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La caza y su imagen pública

Por Julen Rekondo - Viernes, 15 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:12h

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vivimos sin lugar a dudas un momento de eslóganes, y la publicidad es un escenario desde el que intentan seducir con una frase, sea para comer, vestir o alimentarse. La asunción de un lema no tiene por qué conllevar mayor compromiso que decir esto, que se está de acuerdo con él, y así, hacerlo de uno mismo puede ser asunto de un día o de un calentón más o menos reposado.

Hay lemas que son de cajón, sencillos, para identificarnos con ellos. Por ejemplo, No a la guerra. Hay que ser muy bélico para confesar gusto por las bombas. Sin embargo, decir que los que no se colocan este lema con la chapa en la solapa están a favor de matar a la población de tal país sería cuando menos una osadía inasumible. La pancarta no es siempre sencilla, no lo es menos el debate que puede suscitar, y lo contrario suele buscar el aplauso fácil.

La caza es una actividad bastante fiscalizada por la opinión pública, de tal forma que es muy frecuente que quien no es cazador no sea indiferente sino que si se le pregunta al respecto de qué le parece esta actividad contestará que es más bien “anticaza”. Curiosamente, el posicionamiento de estas personas hacia agresiones directas como son el uso de pesticidas en el campo, las concentraciones parcelarias al uso de las sufridas en los últimos años, el acortamiento de los ciclos de las especies cultivadas mediante ingeniería genética… es aquí de indiferencia, generalmente por ignorarlas, o simplemente por no considerarlas un importante factor de amenaza para espacios y especies.

Actualmente, la práctica cinegética se ve enmarcada por argumentos muy diversos (sociales, económicos, recreativos…) y no todos ni mucho menos comprendidos en una sociedad que concluye a menudo que una actividad donde la muerte de un animal es el final del lance, no puede por menos que ser repudiada. Deberemos estar de acuerdo en que este diagnóstico suele ser muy romo, y que responde más a una gran deficiencia de información e incluso de formación que a otra cosa, pero no es menos cierto que este rechazo que la caza suscita en ciertos sectores de la sociedad debe ser encauzado en cierta forma como lupa hacia la propia actividad.

El cazador del siglo XXI no tiene por qué cazar con sentido de la culpabilidad, la que muchos detractores de la caza quieren adjudicarle, pero no por ello el esfuerzo en explicar o justificar esta actividad debe ser traducido como un peaje, como una forma de asumir pecado alguno, y si más bien como una manera de explicar con hechos el compromiso del gremio por una caza moderna, racional, sostenible, por una caza donde es sólo el conocimiento y sus hábitat, y la prioridad de la conservación de ambos la que debe marcar la planificación de cualquier extracción.

Pero, partiendo de que la imagen pública de la caza es mala en importantes sectores de la sociedad, no conviene librarnos, ni muchos menos, de la responsabilidad de nuestro colectivo en ese deterioro. Y he aquí algunas cuestiones que se deberían tener en cuenta para revertir esta situación.

El cazador necesita demostrar que las cosas se están haciendo bien, y tomar la responsabilidad de denunciar y marginar todas aquellas prácticas cinegéticas poco respetuosas con el medio ambiente, aún presentes en colectivos de cazadores. Entre estas me refiero sobre todo a la comercialización de la caza cuando es llevada a extremos que comprometen la supervivencia de las especies cinegéticas silvestres o recurren a prácticas poco éticas y alejadas de los estándares de calidad. Así repoblaciones con especies alóctonas o híbridas, manejos “ganaderos” de la especies silvestres, etc. creo que no tienen cabida dentro de una actividad cinegética sostenible y moderna.

Tampoco el sector cinegético ha sabido comunicar a la sociedad la realidad de esta actividad. La actividad cinegética tiene muchos aspectos positivos, y cito a continuación algunos de ellos. Quizá el primero, y más importante, es la conservación de una actividad heredada de nuestros ancestros y que nos ha marcado evolutivamente como especie. En segundo lugar, el trabajo de recuperación de la caza menor que se está haciendo en muchas zonas agrarias, y que, a pesar de no contar con apoyos suficientes, se mantiene de forma incansable en muchas sociedades, aun a costa de renunciar a los aprovechamientos cinegéticos. Y, en tercer lugar, y en lo que a algunas especies de caza se refiere, su papel como regulador de poblaciones, como sustituto de la predación natural, contribuyendo al equilibrio de los ecosistemas.

El sector cinegético debe cambiar el mensaje que está lanzando a la sociedad. Debe acercarse mucho más a una sociedad no cazadora, que, hoy por hoy, no entiende el papel de la caza como elemento de preservación de la naturaleza. Hay que trabajar mucho más con los jóvenes y emprender acciones en las que, aun conservando el espíritu cinegético, tenga cabida toda la sociedad. La caza debe convencer a la sociedad de su compatibilidad y su contribución real a la conservación.

Siguiendo con lo anterior, y sin perder la focalización en las especies cinegéticas, las sociedades de cazadores deben volcarse más con otros problemas de conservación de la naturaleza y adquirir un papel más preponderante en todos los ámbitos de preservación de los recursos naturales. Hay que dejar atrás muchos perjuicios y estar socialmente más activos en otras acciones de conservación al margen de las estrictamente relacionadas con la caza. Para ello habrá que desterrar definitivamente algunas prácticas cinegéticas socialmente poco defendibles y que aún subsisten en nuestras sociedades de cazadores (exhibición de las piezas abatida, prácticas venatorias poco éticas, etc.) y, por supuesto, cumplimiento de la legislación a rajatabla.


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