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¿Capítulo final para la historia interminable?

Los vecinos de las localidades alavesas cercanas a garoña aún recuerdan los fastos oficiales de la inauguración

Un reportaje de Jaione Sanz - Martes, 12 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:11h

La charcutera de Bergüenda, Esther Bringas, nunca olvidará el día en que vio pasar por la carretera del pueblo “aquella comitiva con Franco y los reactores”. Era “una canija”, pero se le quedó grabada la estampa. También Miguel Ángel Turiso, nacido y criado de toda la vida en Comunión, evoca como si fuera ayer ese desfile irrepetible, “Patxi al frente y unos camiones espectaculares que llevaban los mecheros dentro”. La meta era Santa María de Garoña, Burgos, donde estaba a punto de ponerse en marcha la central nuclear más colosal de su clase en la Europa de esa época gris, la segunda de España. Las obras, dirigidas por el ingeniero industrial Joaquín Cervera, habían arrancado en 1966, solo tres años después de que Nuclenor hubiera obtenido la autorización para la construcción, y ya estaban llegando a su fin. Era 1970, el último arreón. En 1971, con todo en su sitio, la nueva planta atómica se acoplaría a la red eléctrica y el corazón made in General Electrics que albergaba en lo más profundo de su armazón comenzaría a latir con toda la potencia de sus 460 megavatios.

Entonces no hubo debate sobre la conveniencia o el peligro de la energía nuclear, ni para bien ni para mal. “Entonces no se decía nada de nada”, dice, con un guiño, la charcutera. Garoña comenzó a generar entre 3.500 y 3.700 GWh (gigavatios por hora) de media al año, en torno al 90% de carga, y así continuó, ejercicio tras ejercicio, ofreciendo tremendas alegrías económicas a Nuclenor, empresa formada inicialmente por Iberduero y Electra de Viesgo, y más adelante, tras movimientos accionariales, por Iberdrola y Endesa. La infraestructura, que había salido adelante con un capital inicial de cinco millones de pesetas, quedó amortizada mucho antes de que llegara al límite de su vida útil, cuarenta años, y se convirtió en una potente máquina de hacer dinero. En 2011, la central generó la friolera de 150 millones de euros de beneficios a pesar de que la producción tan solo supuso el 1,4% del total eléctrico de España.

riesgos medioambientalesLa escasa aportación de Garoña a la demanda energética del país, que no a los bolsillos de sus propietarios, ya era para entonces una de las principales quejas del movimiento contrario a la continuidad de la central. Pero había más. Los colectivos ecologistas llevaban años advirtiendo de riesgos medioambientales y de seguridad por el uso de las aguas del Ebro y averías que según ellos se estaban ocultando. Su alarma caló en buena parte de la ciudadanía, sobre todo a este lado del río, donde ninguna localidad recibía compensaciones económicas por estar cerca de la planta atómica. Aunque Nuclenor solo notificaba anomalías de grado uno, sin importancia, y siempre llamaba a la calma, conforme se acercaba el límite de la vida útil de la instalación aumentaba la preocupación social. Una liberación de radiación afectaría a toda la cuenca del Ebro, en la que habitan alrededor de tres millones de personas.

Un punto de inflexión importante fue 2006, cuando se llevó a cabo el cierre de la planta atómica de Zorita por motivos de seguridad. Aquella decisión hizo que Garoña se convirtiera en la central nuclear más antigua de España, la única operativa de la llamada Primera Generación.


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