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Don’t worry, be happy!

Por Manuel Torres y Mila Leoz - Martes, 5 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:09h

En una reciente campaña publicitaria, una conocida marca de prendas deportivas hacía uso del siguiente eslogan: Impossible is nothing. La eficacia del mensaje residía, naturalmente, en sugerir mediante una expresión tan optimista como categórica, la idea de que la adquisición de dicho producto -unas zapatillas- nos hace invulnerables ante el desaliento.

Más allá de la anécdota, lo cierto es que, en buena medida, éste es el discurso de la época, el Zeitgeistde nuestro controvertido arranque de siglo, un lema que contiene la pujanza, a la vez que la superficialidad de nuestros hábitos y costumbres. Asimismo, no es menor que el idioma utilizado para esta cruzada global sea el inglés, propio de una civilización fraguada con los baluartes del poder económico y mediático que hoy día rigen el destino de todos nosotros.

En estos tiempos movedizos, donde nuestros pasos se asientan sobre la culturalight, el auge de lo desechable, reciclable, efímero y precario, es la incertidumbre el hábitat natural. Pero no todo está perdido, ahí están los mass media que nos recuerdan en todo momento el mejor antídoto para encarar las adversidades de la vida: la felicidad. Ahora bien, ¿cómo se obtiene? ¿Podríamos acudir a una farmacia y solicitar cuarto y mitad de felicidad? En tal caso, ¿qué dosis sería aconsejable y cómo administrarla, es decir… se bebe, se traga, se mastica, se inyecta?

El tema no es sencillo. Como concepto, la búsqueda de la felicidad ha seducido a todas las culturas y etapas históricas, desde Aristóteles hasta Eduardo Punset. Sin embargo, es ahora, después de veinticinco siglos de progreso, cuando estamos en disposición de afirmar que, por fin, hemos hallado su principal vía de acceso: el consumo. Eso sí, sumiéndonos a la vez en un marasmo de paradojas (como todo remedio, éste también tiene contraindicaciones).

En nuestro proceso evolutivo, hace mucho que cruzamos el Rubicón freudiano que delimitaba la frontera entre elprincipio del placer (lo instintivo de las pulsiones originarias) y el principio de realidad(el recinto de la cultura), es decir, el tránsito del sujeto a la sociedad. Sin embargo, tras dos guerras mundiales y, aún más, desde que Reagan y Thatcher abrieran a mitades de los 70 las compuertas al neoliberalismo, logramos lo más inverosímil: volver del principio de realidad al principio del placer. De manera que, como dice Lipovetsky, estamos en la era postdisciplinaria (La felicidad paradójica, 2007), alejada de los preceptos reguladores, normativos. Ahora lo que impera es el individualismo y el hedonismo en un mundo postideológico y postreligioso -pagano, pero fanático- donde se busca la inmediatez del placer. Lo que apremia en la sociedad de consumo es, por tanto, ser feliz y lo antes posible. Quizá sea nuestra época la única en todo la historia de la Humanidad que promete la felicidad en vida, a diferencia de nuestros sufridos antepasados, que esperaban encontrarla en el paraíso como recompensa a sus largos años de desvelos y privaciones en la Tierra.

Tal es así que, pese a la crisis sistémica que nos asfixia, el bienestar, la libertad de costumbres y el espacio creciente ocupado por el ocio en el mundo desarrollado, constituyen un estímulo notable para que prolifere, como nunca antes había ocurrido, la industria del entretenimiento y del ocio, propulsada por el ilimitado potencial mediático de la publicidad y la propaganda.

Pero una sociedad de consumo inagotable no busca la satisfacción del consumidor, sino todo lo contrario. De hecho, el consumo florece cuando se logra convertir la instatisfacción -por tanto, la infelicidad- en algo permanente. Lo que empieza siendo una necesidad, debe acabar como una compulsión, o peor, como una adicción.

De hecho, no hay indicios serios de que cuanto más crece el volumen del consumo, aumente el número de personas que declaren ser felices. Muy al contrario, los países desarrollados con economías de mercado no se sienten mejor en función del incremento de su PIB o a medida que las transacciones comerciales alcanzan un mayor volumen de ventas. Es precisamente en este tipo de sociedades donde más ha aumentado la depresión, el estrés, el deterioro de las relaciones humanas y la desafección de su población, acelerando el sentimiento de inseguridad e incertidumbre. Esto no quiere decir que los países desfavorecidos sean más felices o que carezcan de dificultades, al contrario, lo que sostenemos es que éstos están ocupados en sortear el filo de la supervivencia.

Como dice Lipovetsky (Ibíd.). “En la sociedad del hiperconsumo, el derecho a la felicidad se ha transformado en un imperativo eufórico. En la época en que reina la felicidad despótica, los individuos ya no se limitan a ser desdichados, ahora se ven culpables por no sentirse felices”.

El éxito de los libros de autoayuda -algo paradigmático en esta era apócrifa-, amparados en una psicología de moral norteamericana, como el de Dale Carnegie -uno de tantos-, Cómo disfrutar de la vida y del trabajo, con 21 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, nos lleva a preguntarnos, ¿habrá realmente tantos millones de desdichados que crean hallar la solución a sus problemas en un puñado de páginas? La respuesta es sí, siempre que el neuromarketing -una de las disciplinas más prometedoras de la mercadotecnia- lo potencie con seductoras campañas a la hora de vender la felicidad por unos pocos euros.

Ciertamente, para alcanzar los beneficios de la felicidad, lo mejor es no hacer nada por ella, sino ocuparse de la vida, que no es poco. Tampoco es cuestión de eliminar las emociones negativas, más recomendable sería aceptarlas como parte de nuestro propio devenir. Nada de esto es una receta para la felicidad, tan sólo un mero recordatorio de cómo es la realidad del día a día y como enfrentarnos a ella. En definitiva, la felicidad, como sugería Jean Paul Sartre, no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno hace.

Para concluir, hay en Blade Runner, la magnífica película de Ridley Scott, una secuencia premonitoria que anticipa las entretelas de este tiempo abstracto que nos ha tocado en suerte. En la ciudad de Los Ángeles, bajo una lluvia ácida, casi viscosa, entre el fárrago de una jungla urbana multiracial y la noche de un futuro inquietante (año 2019, más cerca de nosotros que de aquella camada de replicantes sediciosos), aparece un gigantesco panel publicitario con el rostro hipnótico de una geisha de ademanes insinuantes, acompañada por un texto luminoso que nos incita intermitentemente: enjoy... enjoy… enjoy…


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