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Un paseo entre la guerra y la paz

El puente Avenida en Irun, que enlaza con Hendaia, cumple 100 años. Tras inaugurarse el paso de Santiago en 1966 perdió protagonismo y hoy es un trayecto peatonal, memoria de importantes hechos históricos.

Un reportaje de Aitor Anuncibay. Fotografía Gorka Estrada - Domingo, 27 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

El puente Avenida, a la derecha, con Hendaia al fondo y a la izquierda las vías del Topo.

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El puente Avenida, a la derecha, con Hendaia al fondo y a la izquierda las vías del Topo.

La bailarina holandesa pasó el puente en coche en 1917 camino de París, donde pocos meses después la fusilaron.

El novelista y pensador bilbaino volvió de su destierro en 1930 y fue recibido en el puente, donde se emocionó por la bienvenida.

La actriz italiana atravesó el puente en los años 50 y su primera reacción fue preguntar dónde se podía comer paella.


Tras descender del Topo, el cineasta estadounidense comentó a un empleado aduanero que esa zona hubiese sido una buena localización para filmar secuencias de la película El Tercer Hombre.

La actriz norteamericana pasó de Hendaia a Irun, donde decenas de personas la esperaban para retratarse junto a ella.

Un coche atraviesa el puente Avenida que une Irun con Hendaia tras pasar el control fronterizo. En su interior viajan dos hombres y una mujer provenientes de Donostia, donde ella se había hospedado en el Hotel Londres. Ese fue el último viaje de la espía Mata-Hari, tras dejarse engañar por los dos individuos, quienes la trasladaron a París para que la Justicia gala la procesara y fusilara en plena I Guerra Mundial. Era 1917 y el hoy destartalado puente solo hacía un año que había empezado a recibir a los primeros viajeros, cuando en 1916 se abrió al tráfico rodado. Cumplidos 100 años desde su apertura, este vial que une las dos orillas del Bidasoa con solo dar 150 pasos es un monumento a la memoria de la guerra y la paz.

El puente nació entre dificultades, bajo el impulso del Ayuntamiento de Irun, que financió una obra presupuestada en 300.000 pesetas pero finiquitada en 400.000, según explica el historiador Aitor Puche.

Además, el Ejército español se opuso a su construcción porque temía que facilitase una invasión francesa. Tras duras negociaciones, los militares cedieron a cambio de intervenir en su configuración. Es por eso que los cuatro pilares que sostienen el vial esconden en su interior espacios huecos a fin de que, en caso de conflicto bélico con Francia, pudiese colocarse carga explosiva para volarlo con facilidad.

peajePara amortizar los costos de la obra, el Consistorio irundarra estableció un peaje de cinco céntimos, tarifa que se mantuvo hasta que se suprimió en 1962. El Ayuntamiento nunca llegó a compensar la inversión, y mucho menos si se tiene en cuenta que regaló la mitad del puente al país galo como gesto de fraternidad por el sufrimiento de la Gran Guerra.

En esos primeros años, el corto pero internacionalmente relevante puente fue un hervidero contrabandista, donde se pasaba comida a localidades como Urruña o Hendaia, sumidas en el conflicto bélico.

Tras la finalización de la contienda, el vial gozó de una década de paz y se convirtió en un elemento de enlace y hermanamiento entre las dos orillas. Un ejemplo de ello es el convenio firmado en 1924 por los gobiernos español y francés para que los bomberos de ambos lados de la muga pudiesen transitar por el puente en caso de necesitar refuerzos, según explica Nicolás Aguirre, testigo y memoria de la historia de Irun.

Los tiempos amables volvieron a evaporarse en septiembre de 1936, cuando la Guerra Civil alcanzó la ciudad bidasotarra. El puente fue la plataforma para que miles de guipuzcoanos escaparan de las tropas nacionales.

Los más de 100 metros de longitud del vial se convirtieron en un muro que separaba a aquellas familias que se refugiaron en Francia. Los días festivos se acercaban al puente para, desde la distancia, hablar con sus familiares situados en la parte irundarra. En esos años, el estraperlo desde Hendaia a Irun se hizo habitual con el traslado de vajillas Duralex, electrodomésticos y piezas mecánicas, recuerda Puche.

El predominio de los uniformes militares se intensificó en 1940 con la II Guerra Mundial. Las tropas nazis invadieron Francia y se hicieron con el dominio del paso internacional. El 27 de junio de ese año, un mando del grupo de transmisión de las fuerzas alemanas le comunicó desde el centro del puente a Hitler que habían alcanzado la frontera.

Poco antes de la llegada de los soldados germanos, miles de europeos abandonaron Francia por ese mismo punto. Entre ellos, judíos adinerados que malvendieron joyas y alajas a personas relacionadas con la banca en Irun ante la necesidad de obtener pesetas para poder alcanzar el puerto de Lisboa y, desde allí, trasladarse a EEUU.

El puente fue también escenario de otro cruel instante en 1940: la entrega por la Gestapo a la Policía franquista del presidente de la Generalitat catalana, Lluís Companys, fusilado después en el castillo de Montjuic.

Tras el final de la contienda mundial, los dos países sufrían las carencias de sendas posguerras, con familias rotas. La corta carretera que cruza el Bidasoa fue punto de encuentros fugaces que, en ciertas ocasiones, acogió escenas vodevilescas. “Una pareja de novios de Zizurkil separada por la guerra se vio en la mitad del puente. Estuvieron hablando durante media hora y, al final, discutieron y llegaron a las manos. La chica empezó a arrastrar al chico hacia Irun para que se fuese con ella y él se resistía. Entre terribles insultos, al final los separó la guardia civil”, describe Aguirre de manera jocosa.

Con el transcurso de los años, la paz se impuso a la guerra y el paso fue ya un lazo con el resto de Europa. Los momentos trágicos quedaron atrás, sustituidos por instantes alegres protagonizados por celebridades que lo atravesaban. Es el caso de la folclórica Lola Flores, quien se marcó unas sevillanas en mitad del puente y, ya en el lado francés, entonó unos cantes flamencos, según recuerda Aguirre.

Con la construcción del puente de Santiago en 1966, el Avenida pasó a un segundo plano y hoy es ya un espacio peatonal sin policías ni militares, en paz con su historia.


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