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Tribuna abierta

Contra la lógica del ‘patrio trasero’

Por Izaskun Bilbao Barandica - Jueves, 21 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:11h

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Es fácil endosar a “Europa”, ente supuestamente ajeno, impersonal, la responsabilidad de lo que ocurre. Pero no es sino el chivo expiatorio que permite camuflar las propias miserias.

El acuerdo firmado recientemente entre Turquía y la UE para externalizar la acogida y asistencia de los miles de refugiados que escapan de las atrocidades del régimen sirio y del terrorismo del ISIS ha servido para poner en la picota a las instituciones comunitarias. La prensa publicada en la mayor parte de los estados europeos, y la española no es una excepción, se ha cansado de vilipendiar a la Comisión Europea por su incapacidad ante esta crisis. Pocos han puesto el acento, sin embargo, en el hecho de que desde que se produjeron las primeras grandes crisis en el Mediterráneo, en la isla de Lampedusa en 2013, la entonces comisaria de Interior, la liberal sueca Cecilia Malmström, puso sobre la mesa las claves que permitirían enfrentar el problema sin vulnerar los derechos de estas personas y generar un episodio que nos avergonzará en los próximos años.

Las claves son aplicar la legislación comunitaria ya existente para atender este tipo de emergencias humanitarias, reformar el protocolo de Dublín para poder centralizar las peticiones de asilo y repartirlas armónicamente y compartir con los países con frontera exterior el control de las mismas, la responsabilidad de la asistencia de emergencia y los rescates. Además, en aquellas primeras propuestas ya se incidía en la necesidad de establecer vías seguras de acceso de los refugiados, desde sus países de origen, para evitar que caigan en manos de las mafias de traficantes de personas. Un procedimiento que permitiría, además, separar el flujo de refugiados de la inmigración económica.

Hubo además una coincidencia generalizada en replantearse toda la estrategia de intervención en las zonas en conflicto de las que procede este inmenso flujo de personas desesperadas. Necesitamos una voz única y acciones coordinadas, por las que lucha desde que tomó posesión de su cargo la alta representante Federica Mogherini. Cuando la crisis alcanzó magnitud de emergencia humanitaria se diseñó incluso un sistema de cuotas para repartir el esfuerzo de acogida y auxilio. En aquella ocasión se asignó a cada estado un contingente de refugiados, cifra determinada en función de sus capacidades económicas, desempleo y otros parámetros que trataban de igualar el esfuerzo que debería hacer cada país para acoger refugiados.

Todas estas propuestas han encallado en el populismo, el cortoplacismo, los egoísmos y hasta la xenofobia con que algunos estados han enfrentado la situación. Con la desfachatez de algunos ministros de gobiernos europeos que han tratado de mezclar víctimas, los refugiados que huyen de la barbarie, con víctimarios, los terroristas que protagonizan ataques en suelo europeo, pese a que sabemos que eran ciudadanos nacidos o vividos en el continente. Y con la evidencia de que la Comisión carece de recursos institucionales y legales para obligar a los estados a cumplir. En esa tesitura es fácil emplear expresiones como “Bruselas”, “Europa” y otras similares para endosar a este tipo de entes supuestamente ajenos, sin alma, impersonales, la responsabilidad de lo que está ocurriendo. Pero la realidad es que son, nada más, el chivo expiatorio que permite camuflar las propias miserias.

España solo ha acogido 19 de los 17.000 refugiados que por cuota le correspondían en el primer reparto que propuso la Comisión pese a que su sociedad civil y gobiernos autonómicos, como el de Euskadi, reaccionaron de inmediato ofreciendo medios y disposición. De hecho, yo dediqué una de mis intervenciones en Estrasburgo durante la crisis a reivindicar esa solidaridad que surge de abajo hacia arriba y que ha sido bloqueada en la mesa del Consejo Europeo por algunos presidentes y sus ministros de Interior. Sin embargo y contra toda evidencia, mientras columnistas, telepredicadores, tertulianos y supuestos intelectuales despotrican contra Juncker y la Comisión Europea por su incapacidad, una interesada y espesa amnesia patriótica ignora, oculta y así absuelve a los estados de sus propias responsabilidades y ausencias.

El truco es viejo. Hemos vivido este acusar a los demás con las decisiones que emanan del semestre europeo y el llamado pacto de estabilidad. No comparto la política de austeridad. Creo que los ajustes del déficit deben asumir que, en ocasiones, la situación de la economía precisa de actuaciones anticíclicas desde el sector público y que hay servicios públicos que se llaman esenciales porque combaten el riesgo de exclusión y la pobreza. Por ello son los que no se deben recortar. En la comprensión y asunción de estos principios, Bruselas ha fallado estrepitosamente y merece una clara censura. Pero echo mucho de menos la necesaria autocrítica que en el caso español, por ejemplo, sigue pendiente.

El exacerbado estatalismo no se detiene ante nada. La aprobación del famoso PNR, el registro de pasajeros de avión, se ha vendido como una especie de bálsamo de Fierabrás contra el terrorismo internacional. Sin embargo, la norma aprobada este mismo mes ilustra la distancia que hay entre lo que se dice -“necesitamos una verdadera coordinación ante el terrorismo internacional”- y lo que se hace: crear 27 registros nacionales sin siquiera un sistema coherente de alertas coordinado en vez de una sola fuente contra la que puedan trabajar todos. Y ello suponiendo que todos los datos que van a recogerse y tratarse, mucho suponer, sean necesarios para la tarea para la que se diseñaron. Estas contradicciones me llevaron a votar contra esta directiva.

Por estas razones creo que esta crisis solo tiene solución desde Europa y sus valores fundacionales. Y clamo porque además de aplicarse medidas que están diseñadas hace más de tres años y que nos hubiesen reconciliado con nuestra conciencia, exprimamos la imaginación. Necesitamos coraje político y una mejor movilización de los recursos de que disponemos para terminar con las tristes imágenes que produce el tacticismo con el que se manejan muchos de los gobiernos asociados en la Unión Europea.

La solución turca ha demostrado en su escasa semana de vida que tiene tres grandes debilidades. Desde la perspectiva humanitaria, hay muy fundadas sospechas de que Erdogan no es un socio seguro. Esta semana, la TV holandesa y Amnistía Internacional han demostrado que Turquía está deportando ya refugiados a Siria. Desde el punto de vista legal, los mecanismos de deportación parecen difícilmente compatibles con el ordenamiento internacional. Finalmente y en términos prácticos, el flujo de personas no se detiene. El supuesto cierre de la crisis en el Egeo no ha hecho sino desplazar los contingentes de refugiados al oeste, como certifica estos días el servicio italiano de guardacostas.

Por eso me pregunto qué ocurriría si invirtiésemos en Europa al servicio de la solidaridad y la integración los seis mil millones que vamos a entregar a Turquía. Me pregunto cómo conviven el hambre de los refugiados con la crisis de precios agrícolas vinculada a nuestros excedentes de producción alimentaria. Me pregunto qué podríamos hacer con los siete mil millones que se han quedado las mafias de tráfico de personas. Me planteo porqué no reflexionamos sobre cómo explotar al servicio del humanismo las dinámicas que crean los fondos de desarrollo regional y desarrollo rural para cambiar el rumbo de la Europa envejecida, con una profunda crisis de natalidad, con zonas despobladas en las que llevamos años enterrando dinero para tratar de asentar población. Me pregunto por los miles de maestros en paro por falta de niños en las aulas. Me pregunto cómo puede operar la integración de cientos de miles de personas en Europa con los problemas de crecimiento originados en la atonía del consumo interior. E imagino el trabajo que hay que hacer para sumar tanta diversidad.

Y concluyo que tratar de responder a estas y otras preguntas parecidas con imaginación, conocimiento, determinación e interés es ciertamente muy complicado, pero imprescindible. Prefiero las oficinas de Bruselas echando humo dedicadas a pensar en estas cosas que a Fernández Díaz diseñando vallas y concertinas, o a la ultraderecha europea en la que encaja acusando a culturas y colectivos aunque sean las primeras víctimas del radicalismo que supuestamente mata en su nombre. Prefiero la tranquilidad de conciencia de haberlo intentado profesando los valores que nos unen, que transigir con la cómoda solución del patio traseroen el que chapotean desesperados decenas de miles de seres humanos.

Prefiero las oficinas de Bruselas ‘echando humo’ dedicadas a pensar que a Fernández Díaz diseñando vallas y concertinas, o a la ultraderecha en la que encaja acusando a culturas y colectivos


Mientras se despotrica contra Juncker y la Comisión Europea por su incapacidad, una interesada y espesa amnesia patriótica ignora, oculta y así absuelve a los estados de sus propias responsabilidades y ausencias


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