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trumbo: la lista negra de hollywood

Ignominia ‘made in USA’

por juan zapater - Viernes, 22 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:12h

En un tono que duda entre el drama y la comedia, Trumbo evoca uno de los más lamentables procesos vividos en EEUU quizá para recordar que a Trump no hay que tomárselo a risa.

En un tono que duda entre el drama y la comedia, Trumbo evoca uno de los más lamentables procesos vividos en EEUU quizá para recordar que a Trump no hay que tomárselo a risa.

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En un tono que duda entre el drama y la comedia, Trumbo evoca uno de los más lamentables procesos vividos en EEUU quizá para recordar que a Trump no hay que tomárselo a risa.

La vida de Trumbo, las anécdotas, vicisitudes y personas que le acompañaron, tal vez sean como las que cuenta esta película pero esta película carece de la esencia de lo que Trumbo fue y de lo que su figura significa. Guionista de éxito, novelista de talento, autor de libretos tan incontestables y heterogéneos entre sí como Vacaciones en Roma, Espartaco y Papillón, Dalton Trumbo fue la voz y el rostro más visible de los llamados “diez de Hollywood”, un puñado de víctimas de una lamentable caza de brujas ejercida por y en EEUU hace apenas medio siglo.

Orson Welles, que también pagó peaje por su independencia, recordaría años después lo ridículo y perverso de aquel proceder cuando, al recordar las confesiones y exhibiciones de cobardía e intolerancia de tanto profesional del cine yanqui, dijo algo así como: “Y lo peor fue que delataron no para salvar sus vidas sino para mantener sus piscinas”. Se refería al patético desfile de profesionales del cine norteamericano que pasaron por los tribunales señalando a sus propios compañeros en un Dies Irae vergonzante y vergonzoso que los condenó al ostracismo y a la miseria.

Los hechos acontecieron justo después de finalizar la segunda guerra mundial. Aquello fue la crónica de una muerte anunciada, porque el sector más reaccionario de la sociedad norteamericana, esos a los que ahora Trump hipnotiza e idiotiza, durante los años 30 alzaron sus voces contra las excesivas licencias sexuales e ideológicas del cine de Hollywood. Curiosamente su sensibilidad, dañada por algunas películas sospechosas de albergar ideas comunistas, acusadas de mostrar carne humana, no veía nada dañino en las proclamas de Hitler, en sus crímenes y en sus hazañas. Luego sobrevino lo que todos saben y algunos niegan. Que Hitler se pasó de rosca. Tanto y con tanta insania que ese sector ultraconservador de los EEUU, a su pesar, tuvo que asumir la entrada en guerra en el mismo bloque aliado en el que combatía la Unión Soviética. Durante unos años, la presión censora se contuvo;además muchos de aquellos profesionales tachados de antipatriotas fueron al frente, no fue el caso de John Wayne como bien se encarga de recordar el filme escrito por McNamara en uno de sus múltiples ajustes de cuentas.

Así que aquello no duró mucho. Porque cuando la guerra todavía no había terminado, cuando las bombas atómicas arrojadas en Japón miraban de reojo a Moscú, empezó a desatarse la guerra fría. Y uno de sus frentes tuvo lugar allí donde Hollywood cimentó su leyenda. Lo que allí aconteció no es una historia inédita. En distintas claves lo que el filme de Jay Roach describe ha sido objeto de aproximaciones de todo tipo. La última, la muy decepcionante ¡Ave, César! de los hermanos Coen. Una parodia ridícula que convertía lo que fue un vergonzante hecho de corrupción judicial y manipulación política, en un mal chiste. Aquí, con un reparto de lujo, Jay Roach, un veterano director anclado en las películas de Austin Powers, no falta el respeto a las víctimas de esa caza pero, aunque trata de ilustrar con entusiasmo, ni roza ni alcanza la brillantez y hondura que el tema reclama. Como lo que se narra resulta tan apasionante, tan conmovedor, tan enraizado en la condición humana, el filme mantiene su interés por la fuerza de los hechos y por el eco poliédrico y mítico de los personajes que se citan. Sin duda el mayor o menor conocimiento que se tenga de ellos amplificará el interés ante su trama. Pero, aunque como propuesta fílmica merece ser apreciada, nada hay en ella que esté a la altura de aquel hombre que en 1971, dirigió la adaptación de su propia obra, Johnny cogió su fusil, para reivindicar que nadie tiene derecho a jugar con vidas ajenas.


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