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El beaterio

En la orillita del Guadalquivir

Por Iñaki de Mujika - Lunes, 4 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:15h

Iñigo Martínez y Diego Reyes pelean con N’Zonzi por un balón aéreo, en presencia de Granero.

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Iñigo Martínez y Diego Reyes pelean con N’Zonzi por un balón aéreo, en presencia de Granero.

Siento sana envidia de esos aficionados, seguidores inquebrantables de la Real, que ajustan horarios, cuadran turnos de trabajo para salir de viaje hacia lo conocido o lo desconocido siempre que el destino merece la pena. Entras en las redes sociales y ya el viernes al mediodía comienzan a colgar fotos desde los lugares emblemáticos de Sevilla. Visten la camiseta txuri-urdin cuando se levantan y con ella pasean por calles y plazuelas durante el día. Luego, cuando llega la noche se acicalan. Camisa ajustada, caster jeans, jersey sobre los hombros para una buena jarana o lo que se tercie. Es lo que toca para solaz y disfrute como sucedió anoche con esa victoria labrada a sangre y fuego.

Todo eso con un par de días de antelación a la hora del partido. Y como es tan tardío, se supone que el lunes lo usan para regresar con la satisfacción de haber disfrutado de lo lindo. Luego, si por aquello de competir en las tierras de María Santísima surge milagro y el equipo gana, sientan mucho mejor las cañas, los rebujitos, las puntillitas y las tortillas de camarones. Emociona verles empujar desde la grada en franca minoría y celebrar la victoria, después de quedarte con diez, perder a Carlos Martínez y encajar de penalti. Una heroicidad.

Es decir que mientras unos se adelantan y preparan el camino, la expedición se junta en Zubieta, cierra la puerta y entrena. Eusebio comparece y espera las preguntas de la prensa que, un poco aturdida, mira de frente al técnico y atiende. La primera pregunta siempre se refiere al estado de la cuestión. Quienes sí, quiénes no. Entonces el técnico secano anuncia que éste está con gripe, aquél con lumbalgia, el otro con esguincillo, el de más allá con pisotón. Unos cuantos más en perpetuo dique seco. Solo le queda incorporar alguno que atraviese por mal de amores y dispondremos de un elenco que no lo supera el Bolshoy Ballet Academy.

Así, semana tras semana. La que viene no será menor. Sancionados Markel, Yuri, más el previsible cambio en el lateral. En medio de todas las zozobras, dentro y fuera nos hacemos preguntas sobre las razones por las cuales el equipo pasa del cielo a la tierra, de una racha de aplaudir a otra decepcionante. Sin causa aparente que lo justifique, se hacen raritos o bipolares. Esperamos una reacción que les vuelva a meter en el carril de la esperanza y de la tranquilidad con la que hay que preparar el inmediato futuro. Aunque digan lo contrario, tengo la sensación de que en verano va a haber que mover bastantes fichas en todas las direcciones.

Si os pregunto, con la mano en el corazón, quiénes albergabais esperanzas de éxito en el Sánchez Pizjuán, seguro que me encuentro con pocos incondicionales convencidos del éxito. Entre otras cosas, porque enfrente nos esperaba un equipo que sabe moverse muy bien en los partidos ante su parroquia y cuenta con una plantilla de oficio y un técnico que se deja las entretelas en la preparación de los partidos y no le gusta perder ni a las canicas. Los sevillistas, a estas horas, son finalistas de Copa, pelean por entrar en puestos Champions y defienden el título continental de la Europa League. Envidiable.

Eusebio decidió cambiar cosas de la medular hacia delante. Lo más significativo, el descanso a Jonathas y el reforzamiento del centro del campo. Cuerpo de guardia con Markel, Illarra y Zurutuza para hacer frente a los sevillanos, que salieron con todo y más. Bergara se adelantó a la defensa y puso un cabezazo en el fondo del portal hispalense cuando muchos aficionados ni siquiera se habían sentado en sus localidades.

Iniciar el partido con tan buen son, seguro que alimentó la convicción realista, Mucho más con el 0-2. No era un espejismo, pero lo parecía. Nadie dudaba de que en el segundo tiempo el Sevilla iba a salir en plan trolebús. Se trataba de conocer la capacidad de aguante. Llegó la lesión de Carlos Martínez, un penalti en la misma jugada, luego la segunda amonestación a Markel y luego el rosario de mi madre para ponernos a rezar todo lo que hiciera falta.

Presión, bombonas vacías de esfuerzo, defensa encomiable y victoria. Tres puntos en una cancha en la que no hay tregua. Tres puntos que oxigenan, tres puntos que confortan. Tres puntos y abrazos que no ocultaban la alegría de un equipo con mucho mérito a la orillita del Guadalquivir.


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