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Crónica

Paz, amor y reivindicación sobre el puente

Por Juan G. Andrés - Martes, 29 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Nick Lowe, en un momento de su actuación del pasado domingo.

Nick Lowe, en un momento de su actuación del pasado domingo. (Fotos: Iker Azurmendi)

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Nick Lowe, en un momento de su actuación del pasado domingo.

antes de que el domingo Nick Lowe y Esne Beltza clausuraran Stop War Festibala en el puente de María Cristina, varios temores hacían intuir un desenlace fatal: que una nueva galerna obligara a cancelar las actuaciones como sucedió la víspera;que un escenario tan grande y al aire libre no fuera apropiado para la actuación en solitario del británico;y que su recital fuera torpedeado por la afición de los donostiarras a parlotear en cualquier espectáculo en vivo. Afortunadamente, ninguno de estos peligros se materializó y, en su tercera visita a Donostia en ocho años, el hombre del pelazo blanco y la voz de seda impartió una lección de distinción y sabiduría cuya única pega fue la duración: una hora raspada.

“Señoras y señores, buenas noches, good evening”, fue su saludo recurrente. Lo empleó por primera vez antes de comenzar cantando People Changey de disculparse por hablar solo en inglés. “Mi español es horrible, y no digamos mi euskera: Eskerrik asko es todo cuanto sé decir”, añadió. Con 67 años recién cumplidos el pasado jueves, viajó a través de una trayectoria que comenzó hace ahora medio siglo. De su última y más tranquila etapa rescató temas como Long Limbed Girl, Sensitive Man o House for Sale, pero también se retrotrajo a la década de los años 90 con What’s Shakin on the Hill, All Men Are Liars o la dramática I Live on a Battlefield, muy apropiada para un festival antibelicista.

Posiblemente, habría sido más disfrutable verle secundado por otros músicos, verbigracia The Straitjackets, con quienes recientemente ha grabado un disco y ha realizado una gira, pero bastaron unos pocos minutos para que sus seguidores olvidaran la decepción que sintieron al enterarse de que actuaría en solitario: derrocha tanto estilo y se desenvuelve tan bien sobre las tablas, que al final nada se echa en falta. Es todo sublime y, como dicen los argentinos de Carlos Gardel, canta cada vez mejor, con una voz tremendamente delicada y una dicción tan pulcra que hace creer a quien le escucha que su nivel de inglés no es tan ruinoso.

Y qué decir de su elegancia en el rasgueo de la guitarra… Es capaz de adaptar al formato acústico añejas piezas rockeras y nuevaolerascomo Raging Eyes, When I Write The Book o Cruel to Be Kind, su canción más coreada anteayer, pero también toca las seis cuerdas con suavidad y ternura en joyas como The Beast in Me, aquella canción que su exsuegro, Johnny Cash, le pidió prestada para el primero de sus American Recordings: fue en esa desgarradora balada cuando más estruendoso y emocionante resultó el silencio en torno al puente, donde no se oía ni el rumor del Urumea. Y gracias a la vieja magia que atesora el canoso gentlemandel pop, la interpretación de (What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love And Understanding

-clásico inmortal que Elvis Costello volverá a cantar el 6 de junio en el Kursaal-, hizo que más de uno se sintiera como en el salón de su propia casa, con Nick Lowe dedicándole un recital íntimo en exclusiva, solo para sus ojos y oídos.

Sin mediar ningún bis, se despidió con un sonriente “Buenas noches, good evening” mientras por megafonía sonaba So It Goes, composición de Lowe que estos días ha amenizado la espera en los conciertos.

Treinta minutos después, Esne Beltza entraba a saco con toda su artillería. Eran los teloneros pero actuaron después del cabeza de cartel por una decisión extraña pero comprensible: que el británico cantara solo ante el peligro después de la bulliciosa pachanga del noneto vasco habría resultado más que chocante.

Y es que la combinación de ambos nombres en el cartel no podía ser más extemporánea, tan bizarra como un vaso de leche negra.

Sea como fuere, la paz y el amor de Lowe dieron paso a la reivindicación de una banda que, ante un público totalmente diferente, protagonizó el encuentro más animado del fin de semana y desplegó una soberana juerga sobre el puente -cuando arreciaban los saltos se podía sentir la vibración del María Cristina bajo los pies-: fueron ellos quienes más y mejor hicieron disfrutar a la concurrencia joven.

Hubo casi más consignas que canciones. “¡Stop War sí, pero dejad en paz a los jóvenes!”, gritó el cantante y trikitilari Xabi Solano en referencia al demolido gaztetxe de Kortxoenea. Después llegarían las alusiones a presos, refugiados y huidos, a quienes dedicaron el concierto, y también al euskera, la violencia sexista o la incineradora, por mencionar unas pocas. Todas aparecieron enmarcadas en una propuesta musical ecléctica como pocas -ska, rock, reggae, hip hop, rumba, flamenco…- y cantada en euskera, castellano e inglés.

A toda pastilla, sin permitir que la audiencia dejara de bailar ni un solo minuto, fueron sucediéndose Hona bostekoa, Freedom, Ez da ezetz, Mugitu harriak, Bagoaz, Sueños de color -rumba con palmas y sampler de Camarón incluidos-, Zapato azule, Quién manda (Hemen eta hor), Malko bakoi-tzeko -dedicada a Amaia Apaolaza-, Gogoak y Gotti, entre muchos otros temas propios, además de versiones como Izar iheskorra (Etzakit) o Gora herria (Negu Gorriak).

Hubo algún momento más íntimo con Solano cambiando la triki por la guitarra acústica, y el jolgorio fue absoluto cuando parte del grupo bajó del escenario y se dio un baño de masas entre el público de una cita con doble filo festivo y reivindicativo.


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