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Colaboración

Colaboración Agur, Euskadi

Por Iñaki Galdos Irazabal - Miércoles, 20 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Afinales de 2009 tuve la ocasión de acudir en Cusco (Perú) a unas interesantes jornadas organizadas allá fruto de la colaboración entre la UPV-EHU y diversas universidades americanas, cuya conferencia inaugural la ofreció el lehendakari Ibarretxe, recién abandonado el cargo. De manera paralela se organizaron una serie de paneles en torno al proceso de normalización y recuperación del euskera y su posible aplicación al quechua, con la presencia de los profesores y académicos Miren Azkarate y Pello Salaburu como ponentes principales.

En el power point que acompañaba a su exposición, Salaburu tenía escrito el nombre de la ciudad con z, Cuzco, lo cual levantó la protesta de algún académico local allá presente y la posterior discusión, en la que el profesor navarro defendió su opción con sólidos argumentos, que cinco años más tarde repitió con mayor sosiego en su precioso libro Errateko Nituenak (Erein, 2014). En aquel ambiente caldeado, uno trató de templar gaitas y explicó a los asistentes que en tierra vasca durante décadas se había discutido sobre la idoneidad de escribir Euskadi con s o con z, sobre todo en el partido político de algunos de los allá presentes.

Ciertamente, hubo un tiempo en el que lo único que se discutía sobre el término era su ortografía. Desde que el nacionalismo vasco explicitó a partir de Sabino Arana su deseo de convertir esa comunidad natural llamada Euskal Herria o Vasconia en una realidad política, la palabra Euskadi significó lo mismo para generaciones de vascos, fundamentalmente -aunque no solo- para los abertzales. Pero desgraciadamente nos encontramos durante los últimos tiempos ante una preocupante espiral de la que debemos salir cuanto antes si no queremos vernos abocados a su desaparición, por lo menos en su sentido original.

Recientemente hemos podido leer dos versiones diferentes sobre el porqué de esta deriva. En el número 2.503 de la revista Argia Gaizka Aranguren habla de la “capitalización” y “prostitución” del término Euskadi por parte de las instituciones de la comunidad autónoma occidental (utilizo su terminología) y advierte que algo parecido está comenzando a suceder con la expresión Basque Country (Aranguren habla de “robo”). Casi simultáneamente, desde otro ámbito ideológico y en la línea en la que siempre ha insistido, Iñaki Anasagasti denuncia en este mismo diario que la izquierda aber-tzale “le ha cambiado hasta el nombre a aquel proyecto nacional que hasta ETA respetó en su E”.

Es evidente que la izquierda aber-tzale tiene establecida una estrategia conducente a la sustitución del término Euskadi por Euskal Herria para referirnos a los siete herrialdes. Hasta los futbolistas vascos se sumaron en su día a tal movimiento -algunos de ellos muy conscientes de lo que hacían, otros con grandes dosis de ingenuidad y otros con absoluta ignorancia de lo que reivindicaban- con consecuencias que aún hoy estamos arrastrando. No es menos cierto que en el debate que se produce sobre la cuestión nos encontramos con personas con un alarmante desconocimiento de aspectos básicos, como el hecho de que el término Euskal Herria (y no Euskadi) es el primero que aparece en el Estatuto de Gernika. Por último no deja de ser significativo el poco caso que hacemos al mundo académico que ha reflexionado sobre la historia, el significado y el devenir de todos estos términos, aunque como dijo en su día con ironía Gregorio Monreal tal vez es mejor que siga así, no sea que terminemos por “devorar” el único que en su opinión no está aún quemado: Vasconia.

Constatado todo lo precedente es obvio que a Iñaki Anasagasti le asiste gran parte de razón. Pero digámoslo alto y claro: la desidia con la que muchos -demasiados- representantes del nacionalismo histórico hablan y escriben habitualmente de “Euskadi y Navarra” o de “Euskadi e Iparralde” produce una gran zozobra, solo comparable a la que te causa cuando te percatas de que otros muchos -también demasiados- representantes hacen lo mismo pero no por desidia, sino por desconocimiento. Y aclaro que no me refiero a determinados ámbitos y circunstancias institucionales en las que el pars pro toto resulta difícilmente sorteable.

Mientras esto siga así seguirán ganando terreno los que quieren olvidarse definitivamente del término Euskadi y seguirán regodeándose los que quieren circunscribirlo a ese mapa de tres provincias con el inmenso agujero de Treviño en medio. Para muchos está siendo descorazonador observar cómo -insisto- por desidia o desconocimiento, muchos herederos del abertzalismo aranista contribuyen -involuntariamente, pero contribuyen- de manera tan determinante en ambos empeños.


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