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Colaboración

La Gamazada

Por Arantzazu Ametzaga - Lunes, 4 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:14h

En mi biografía Manuel Irujo. ‘Un hombre vasco’, que editó la Fundación Sabino Arana, hay un capítulo que titulé: ‘Los años de la revelación. 1877-1890’, porque me remontaba a las vivencias del pueblo vasco en un tiempo anterior al nacimiento de Manuel Irujo, pero en la juventud de su padre Daniel y de su entrañable amigo, Sabino Arana Goiri.

hay que remontarse a la Segunda Guerra Carlista, 1972-76, en la que el país de los vascos pierde otra guerra foral, provocando una emigración importante de la juventud a la América austral, renuente a cumplir el obligado servicio militar;con la ocupación militar del país, el desarrollo industrial y su impacto social atroz, y una conmoción profunda sobre su propia identidad. Euskal Herria se había quedado sin el amparo de sus fueros. Quizá la amarga frase de Estanislao Aranzadi configure la situación padecida: “…antes de la guerra que a costa de amargos sufrimientos procuré evitar, durante la guerra que a riesgo de mi vida intenté extinguir, y después de la guerra cuyas consecuencias con toda mi alma deploro…”. Latía agria sensación de derrota.

Pero había movimientos en el tremedal: en 1876 en un periódico, La Paz, en Madrid, se defiende al derrotado Fuero Vasco con las plumas de Arturo Campión y Juan de Iturralde y Suit, quienes, con Aranzadi y otros hombres ilustrados, fundan la Asociación Euskara, fomentando concursos en lengua vasca, en retroceso brutal, y actos como impedir la incautación de documentos de la biblioteca-archivo de Roncesvalles, devolución de un báculo episcopal de San Pedro de la Rúa, Lizarra, impedir la demolición de ruinas de Amaiur, traer los restos de los últimos reyes de Nabarra a la catedral de Iruñea... En 1883, el Partido Federal, reunido en Tutera, acuerda una constitución en la que Araba, Bizkaia y Gipuzkoa podían integrarse a Nabarra

Práxedes Sagasta, masón y de índole progresista, impone en su gobierno de Madrid algunas innovaciones tratando de modificar la arcaica nave del Estado. En su gabinete, el ministro de Hacienda, Germán Gamazo, en mayo de 1893, propone una reforma fiscal que topa con los Fueros Vascos y de Nabarra -lo que de ellos restaba-, intentando elevar exageradamente el cupo tributario. Para junio de ese año, sin móviles ni redes sociales, en la amplia Nabarra, con una población de 300.000 personas, 20.000 navarros se congregan indignados, y pese a la prohibición de hacerlo, ante la Diputación y el Ayuntamiento de Iruñea contra Sagasta y Gamazo. Hubo una reunión magna de ayuntamientos el 5 de junio. Se redacta un álbum que recoge 120.000 firmas que ese mismo 28 llegó a manos de la reina regente, aclarándole que Gamazo no consideraba la independencia de Nabarra.

Entre tanto, el sargento López se levantó en su cuartel de Puente La Reina-Gares, siendo ayudado por Aranzadi en su huida a Francia, porque nadie quería armas en aquella protesta civil. Arturo Campión dio un discurso del que entresacamos: “…aquí estamos los diputados navarros cumpliendo la misión tradicional de nuestra raza, que tanto en la historia antigua como en la moderna, y aun en la contemporánea, se expresa con el verbo resistir…”.

Estos acontecimientos fulgurantes y populares aunaron a cantidad de personas sin ideología determinada, con el trasfondo del Orfeón Pamplonés desplazándose a Gernika para tocar el Gernikako Arbola. Cuñado de Aranzadi, Daniel Irujo invita a presenciar los sucesos de Nabarra a su amigo Sabino Arana, quien ya había formulado su Discurso de Larrazabal (3 de junio), y a su hermano Koldo. Los Irujos, Aranzadi y Arana Goiri provenían de familias de ideario carlista. Irujo y Arana se conocieron de niños en el destierro de Iparralde y la amistad era estrecha, con una comunicación de ideas próximas, un lavado de los preceptos carlistas. Aranzadi adelantó lo de Fueros sin rey, que culmina en la frase euskerika de Sabino: “Jaungoikoa eta lege zarra”. Dios y leyes viejas, traduciendo en su frase, que cambió el mundo vasco, el concepto de Fueros por el de Naturaleza antigua que las Cortes de Nabarra aplicaron a su legislación.

Ese verano de 1893 vibró insurgente Nabarra. Se hicieron pendones que llevaban, como el de Lizarra, impreso el lema Paz y Fueros -el Ayuntamiento de esta ciudad proclamó que Vivan las provincias Vascas y Nabarra-, para salir de cada pueblo, vía Kastexon, a recibir a los diputados que en Madrid habían luchado en la defensa foral. El nieto del euskalerriko Aranzadi aseguraba que la multitud levantó en andas el vagón donde venían sus valientes diputados. Kastexon resultó una fiesta exultante de renacimiento de sentimientos aquietados en el alma de los vascones desde la derrota de las guerras carlistas. Y de todas las demás.

Aquellos hombres, llamados a ser dirigentes y padres de dirigentes, en aquellos momentos de efervescencia nacional, cambiaron sus vidas y las orientaron al peligroso camino de la lucha pacífica por la recuperación del ser propio. Pero todos ellos, y sus descendientes, comentaron de las coplas de Monteagudo que llevaban en el alma impresas como un primordial himno nacional: “Antiguamente Navarra / era un reino independiente/ de pagos y soldados y otras cosas urgentes. / Desde 1512 / Navarra se unió a Castilla / si abandonar sus fueros / así el pacto lo pedía. / La Navarra en aquel año / fue mucho lo que perdió / Pues perdió la Independencia / prenda de mucho valor. / … Pues si el Gobierno de España / sigue en sus pretensiones / se tomarán en Navarra serias determinaciones. / Vivan las cuatro provincias / que siempre han estado unidas / Y nunca se apartarán aunque Gamazo lo diga…”

Y allí sin estar, estuvo la ikurriña.


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