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Tribuna abierta

GTMO: faltan letras, sobran presos

Por Txema Montero - Sábado, 16 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:12h

GTMO es como el ejército norteamericano llama al centro de detención para los yihadistas existente en la base militar de Guantánamo, en la bahía del mismo nombre, a barlovento del extremo oriente de la isla de Cuba. Convertir el nombre en una abreviatura encubre una pretensión: deja de ser un lugar geográfico para transformarse en algo abstracto, irreal, en el más allá, en una versión del infierno. Mohamedou Ould Slahi, recluido en ese no lugar, ha conseguido gracias a sus corajudos defensores norteamericanos, que actúan pro-bono (de modo gratuito), publicar unas memorias de su permanencia en GTMO. Que los más destacados de entre sus abogados sean dos mujeres, Nancy Hollander y Sylvia Royce, debería hacer reconsiderar a Slahi sus prejuicios respecto al género femenino, cosa que parece improbable que haga. Esas memorias son parciales porque contienen más de 2.500 tachaduras de la censura, a veces páginas enteras, y porque solo relata sus vivencias, si a eso le podemos llamar vida, entre los años 2002 al 2004. La editorial Capitán Swing, modelo de lo mucho que se puede hacer con pocos medios cuando la inteligencia abunda, ha publicado recientemente el Diario de Guantánamo de M.O. Slahi, convertido en best seller internacional desde su publicación en inglés el pasado año. El exitoso novelista y exespía John Le Carré califica el diario como “una visión del infierno más allá de Orwell y Kafka”, con lo que queda dicho casi todo.

A resultas de la detención del argelino, la Real Policía Montada de Canadá acudió presta a interrogar a Slahi, quien negó cualquier relación con aquél. De la misma, cogió un avión para regresar a su país, vía Bruselas y Dakar (Senegal). Que un inmigrante con pretensiones de asentarse definitivamente en lo mejor del primer mundo retornara a su tercermundista país justo después de ser interrogado en relación con un acto de terror no pasó desapercibido a la comunidad de inteligencia occidental y en concreto a la norteamericana. El FBI, la NSA y la CIA incluyeron a Slahi en la lista de sospechosos sometidos a control integral. Tal control no fue obstáculo para que pudiera vivir durante un año en Mauritania sin mayor incomodidad que unas rutinarias detenciones en las que era desganadamente interrogado por los servicios secretos locales. Y en esas estaba cuando cuatro aviones pilotados por asesinos-suicidas se estrellaron en Nueva York, Washington y Pennsylvania.

Con la aprobación personal de Donald Rumsfeld, secretario de Defensa del Gobierno de George W. Bush, se somete al detenido, a quien se ha despojado de su nombre y rebautizado como Almohada, a un “Plan de interrogatorio Especial” consistente en palizas, meses de aislamiento extremo, insomnio prolongado hasta el delirio, humillaciones físicas, psíquicas y sexuales -con intervención de interrogadoras femeninas-, amenazas a su familia, prohibición de orar en voz alta, denegándosele conocer la quibla -orientación a La Meca a donde dirigir sus rezos- y un secuestro y entrega fingidos. Así, durante dos años seguidos.

Los interrogadores, sucesivamente del FBI, CIA, Ejército americano, BND alemán, egipcios y quizás israelíes, disponen de un cúmulo de indicios contra el detenido: sus relaciones familiares, personales, juramento de lealtad a Al Qaeda, interceptaciones telefónicas donde se pronuncian frases con doble sentido, viajes sin explicación, aparentes fugas y un largo etcétera… pero ninguna prueba concluyente. Además, el detenido no es un peso mosca. Musulmán instruido, universitario formado en occidente, capaz de hablar en cuatro lenguas, incluida la inglesa en la que escribe su diario, los superiores de los interrogadores saben que el detenido tiene todos los atributos del liderazgo si esa fuera su intención una vez liberado, pero ¿cómo conocer sus intenciones? Ante tal dilema, lo mejor es mantenerlo privado de libertad, se dicen.

Y así siguen pasando los años. Slahi mantiene con sus interrogadores un duelo imposible y trágico. “¡Esfuérzate -le dicen- para que te creamos, demuéstranos que eres inocente!” El cúmulo de indicios, ninguna prueba, es suficiente para alentar a los interrogadores, que se suceden esperando cada uno nuevo de ellos triunfar allí donde su predecesor fracasó. Pero resulta insuficiente para obtener una confesión creíble. Por más que Slahi, entre furtivas admisiones y penosas explicaciones, confirme la denuncia dirigida contra él por un arrepentido de Al Qaeda que ha pactado con el fiscal, ahora son sus propios interrogadores los que no le creen, ya que consideran esa confesión guiada por la intención de que le dejen en paz. De un lado, quienes buscan, de cualquier manera, la verdad. Del otro, quien está dispuesto a dársela, aunque sea mentira. Empate infinito. En otros tiempos, el dilema se habría resuelto mediante las ordalías o juicios de Dios, en las que solo se le declaraba inocente si el detenido al que se le ponía entre las manos un hierro candente no se quemaba o apenas un poco. La inquisición torturaba con idéntico fin hasta que la justicia moderna llegó a la conclusión de que una confesión, incluso obtenida sin coacción, no era prueba suficiente puesto que había que contrastarla con otros indicios para darla por buena.

La porción de Cuba bajo dominio americano, un agujero negro y sin ley que Obama prometió desmantelar o, como ha dicho Le Carré, “el infierno más allá de Orwell y Kafka”.

De un lado, quienes buscan, de cualquier manera, la verdad. Del otro, quien está dispuesto a dársela, aunque sea mentira. Empate infinito. En tiempos se habría resuelto mediante las

ordalías o juicios de Dios


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