapaces de recaudar los impuestos correspondientes.

Además, si algunos Estados imponen impuestos muy bajos, lo que se conoce como paraísos fiscales, prácticamente obligan a los otros a hacer lo mismo si no quieren ver cómo sus grandes empresas y fortunas se las ingenian para tributar en esos lugares más beneficiosos. Es decir, que la existencia de territorios con fiscalidad muy baja fuerza una especie de competición entre los Estados por bajar los impuestos, sobre todo a quienes podrían llevarse sus fortunas a otros países.

No es un asunto menor, pues cuando un Estado tiene dificultades para recaudar impuestos, lógicamente debe reducir sus prestaciones y servicios públicos y ello, con el tiempo, genera mayor desigualdad, rompe la cohesión social y puede poner en cuestión la propia viabilidad del país. A pesar de que esto es conocido, no es fácil definir lo que es un paraíso fiscal, debido a la complejidad del fenómeno. También porque nadie quiere ser considerado oficialmente un paraíso fiscal.

Por ello, los profesores Cobham, Jansky y Meinzer han diseñado el Índice de Secreto Financiero (FSI por sus siglas en inglés), que evalúa a los países en función de su transparencia respecto a los flujos internacionales de capital. Este estudio, realizado en 2015, confirma en parte la opinión habitual sobre el tema. En efecto, los cinco centros financieros menos transparentes del mundo son Suiza, Luxemburgo, Hong Kong, Islas Caimán y Singapur. Sin embargo, a muchos les sorprenderá saber que en sexto lugar aparece Estados Unidos o que Alemania ocupa el octavo lugar. Además, si a Londres se le contabilizan todos los territorios de influencia británica, lo que responde mejor a la realidad, estaría en primer lugar a gran distancia del resto.

El índice FSI también muestra que no hay dos grupos claros de países sino una continuidad entre las actividades completamente transparentes y las que son completamente opacas. Es decir, que las listas habituales de paraísos fiscales no ofrecen una idea real de cómo operan estos flujos financieros. Esas listas, realizadas por los países poderosos, siempre se centran en unos pocos territorios, que es cierto que son muy poco transparentes pero que no son ni de lejos los más importantes en la economía opaca.

Por eso, el empleo de la expresión “paraísos fiscales”, muy habitual entre los políticos, parece sugerir que se trata de lugares exóticos y lejanos como Aruba, Barbados, Maldivas, Islas Caimán, San Cristóbal y Nieves, Panamá, etc. Sin embargo, el estudio de estos autores demuestra que la opacidad fiscal se encuentra tanto aquí, en Occidente, como allí, en los países lejanos y exóticos. Es más, los grandes centros mundiales que crean y coordinan las redes de evasión fiscal se encuentran principalmente en Europa (con Londres a la cabeza) y Estados Unidos.

A menudo se habla de estos paraísos como un simple refugio para las grandes fortunas y los negocios ilegales, que esconden su dinero en estos lugares para ponerlos a salvo del control y la fiscalidad de los Estados. Pero aún más importante que esto resulta el papel de estos territorios en el flujo mundial de inversiones. Haberly y Wójcik señalan en un reciente estudio que nada menos que el 30% de las inversiones extranjeras directas mundiales actúan a través de paraísos fiscales.

Las inversiones que operan de esta forma son particularmente importantes en las relaciones económicas entre las potencias coloniales y sus antiguas colonias. Por ello, en contra de la posición oficial de la OCDE, que parece impulsar una decidida apuesta contra la evasión fiscal, una parte significativa de estas inversiones que usan los paraísos fiscales fluye entre sus propios miembros y en particular a través de los países del G8.

Así, una de las conclusiones centrales de este estudio es que las finanzas offshore constituyen el segundo imperio británico debido a la importancia y centralidad que tiene Londres en el conjunto de las finanzas offshore, gracias a su control, directo e indirecto, de los importantes flujos de capitales entre Londres y los países de la Commonwealth (antiguas colonias británicas). La conclusión es que los fondos de inversión offshore no operan en los márgenes del sistema financiero internacional, sino en su centro. Esta es la idea clave que hay que retener, que los paraísos fiscales no suponen un hecho marginal, la rendija que permite que unos pocos escapen al control del sistema, sino que constituye una característica central del sistema. Casi podría decirse que el capitalismo actual no podría funcionar sin estos mecanismos que permiten a los grandes capitales escapar al control de los Estados.

Esto no es un secreto. Un informe del servicio de estudios del Congreso estadounidense (Gravelle, 2015) mostraba con detalle cómo las grandes corporaciones recurren sistemáticamente a la denominada ingeniería fiscal para tributar una fracción minúscula de sus ganancias anuales, recurriendo a innumerables sociedades, acuerdos ventajosos entre países y alterando las cifras de negocio intrafirma para que la mayor parte de sus beneficios tributen en el país con menor fiscalidad. El informe estimaba que estas prácticas de las empresas norteamericanas suponían una pérdida de la recaudación, solo en Estados Unidos, de cien mil millones de dólares. Si se suman los impuestos evadidos por las ganancias y fortunas personales, habría que añadir entre cuarenta y setenta mil millones más. Cada año.

Para comprender el papel que juegan los paraísos fiscales o centros financieros offshore, es mejor analizarlos, tal y como sugería Spitz, dentro de un juego fiscal entre los países con altas tasas fiscales y los territorios con escasa fiscalidad. En este juego por tributar lo mínimo posible, además del fraude fiscal, que es obviamente ilegal, se usan diversos mecanismos completamente legales como los que mencionaba el informe del Congreso de EE.UU.

En definitiva, a pesar de los aparentes esfuerzos para terminar con la opacidad de los paraísos fiscales, y pese a algunos avances reales, no estamos ante un intento serio por eliminar la práctica offshore, sino dentro de una auténtica batalla por el poder en el espacio económico mundial. Cada país defiende sus paraísos fiscales y ataca solo los de los demás, tanto por presiones de sus élites y principales empresas, como para resultar más competitivos dentro de la economía mundial.

No estamos ante un intento serio por eliminar las ‘offshore’, sino dentro de una auténtica batalla por el poder en el espacio económico mundial


La idea clave es que los paraísos fiscales no suponen un hecho marginal, sino que constituyen una característica central del sistema


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