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Javier Elzo Catedrático de sociología

“El poder del Papa es ilimitado, pero en una sociedad moderna ese es un modelo de gobernanza inaceptable”

‘¿Quién manda en la Iglesia?’ es el título del libro que acaba de publicar el sociólogo Javier Elzo. En él, analiza la gobernanza de la Iglesia Católica y propone un modelo de poder más descentralizado y democrático, en sintonía con el siglo XXI

Una entrevista de E. Iribarren Fotografía Ruben Plaza - Domingo, 27 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Javier Elzo

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Javier Elzo

donostia- Pese a que la comunidad católica une a 1.200 millones de creyentes, en la organización manda un poder reducido, clerical, gerontocrático, masculino y europeo, con un Papa en la cúspide más parecido a un monarca absoluto. Javier Elzo acaba de publicar un ensayo en el que propone un baño democrático. “La Igelsia debe aprovechar la edad de oro que le brinda el mundo globalizado. Es la única institución planetaria y organizada”, constata.

Usted propone un cambio en la gobernanza de la Iglesia Católica. ¿Por qué debe la Iglesia cambiar su modelo de poder?

-En contra de lo que puede parecer, la Iglesia Católica puede estar viviendo la edad de oro de su historia. Uno de los grandes problemas de la Iglesia desde la época de Constantino (siglo VIII) hasta hoy ha sido su enfeudamiento con el poder. Desde hace relativamente poco tiempo nos encontramos con una Iglesia más libre respecto a los poderes, como no lo ha estado nunca. Creo que la Iglesia ha perdido poder y en algunos lugares como Occidente tiene mala fama precisamente por esa alianza con el poder. En un momento en el que el capitalismo financiero se ha convertido en el amo del mundo, la única institución que tiene una presencia planetaria y organizada y que puede enfrentarse a esos amos del mundo es la Iglesia Católica, no sola por supuesto. Pero eso exige otro modelo de Iglesia.

¿Qué es lo que no le gusta del modelo actual?

-La Iglesia debe abandonar un modelo que es piramidal, masculino y gerontocrático, en donde la inmensa mayoría de los que nos consideramos católicos no tenemos voz.

¿Y qué modelo de gobernanza propone usted?

-Una Iglesia en red con una serie de nodos repartidos por todo el mundo que, básicamente, se ocupen de las cosas que ocurren en esas partes del mundo, en donde tanto en la deliberación como en las decisiones participen las personas que pertenecen a esa comunidad. Esos nodos deberían estar interrelacionados entre ellos y conectados a un nodo central, que es el que ocupa el papado.

La singularidad del Papa está en el ADN de la Iglesia Católica, pero usted es crítico con el poder que acumula.

-Sociológicamente hablando, al papado le doy una importancia enorme. En el modelo de gobernanza que propongo y para ser capaz de afrontar planetariamente los retos de los amos del mundo hace falta una organización, y una organización supone una cabeza, y esa cabeza es el papado. Ese Papa, sin embargo, no tendría los atributos que tiene ahora, que son los de un monarca absoluto, de los que no quedan.

Es el Papa el que nombra los obispos, en muchas ocasiones con nombramientos extraños al lugar para el que son elegidos.

-El Papa no puede controlarlo todo. ¿Cómo se nombran los obispos? Hay dos canales para ello. Uno es a través del nuncio (el embajador vaticano) y el otro, de las personas a las que escucha el Papa. Y claro, el papa Juan Pablo II y el papa Benedicto XVI escuchaban a Rouco Varela. Ahora, Francisco escucha a otras personas. ¿Porqué ha nombrado a Omella obispo de Barcelona? Porque es su amigo.

Por lo que dice, es un juego de influencias.

-Ahora estamos contentos porque tenemos un Papa con el que compartimos, más o menos, sus ideas, hasta el punto de que estaríamos volviendo a otra papolatría. Pero hay una idea que está en el derecho canónico en el sentido de que el poder del Papa es prácticamente ilimitado. El Papa puede nombrar a quien quiera y como quiera. Y eso es lo que yo creo que no puede ser.

¿Cómo se deberían elegir los obispos?

-Salvo circunstancias excepcionales, un obispo tiene que ser una persona que surja de allí dónde va a ser obispo. Eso de llevar a una persona de aquí para que sea obispo allá es un sinsentido. ¿A qué lógica responde eso? Es una falta de respeto. La persona que va a guiar, va a animar, va a ayudar a esa comunidad tiene que ser una persona que surja de entre ellos y que la gente le conozca. La última decisión la tiene que tomar el Papa, acompañado por un equipo, seguramente distinto al que tiene ahora. Y debería tener razones poderosísimas para no elegir a alguno de los candidatos barajados por la que será su comunidad.

Fruto de ese modelo es lo que está pasando en la Iglesia guipuzcoana

-Está pasando eso, sí. Es a todas luces evidente que el de Munilla es un nombramiento errado. Munilla no representa a la mayoría de la Iglesia guipuzcoana. Básicamente, por eso es un error. Cuando era sacerdote no participaba mayormente en la dinámica de la Iglesia guipuzcoana, ese comentario es casi unánime. Y sabemos, porque todo el mundo lo sabe, que su predecesor intentó que salieran otras personas y Munilla es obispo porque quien era hacedor de obispos en España era Rouco Varela y él tenía la oreja de Benedicto XVI, era teólogo también y se conocían. Hoy, con Francisco, Munilla no hubiera sido obispo. Eso es lo que yo quiero cambiar. No hace falta que venga un Papa y nombre otro obispo. No es eso lo que yo quiero. Es un modelo inaceptable en la sociedad moderna.

¿Por qué iba a renunciar el actual poder de la Iglesia a ese poder?

-Yo creo que hay argumentos de tipo evangélico. En ningun sitio se dice que Pedro tenga que decidirlo todo. Incluso los textos del Nuevo Testamento nada dicen sobre que el poder del Papa deba de ser absoluto. Yo quiero hablar de una Iglesia para el siglo XXI. El autoritarismo ya no puede ser.

Pero al mismo tiempo usted llama la atención por la paradoja de una sociedad que rechaza el autoritarismo pero necesita líderes, como Francisco.

-Es una contradicción fabulosa, que ya no es de Iglesia sino de sociedad. Que un Papa se convierta en líder mundial cuando la gente no acepta que la verdad, que la autoridad venga de alguien externo... Esa contradicción profunda dentro de la sociedad llamada secular del siglo XXI es muy interesante. Hay que aceptar esa secularidad con todas las conscuencias, y quiere decir que el mundo secular tengamos voz en el capítulo. Por eso yo propongo un sistema de gobernanza donde haya todos los años un sínodo universal representando a obispos, curas, frailes y laicos e incluyendo al Papa. Y las decisiones que se tomen por mayoría que sean obligatorias incluso para el Papa.

¿Es Francisco una oportunidad para ese cambio que usted propugna?

-Sí. Él ha dicho que hace falta una Iglesia descentralizada, que los cargos no deben ser vitalicios... ¿Va a hacer eso este Papa? Cito en el libro una conferencia suya en Filadelfia, en septiembre de 2015, donde decía que el futuro de la Iglesia está en manos de las mujeres y de los seglares. Que se aplique el cuento. No basta con echar ese discurso si luego no hay voz para participar de las decisiones.

También le duele el papel subordinado en el que viven su fé los laicos.

-Hay una frase que me irrita mucho, esa que se dice cuando a un sacerdote lo reducen al estado laical. Es decir, los que nunca hemos sido sacerdotes ni frailes, ni nada, qué quiere decir, ¿que hemos estado siempre reducidos al estado laical? O sea, he sido una persona siempre reducida, porque siempre he sido laico. Benedicto XVI dijo que los laicos no solamente deben cooperar y ayudar sino que también son corresponsables. ¿Cómo pueden ser corresponsables si no tienen capacidad de decisión?

¿Qué le parece Francisco?

-Francisco como persona es un enigma. Por lo que me han comentado en un reciente viaje a Argentina personas que le conocen, existe un acuerdo en que no es la misma persona la de Argentina que la de Roma. Se ha producido un cambio. Un conocido, responsable de los Marianistas en América Latina, que es amigo de Francisco, se encontró con él a los meses de ser nombrado Papa y le preguntó: “¿Qué te ha pasado?, tú no eres el mismo de antes, tú antes no sonreías y ahora estás todo el tiempo sonriendo...”. “Es la gracia papal”, le contestó. Pero, insisto, no creemos otra papolatría porque este Papa sea más progre.

(Y en este punto, para reforzar su tesis, Elzo rescata una cita de Marco Politi en su obra Francisco entre los lobos y que el sociólogo recoge en su libro: “Si (Francisco) logra transformar los sínodos episcopales en un instrumento permanente de participación en el gobierno papal, hacer de ellos pequeños concilios donde se decida la dirección de la Iglesia en la modernidad -implicando en esa labor al pueblo de los fieles, hombres y mujeres sin distinción- la revolución de Bergoglio será irreversible”).

Frente a los signos que vaticinan la descristianización de Europa, usted habla en el libro de los albores del poscularismo.

-No en Euskadi, pero en otras sociedad europeas veo que hay signos, pequeños, que muestran que está emergiendo un cristianismo mucho más participativo, mucho más laical, en donde hay gente que decide bautizarse a edad adulta, que proviene de ámbitos que no son cristianos en la construcción de una sociedad más justa y más humana. Como dice Jean Delumeau, “vemos lo que desaparece pero nos cuesta ver lo que está apareciendo”.

Ayudar al necesitado es una obligación de un buen cristiano. ¿Qué la parece la respuesta de Europa al drama de los refugiados?

-Me hago una pregunta. Si yo fuera uno de los 28 mandatorios que se reunieron en Bruselas, ¿hubiera firmado o no el documento? No deja de interpelarme que los 28 hayan firmado el acuerdo. ¿Es que los 28 son unos malvados y no tienen corazón? Si los hemos elegido nosotros... No me quiero quedar en la frase qué vergüenza. Participé durante 20 años en la fundación Izan de Proyecto Hombre y qué líos se creaban cuando había una demanda para crear centros de acogida. Nadie los quería junto a su casa. Todo el mundo se rasga las vestiduras con el tema de los refugiados, con esas imágenes que nos rompen el alma. Ocurre que a esa misma gente a la que se le rompe el corazón, y entre ellos a mí, de pronto le dicen que le van a poner al lado de casa un centro de acogida de refugiados o de drogodependientes y entonces ya no interesa tanto. Hay que reflexionar sobre todo eso. La quimera es un cuento de hadas y el cuento de hadas es decir que venga aquí el que quiera. La utopía es decir, oiga, cómo podemos hacer que en la medida de lo posible no tengan que marcharse de su casa y que aquellos que lleguen aquí lo hagan en las mejores condiciones posibles.


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