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Las memorias de un eibarrés normal con una vida extraordinaria

Eibar aprovecha el 85º aniversario de la II República para presentar un libro basado en la correspondencia y las memorias de Santiago Arizmendiarrieta, un vecino que pasó 20 meses prisionero en los campos de trabajo de Franco.

Reportaje y Fotografía de Jabi Leon - Lunes, 18 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Libro "Mis memorias".

Libro "Mis memorias".

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Libro "Mis memorias".La documentalista Ane Izarra, el historiador Javier Rodrigo, el escritor Antxon Narbaiza, la directora foral de Cultura, Mari Jose Telleria, Olga Arizmendiarrieta (hija de Santiago), Maite Ferrán (nieta de Toribio Etxeberria) y el alcalde, Miguel De los T

Abarrotado de gente, el salón de Plenos del Consistorio de Eibar acogió la tarde del pasado martes la presentación en sociedad del libro Mis memorias. La guerra civil española: 20 meses prisionero;un interesante trabajo editado por la comisión para la recuperación de la memoria histórica Ego Ibarra que se centra en las vivencias de Santiago Arizmendiarrieta Mandiola (1903-1974), “un eibarrés normal que se vio abocado a tener una vida extraordinaria”.

Prologado por el historiador aragonés y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Javier Rodrigo y con colaboraciones literarias del escritor y euskaltzale eibarrés Antxon Narbaiza y de la documentalista Ane Izarra, la publicación bebe de dos fuentes.

La primera la constituyen las memorias que el propio Arizmendiarrieta escribió después de que su amigo Juan De los Toyos, exiliado en México, le animara en 1952 a inmortalizar sus peripecias y sinsabores durante la guerra. Y la segunda, la relación epistolar que Arizmendiarrieta mantuvo con diferentes personalidades eibarresas de su época;principalmente, con el líder socialista, empresario y promotor del cooperativismo industrial Toribio Etxeberria (exiliado en Venezuela), con quien mantuvo una intensa correspondencia entre los años 1951 y 1968.

En total son 263 las cartas (47 de ellas escritas en esperanto) que forman parte del legado documental que dejó Santiago Arizmendiarrieta y que su hija Olga donó en el año 2014 al pueblo de Eibar.

Gracias a ese gesto y a un exhaustivo proceso de clasificación y análisis de los documentos, todas las personas interesadas ya tienen la posibilidad de disfrutar con la lectura de una publicación que el historiador Javier Rodrigo no duda en calificar como “uno de los mejores testimonios sobre el trabajo forzoso de los prisioneros de la guerra civil que he visto nunca”.

20 meses prisionero

Nacido en el seno de una familia obrera, Santiago Arizmendiarrieta parecía predestinado a aprender un oficio y a tener una vida normal de trabajador como la que tenían la mayoría de los eibarreses de su época. Con estudios básicos, dejó la escuela a los 11 años y empezó a trabajar en una fábrica de armas, al mismo tiempo que continuaba con su formación asistiendo a clases nocturnas en una academia privada de la calle Dos de mayo.

Euskaldun, socialista y republicano reconocido, Arizmendiarrieta aprovechó en 1935 la puesta en marcha del instituto eibarrés para sacar la plaza de bedel;un trabajo en el que hubiera desarrollado su vida laboral de no ser por la irrupción de la guerra. Al estallar la contienda, Santiago ya contaba con 33 años de edad, por lo que no fue enviado al frente. Por ello aprovechó su estancia en Eibar para suministrar alimentos a la ciudadanía republicana, hasta que los aliados de Franco bombardearon la ciudad y se vio obligado a huir con su familia a Bilbao. Y de ahí a Santoña, donde pretendía embarcar rumbo al exilio.

Pero cuando el barco estaba listo para partir fue capturado por los franquistas. Estos lo encerraron en el penal de El Dueso, que había dejado de ser una cárcel en la que los reclusos cumplían sus penas para convertirse en uno de los 188 campos de concentración franquistas, en los que no imperaba más legalidad que el deseo y las órdenes de los mandos fascistas.

Fue allí donde empezó el periplo de 20 meses como prisionero de guerra en campos de trabajo forzosos. Un periodo durante el que, en palabras de Javier Rodrigo, “no fue lo que él quería ser, sino lo que fue obligado a ser”.

De El Dueso, Arizmendiarrieta fue trasladado al Monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos, donde “tuvo suerte, porque tenía una pierna rota y no podía trabajar, por lo que le nombraron capataz”. Aún así, poco después fue obligado a retomar los trabajos forzosos, esta vez acondicionando carreteras y pistas para el avance franquista en las inmediaciones de Zaragoza.

En 1939, un mes después de acabar la guerra, Santiago quedó libre. Aún así, cinco meses después fue detenido nuevamente, esta vez “acusado de colaborar con El Liberal”;lo que le llevó a pasar otros siete meses más preso en la cárcel de Ondarreta.

Los sinsabores, las anécdotas y las vivencias de aquellos 20 meses en los que estuvo interno en campos de concentración franquistas y el cambio de impresiones que mantuvo con Toribio Etxeberria en torno a infinidad de temas, conforman la columna vertebral de un libro que también deja constancia de la etapa posterior en la que el autodidacta Arizmendiarrieta ejerció como profesor de esperanto. Las clases, como no, las dio “en la sede del Club Deportivo”.


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