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Llegó el ‘triálogo’, ese desconocido

Por Juan José Goñi Zabala - Sábado, 2 de Abril de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la reunión que celebraron semanas atrás.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la reunión que celebraron semanas atrás. (efe)

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la reunión que celebraron semanas atrás.

Decimos que los tiempos cambian cuando cambian los problemas que tenemos que resolver y los recursos materiales y mentales que podemos usar para ello.

Los problemas cambian mucho

y las respuestas de siempre empiezan a no servir.

el cambio en los problemas estriba generalmente en el aumento de su complejidad. Esta consiste en un número creciente de agentes afectados, conocimientos necesarios para lograr soluciones, y temporalidad del impacto de lo que decidimos hacer. También crecen las opciones de soluciones posibles y sus consecuencias a terceros.

Sí, en todos los órdenes de la vida privada y pública, la complejidad crece y por ello han de cambiar los instrumentos que manejamos para resolver los problemas de ahora y de siempre. Lo vivimos cada día allá donde hay que establecer acuerdos que sirvan a muchos. Estamos acostumbrados a decir que, frente a la imposición de quien manda, en el diálogo y la negociación se logran los avances. Y sin dejar de ser esto cierto, es bueno que conozcamos que este no es el método válido en todas las circunstancias y menos cuando los problemas son complejos. Son problemas sobre cuestiones que afectan a muchos distintos, sobre temas entrelazados entre sí, y que impactan tanto al hoy como al mañana. Podemos poner como ejemplo la educación y los resultados que obtenemos, como problema complejo. Afecta a jóvenes, padres, ciudadanía, empresas y profesionales de la educación. Comprende cuestiones sociales, económicas, tecnológicas y pedagógicas. Y es complejo porque la acción de hoy, repercute en el mañana, y mucho más lejos en la vida y la sociedad que construyan dentro de 20 años los que son educados ahora.

En cualquier circunstancia, en la resolución de estos problemas complejos, el respeto mutuo en la relación y en la conversación es la base sin la que nada es posible. Si no se cumple, lo que abunda en nuestros días, estamos bajo mínimos para avanzar en acuerdos y en soluciones que tengan futuro. Hablar mal del otro y mentar el pasado como zona de confrontación destruye cualquier posibilidad de avance, salvo que éste consista en la derrota por la fuerza o el agravio de una parte sobre la otra. Sobrepasado este nivel de mínimos, nos encontramos con la negociación y el diálogo. Hasta ahora éste era el método reconocido para acordar cuando se dirimen cuestiones entre dos. El diálogo es cosa de dos y se considera que la vía del acuerdo, al proponer soluciones distantes de partida, es buscar posiciones intermedias. Para lograr converger, el método consiste en rebajar algunas de las expectativas propias a costa de sostener otras que el adversario no quiere admitir. Esto se parece mucho a una puja o una subasta en la que cada parte busca cómo ceder lo menos posible, sabiendo dónde están los limites o líneas rojas de los otros. Los argumentos se construyen magnificando el esfuerzo que se hace cediendo en temas llamados estratégicos o que son nucleares en el mandato recibido de los representados.

El diálogo y la negociación pueden funcionar cuando hay dos partes enfrentadas con posiciones de partida distantes y se busca un punto intermedio en algunas, a cambio de mantener otras en el punto de partida. El proceso es separar lo que es ya acuerdo de lo que está pendiente, y conseguir negociar en un equilibrio para que ambas partes se vean suficientemente gratificadas por las cesiones de los otros. Todo esto es posible si son dos los que negocian, pero si son más de dos esto no funciona.

Si pactan dos por este método, y luego invitan a un tercero, éste, que está fuera del juego de la negociación entre ellos, lo normal es que diga no, si su dimensión es similar o superior a la de los anteriores y que diga sí -si es muy pequeño- por no quedar fuera. En muchas ocasiones, en forma de reglamentos, esto se resuelve dando porcentajes de representación a cada miembro, y la votación sobre la cuestión -sí o no- se dirime por mayoría, en sus diferentes formas. Unos ganan y otros pierden con lo que las relaciones entre ellos salen casi siempre perjudicadas cada vez que se ponen en común los intereses de unos y otros.

¿Entonces qué hacer? La aproximación de tres, cuatro o más requiere cambiar de método y pasar al triálogo, palabra que no existe pero que quiere representar la solución compartida ante fenómenos complejos donde la dualidad convencional es superada por una comunidad de agentes con intereses distintos y posiciones de influencia distribuidas.

Pasar de la competición entre quien gobierna y quien ejerce de oposición, a la cooperación entre varios distintos, es un ejercicio de formación, cultura y sentido práctico ante los problemas que nos vienen. De lo contrario, nos veremos en la “parálisis de la negociación imposible”. No existe el punto medio o equidistante entre tres o más puntos de posiciones, siendo éstas de distinta naturaleza. Cambiar de método supone incorporar muchos cambios en los negociadores y en los representados.

El primero es que lo que se expone en la negociación no sean las posiciones -cómo hacer las cosas o mi solución- sino los intereses, “qué es lo que queremos lograr”. Las posiciones nos alejan por ser soluciones de gabinete, ya tomadas antes de conversar. Los intereses pueden tener mucho más en común que las posiciones, y es más fácil encontrar nuevos caminos -soluciones- para converger. Las posiciones se construyen generalmente sobre experiencias del pasado y los intereses, sin embargo, apuntan al futuro.

El segundo es que las posibles soluciones pueden y deben ser elaboradas por expertos no afectados por los que negocian, expertos que conocen los sistemas a los que estas soluciones se han de aplicar. En entornos muy complejos las posiciones de partida son expresiones muy simplificadas, copias de otros modelos sin apenas análisis de su aplicabilidad y de sus consecuencias. Muchas veces los acuerdos de posiciones intermedias son irrealizables o sus consecuencias son más graves que los problemas que tratan de resolver.

El tercero es que los representados deben ver defendidos sus intereses y no las posiciones que sus líderes manifiestan como logros a conseguir. Es preciso encontrar soluciones distintas a las posiciones de partida, que cubran los intereses de las partes en un recorrido temporal en el que se instalen hitos de logros intermedios a conseguir.

Todo esto no es más democracia, sino mejor práctica. Consiste en ser más competente para saber afrontar los retos de problemas complejos. Las buenas soluciones las veremos cada vez más alejadas de posiciones de dominio de una parte sobre otra, y de diálogos transaccionales entre dos grandes que negocien.

Ha llegado el tiempo del triálogo, realmente está aquí. Tenemos que adoptar urgentemente ésta y otras formas de conversación entre distintos. No basta abandonar el insulto y aplicar el respeto mutuo, no basta el diálogo entre dos. Hay que ir más lejos. No tenemos más remedio que aprender e innovar en los modos de relación y en los métodos de acuerdo, que los nuevos tiempos y la complejidad de los problemas nos demandan.

Las posiciones se construyen generalmente sobre experiencias del pasado y los intereses, sin embargo, apuntan al futuro


Las buenas soluciones las veremos cada vez más alejadas de posiciones de dominio de una parte sobre otra, y de diálogos transaccionales

entre dos grandes que negocien


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