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Tribuna abierta

Una reflexión sobre la autodeterminación

Por Igor Filibi - Miércoles, 6 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:11h

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Mientras el Estado actual no desarrolle mecanismos de reconocimiento y participación de los pueblos, será legítima e inteligente la decisión estratégica de construir un Estado propio.

El Aberri Eguna ha servido para volver a poner la cuestión de la autodeterminación sobre la mesa, esta vez con más fuerza si cabe al recibir el apoyo, aunque sea matizado, de un partido de ámbito estatal (Podemos). Si bien es cierto que autodeterminarse no tiene por qué significar necesariamente la secesión, es obvio que de todos los resultados posibles del ejercicio de la misma éste es el que acarrea más consecuencias y controversia.

Los dos últimos años han contribuido con aportaciones significativas al debate. En 2014, Escocia vio reconocida su aspiración a celebrar un referéndum de secesión y lo celebró. En 2015, el Reino Unido aprobó convocar otro sobre su salida de la Unión Europea y este año hemos visto que el gobierno británico le ponía fecha (junio de 2016) y que la UE aceptaba negociar antes de dicho referéndum para someter el acuerdo a la consulta. De estos hechos pueden extraerse algunas conclusiones interesantes.

Se han podido observar algunas diferencias entre ambos procesos de secesión. En el caso del actual referéndum, la parte (Reino Unido) es libre de mostrar su voluntad de irse, democráticamente tomada, y fuerza al todo a negociar. Lo ideal, para todo el mundo, es alcanzar un acuerdo que regule con detalle y con los menores traumas posibles, la secesión. Pero si no hay acuerdo, en un plazo de dos años, la parte puede ejercer libremente el derecho de irse. Es una forma de garantizar la buena voluntad de la federación, a la que la ley -el tratado europeo- le deja claro que no puede torpedear ni obstaculizar u oponerse al hecho, sólo puede acordar su ejercicio y las consecuencias del mismo. Es decir, que se reconoce a la parte como sujeto político, capaz de tomar sus propias decisiones.

A la luz de este ejemplo se ven las diferencias con otros casos anteriores. Los quebequeses reconocieron abiertamente antes del referéndum que casi ganan en 1995 que era un movimiento previo para negociar un mejor acomodo político en la federación canadiense. En Escocia, el Partido Nacional Escocés (SNP) inicialmente propuso un referéndum con tres opciones: mantener la situación actual, seguir dentro con un mayor grado de autogobierno o la secesión. Fue el primer ministro David Cameron el que obligó a eliminar la opción intermedia (devo-max) para forzar un todo o nada. Y a continuación acusó a los nacionalistas escoceses de que estaban dividiendo a la sociedad.

En realidad, la división y el trauma de la ruptura total de relaciones vino forzada por la pregunta reducida a sí o no, pues la opción preferida de los escoceses era mejorar su autogobierno, no la secesión. Sólo cuando Londres eliminó su opción favorita los escoceses fueron lanzándose a apoyar la independencia, hasta casi ganar el referéndum. Y es interesante recordar que, cuando en la recta final de la campaña las encuestas mostraban un empate técnico y una opción real de secesión, el gobierno británico a toda prisa ofreció un sustancial aumento del autogobierno para evitar el desastre. ¿No era eso lo que todos sabían que era la opción favorita de los escoceses? ¿Era necesario tensionar a la sociedad escocesa y británica hasta el límite para ofrecer lo que se pedía desde el inicio? ¿Por qué lo que no era posible al principio se volvió, de pronto, posible? ¿Es esto altura política? Se acusaba al SNP de separatista, aunque siempre reconoció la legitimidad de la opción intermedia por ser mayoritaria y la incluyeron en su demanda, pero entonces, ¿quién ha sido el separador, el divisor?

La Corte Suprema de Canadá, respondiendo a la pregunta del gobierno canadiense sobre la secesión, estableció en 1998 las bases de un procedimiento y unos principios, aunque bastante exigentes para la minoría. Es decir, que incluso en el caso en el que el Estado es más flexible y comprensivo con la legitimidad de la demanda de secesión, lo pone muy difícil y, en último extremo, no aclara qué pasa si el gobierno no negocia con verdadera buena fe.

Sin embargo, el caso de la Unión Europea muestra que, cuando se posee un Estado, aunque se vive igualmente dentro de una Unión más amplia, la parte es reconocida como un verdadero sujeto político, capaz de tomar sus propias decisiones y cuya voluntad no es reducible a la de ningún otro sujeto. Nadie tiene soberanía, ni siquiera el Reino Unido que, aunque se vaya formalmente de la Unión, casi con total probabilidad seguirá cumpliendo la normativa comunitaria y pagando una parte importante del presupuesto de la Unión Europea.

La diferencia respecto a Quebec, Escocia, Euskadi o Catalunya, es que los británicos tomarán su propia decisión. Y no podrán imponer las condiciones finales pues eso debe negociarse con otras partes, pero al menos estarán físicamente en la mesa de negociación y su voluntad estará directa y fielmente reflejada. Y aunque su decisión les acarree enormes costes, lo que es probable, será la consecuencia de su decisión, no la que otros hayan tomado por ellos. Aunque hayan convivido con ellos mucho tiempo.

Entonces, ¿qué demuestra todo esto? Que salvo que los Estados acepten de verdad que dentro de sus fronteras existen pueblos diversos que constituyen verdaderos sujetos políticos, y que éstos tienen derecho a expresar su voluntad y a ser respetada;y salvo que habiliten los mecanismos jurídicos, institucionales y legales para que esto se plasme en la realidad;mientras esto no suceda, el mensaje es claro: será mejor tener un Estado propio. No tendría por qué ser así, pues ya nadie es soberano y todos los pueblos y estados viven en uniones más amplias y cada vez con una mayor interdependencia;pero, mientras el Estado actual no se adapte a esta realidad, evolucione y desarrolle nuevos mecanismos de reconocimiento y participación de los pueblos en su interior, será no sólo legítima sino inteligente la decisión estratégica de construir un Estado propio.

Es desesperante ver cómo las élites que controlan los Estados europeos actuales, en contra de toda evidencia, insisten en mantener el discurso de la soberanía, la integridad territorial y la unidad de la nación única. Hasta la fecha, las naciones sin estado europeas y occidentales están optando mayoritariamente por estrategias inclusivas, moderadas y flexibles. Están siendo respetuosas con su propia diversidad interna y proponiendo soluciones inclusivas que buscan transformar el Estado. Esto no es una traición a sus ideales nacionales, sino la respuesta más inteligente a la situación económica y política actual, la mejor adaptación al contexto actual. Pero si los Estados siguen sin reconocerles como lo que son, sujetos políticos plenos, sólo harán más factible la segunda mejor opción: la estatalidad propia.

La experiencia reciente muestra que el reconocimiento del sujeto (Quebec, Escocia) sirve para mejorar la convivencia;que forzar a elegir entre lo actual y la independencia (Reino Unido) puede llegar a romper el Estado, aunque no sea la opción preferida, antes que resignarse;y que el no hacer nada y decir que la ley no lo ampara (España) también amenaza en serio con romper el Estado (Catalunya). Los gobiernos de los Estados tienen razón cuando piden altura de miras, pero ello significa apostar por la estrategia correcta, que es la más justa y democrática: reconocer la existencia de otras naciones en su territorio y darles voz. Sólo así pueden resolverse los problemas.

Es radicalmente falso que la ley no permita que se reconozca a estos pueblos y que puedan mostrar su voluntad política, sea la que sea. Veintiocho Estados europeos han demostrado que, cuando una parte (Reino Unido) muestra que quiere dejar la Unión, son capaces de articular medidas para reconocer la voluntad del sujeto político afectado, tratar de alcanzar un acuerdo con cesiones importantes, prever un procedimiento que no prejuzga el resultado final y una salida en caso de desacuerdo. Si estos mismos Estados no hacen lo mismo con los pueblos que no tienen un Estado, lo que están diciendo es muy simple: obtengan su Estado, entonces sí les escucharemos. Y cuando ese proceso se inicie no sonará creíble que acusen de separatistas a quienes se habrán limitado a seguir su consejo.

¿Era necesario tensionar a la sociedad escocesa y británica hasta el límite para ofrecer lo

que se pedía desde el inicio?


La experiencia reciente muestra que el reconocimiento del sujeto (Quebec, Escocia) sirve para mejorar la convivencia


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