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Crónica

Rock belicoso y ritmos mestizos con mensaje

Por Juan G. Andrés - Domingo, 27 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Niña Coyote eta Chico Tornado, en un instante de su enérgica actuación.

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Niña Coyote eta Chico Tornado, en un instante de su enérgica actuación.

Un apunte/reflexión antes de entrar en harina. En un país supuestamente laico, y en pleno siglo XXI, resulta anacrónico que el sábado de Semana Santa siga sin haber periódicos en el quiosco. Ese -y no otro- es el motivo por el que hasta hoy domingo, tercera y última jornada del Stop War Festibala, no se publique en la edición impresa de este diario la crónica de la primera noche de conciertos del certamen antibelicista de Donostia 2016.

Dicho lo cual, vayamos al grano. Pasadas las 21.00 horas del viernes, Niña Coyote eta Chico Tornado saltaron a escena cuando aún no se había congregado demasiada gente en el puente de María Cristina y alrededores. El dúo donostiarra tocó temas instrumentales, dedicó Fuck The Police a las fuerzas del orden desplegadas en el lugar y ofreció en primicia varios adelantos de su tercer disco, Eate, que verá la luz el 15 de abril e incluirá pepinazos como Ariñau, cuyo título parece una declaración de principios. Velocidad, contundencia e intensidad marcan el rock pétreo y belicoso de una pareja tremendamente compenetrada -basta ver cómo se miran mientras tocan- y que quizá mereció más atención: aunque Koldo Soret y Úrsula Strong no ocupan mucho espacio en el escenario, se bastan para llenar uno tan grande como el instalado sobre el río Urumea con la única ayuda de voz, guitarra y batería.

Tras la hora de la cena, el puente se llenó finalmente de público, aunque la previsión de congregar a 10.000 espectadores quedó bastante lejana. Tras el ruido y la furia, llegaron la sonrisa y la dulzura de Inna Modja, que ejerció de primer cabeza de cartel del festival en una noche fresca pero sin lluvia. La cantante de Malí lucía una chaqueta de estilo militar en la que, según captaron los teleobjetivos de los fotógrafos, llevaba un parche con la efigie del papa Francisco. No hubo tiempo para buscar explicaciones a la aparente contradicción porque de inmediato, la joven se desprendió de la rebequita y dejó al descubierto un ajustado buzo negro que desató olas de energía ciudadana. De paso, el gesto sirvió para explicar por qué además de una gran cantante, Modja es también modelo.

Frivolidades aparte, y en lo estrictamente musical, la protagonista de la noche repasó los tres álbumes de su carrera e hizo alarde de mestizaje: mostró una amplia gama de estilos que toman como base los ritmos tradicionales africanos pero mezclados con electrónica, pop, chansonfrancesa y unas gotas de soul. Este último palo, presente en varias canciones de sus discos, no lo abordó demasiado, quizá por lo encorsetado de la formación que trajo a Donostia: ella cantaba y usaba ocasionalmente un pequeño teclado escoltada por un guitarrista que tocaba algunos instrumentos africanos y un rostro pálido que lanzaba bases programadas desde los ordenadores. Gracias a un tuit de Xabi Paya, el políglota director cultural de la capitalidad, supimos que además de intercalar el inglés y el francés en sus composiciones, Modja también canta en bambara o bamana, lengua hablada en Malí y Guinea, entre otros países.

Desde el inicio quedó claro que la artista no concibe la música sin el compromiso político y el mensaje. Así, con el blues Water recordó a sus vecinos de Malí que deben recorrer 100 millas para aprovisionarse de agua, utilizó Tombouctou para denunciar la falta de libertad en el norte de su país y dedicó Boat People a los fallecidos en la tragedia de Lampedusa. “Les llaman migrantes, yo les llamo humanos. Son personas que tratan de escapar del infierno en el que viven”, dijo en alusión a los refugiados. Afincada desde hace tiempo en Francia, donde ha cosechado un gran éxito, describió la nostalgia de su tierra en Going Home antes de agradecer la invitación del “fantástico” Stop War Festibala. “¡Tenemos que parar las guerras!”, proclamó entre aplausos.

Para terminar, ofreció un par de bises: el primero fue Diaraby, con el que recordó a su fallecido paisano Ali Farka Touré, y el último, un tema en el que impartió una lección magistral de danza africana que solo pudieron seguir los animados subsaharianos que llevaban un rato bailando en las primeras filas. Tan cómoda parecía Inna que se atrevió a romper el protocolo bajando al foso y corriendo entre el público de un extremo a otro del puente. La cantante logró contagiar su kilométrica sonrisa a la audiencia, que la despidió entre vítores;ella respondió agradecida y sorprendida por el calor recibido en su primera visita al Estado. “Gracias por vuestro amor, espero volver a veros”, concluyó la malí, que tiene todas las papeletas para ser declarada la artista más encantadora del festival.


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