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Colaboración

El linchamiento

Por Iñaki Galdos Irazabal - Miércoles, 6 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Uno es consciente del descrédito absoluto en el que viven la política y los políticos aquí y ahora. Diariamente se nos presentan nuevos casos de corrupción y latrocinio protagonizados por representantes en los que la ciudadanía había depositado la confianza para administrar lo público. Como hemos podido comprobar esta misma semana, se trata de una plaga que se extiende en mayor o menor medida por todo el mundo, sin distinción entre modelos de estado e ideologías.

Siendo esto así, la ciudadanía tiene derecho al cabreo, a la protesta, a la exigencia de responsabilidades y cambios. Y vaya si lo hace. Debe hacerlo, aunque a veces -demasiadas veces- parezca insoportable escuchar clamando contra los políticos a ese simpático hostelero en cuyo restaurante llevan décadas preguntando a los clientes el clásico ¿con o sin IVA?;o al dentista dicharachero que declara unos ingresos anuales de 33.000 euros. Hasta esos nuevos gurús posadolescentes convertidos en hombres-anuncio llamados vloggers (con v de vídeo) y que se dedican a ilustrar a la humanidad sobre la manera de comer un dónut, de elegir unos calcetines o de colocar los peluches en la cama se suman a la fiesta y pontifican desde sus modernos púlpitos condenando al infierno a estos nuevos apestados que son los políticos.

Pues permítanme que nade a contracorriente. A lo largo de mi paso por la política -pero también antes y después de ello- me he encontrado con una abrumadora mayoría de gente buena, honrada, digna, trabajadora. He conocido a personas que dieron el paso a la política cobrando mucho menos dinero del que cobraba en su actividad privada;personas cuyo regreso a su actividad previa al ejercicio de la política ha supuesto un verdadero martirio;personas que dejaron de ser invitadas a la cena mensual de amigos tras dar el paso a la política con un partido que no era el que tocaba;personas que han vivido un calvario por tomar decisiones difíciles e impopulares pero que el tiempo ha demostrado ser positivas;personas, en definitiva, que representando a la inmensa mayoría de la clase política, observan con el mismo -o mayor- estupor el dantesco espectáculo de la corrupción, pero a su vez se sienten víctimas perplejas de un injusto linchamiento contra al que algunos nos rebelamos.

Ciertamente, la insoportable situación política ha obligado a actuar de manera urgente. Se suceden y se anuncian continuamente cambios legales, normativos y de comportamiento destinados a la renovación de la política centrada en la transparencia, el control y la adecuación a la era digital. Se presentan a bombo y platillo medidas como si estas fueran la panacea universal, pero se mira con sospecha al que duda de su eficacia o, aún peor, al que advierte de efectos contraproducentes.

Por ejemplo, las declaraciones de bienes de los políticos hechas públicas a los cuatro vientos se convierten en preciado objeto de morbo y cotilleo, de tal manera que lo que verdaderamente parece importar al ciudadano no es el hecho de si tal o cual político se ha enriquecido sospechosamente, sino el hecho de que fulano tiene un tercio del piso heredado de sus padres, cuando son cuatro hermanos;o lo poco ahorrador que es mengano;o el misterioso porqué del régimen matrimonial de gananciales de zutano y su pareja. Uno se pregunta si el necesario control de bienes pasa necesariamente por este desfile de intimidades, por este otro tipo de linchamiento, tal vez más sutil, pero no menos pernicioso.

En la misma línea, a los lógicos ajustes y reducciones de no pocos sueldos, les suceden otros muchos menos comprensibles, fruto en gran medida de una indisimulada pataleta de los que perdieron las elecciones. La consecuencia suele ser un alcalde gestionando un presupuesto millonario, con la encomienda legal de ejercer la superior dirección de decenas y decenas de personas al servicio de la administración local, pero cobrando bastante menos que gran cantidad de ellos y bastante menos, por cierto, que muchos de los que han exigido tal reducción.

Y todo esto se produce en un ambiente en el que, al parecer, los políticos están obligados a retransmitirlo todo, un ambiente en el que se confunde la necesaria transparencia con un reality show, que ha pasado, en mi opinión, de lo naif a lo ridículo y está a punto de hacerlo de lo ridículo a lo patético.

En definitiva, nos encontramos en un panorama desolador para la ciudadanía, pero también para muchísimos políticos que, amén de ser víctimas como ciudadanos de la corrupción y del latrocinio por parte de sus homólogos, lo son también del linchamiento generalizado al que injustamente son sometidos y de ciertas medidas sobre cuya eficacia, más allá de lo inmediato y lo publicitario, albergo grandes dudas.

Parecen definitivamente enterrados los tiempos -que los hubo- en los que gran parte de ciudadanía podía recitar de carrerilla los nombres de consejeros, diputados y concejales de nuestras instituciones. Tiempos en los que muchos de nuestros representantes eran vistos con admiración, incluso con devoción. Resignados a lo que sucede en estos nuevos tiempos, consigamos que por lo menos se les trate con respeto. Los que tienen que ir a la cárcel, que se los lleven cuanto antes. El resto, que puedan tomar un vino con tranquilidad. Se lo han ganado.


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