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Tribuna abierta

Una respuesta europea a la barbarie

Por Antoni Segura i Mas - Jueves, 24 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

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La socialización del terror tiene efectos sobre las sociedades europeas y puede dar lugar a escenarios peores. Algunos ya evidentes. Pero ahora más que nunca hay que velar por los valores y libertades europeos

No han pasado ni cuatro meses de los atentados de París del 13 de noviembre y el Estado Islámico (EI) ha vuelto a sembrar el terror en una capital europea. Ahora ha sido Bruselas, todo un símbolo, la capital política de la UE. Ni las medidas de seguridad adoptadas tras el 13-N, ni las informaciones de que disponían los servicios de inteligencia de Bélgica y Francia han podido evitar el nuevo ataque del EI. Sorprende y es motivo de máxima preocupación la capacidad de respuesta de la organización terrorista que, poco después de la captura de uno de los responsables de la barbarie de París, Salah Abdeslam, es capaz de hacer estallar dos bombas en el aeropuerto de Zaventem y una tercera en la estación de metro de Maelbeek, situada cerca de las sedes de las instituciones europeas, con un balance de más tres decenas de muertos y dos centenares de heridos.

El EI está generando en Europa la misma sensación de vulnerabilidad que causaron los atentados del 11-S en Estados Unidos, en expresión de Joseph Nye. Se trata de socializar el terror para provocar las reacciones y las respuestas equivocadas. Sucedió el 11-S y podría volver a pasar ahora. Entonces, la reacción equivocada fue creer que sólo con la acción militar, la invasión y la destrucción se podía acabar con la amenaza de Al Qaeda, cuando, en realidad, las ocupaciones de Afganistán y, sobre todo, de Iraq le abrían nuevos frentes de combate y amplificaban su discurso transmitido a través de las redes. Hoy, con el EI, el reto a combatir se sitúa en las puertas y dentro de casa y es mucho más complejo, porque el llamamiento a la yihad del EI resulta atractivo para algunos jóvenes europeos, no sólo ni necesariamente de origen musulmán. Algo no se está haciendo bien hace ya bastante tiempo cuando jóvenes nacidos y educados en Europa se hacen militantes del EI hasta las últimas consecuencias (combatir en Siria o inmolarse en sus ciudades europeas de origen o residencia). Tampoco parece que la coordinación europea en cuestiones de seguridad pase por sus mejores momentos y, probablemente, el intercambio de información policial y judicial y la coordinación de operaciones de seguridad sean más necesarios que nunca.

Obviamente, esta socialización del terror tiene efectos sobre las sociedades europeas y, si no se mantiene la cabeza fría, puede dar lugar a escenarios mucho peores. Algunos son ya evidentes: incremento de las actitudes xenófobas y de la islamofobia, de la extrema derecha y del euroescepticismo y de las medidas de seguridad en detrimento, a menudo, de las libertades. Ahora más que nunca hay que velar, pues, por las instituciones europeas y las libertades. Por un lado, no hay que retroceder en los avances conquistados (espacio Schengen, consenso en la resolución de los conflictos, políticas solidarias...). Por otro, hay que ser contundentes en la defensa de las libertades y actuar eficazmente contra aquellos que pretenden aniquilarlas mediante acciones terroristas. No hay duda de que, como ya apuntó el filósofo John Gray a propósito del 11-S, “ni el mundo puede ser transformado por medio de espectaculares actos de terror, ni a medida que el resto del mundo absorba la ciencia y se vuelva moderno, habrá de volverse laico, ilustrado y pacífico”. Ambos mitos son desmentidos por la realidad y la historia.

Y hay que ser consecuentes con los valores que defendemos y evitar que entren en contradicción con las políticas de nuestros gobiernos. ¿Cuando nos replantearemos las relaciones que mantenemos por intereses económicos con regímenes que niegan las libertades y conculcan los derechos humanos, practican una brutal discriminación de género y, por acción o por omisión, son responsables de la financiación del terrorismo? ¿Cómo podemos menospreciar el derecho al asilo, internacionalmente reconocido y valor ético fundamental de la UE, hasta el extremo de externalizar la crisis de los refugiados con un pacto de la vergüenza con Turquía? Refugiados que son expulsados ​​de Siria o Irak por el EI y por la guerra, como ellos mismos se han encargado de recordar desde los campamentos de refugiados de Grecia y otros países europeos. Conviene tenerlo presente: la primera y principal víctima del terrorismo del EI es la población de Siria e Iraq. ¿Han sido las políticas europeas de respuesta a la crisis económica las más adecuadas para hacer frente a las desigualdades, la pobreza, el paro o la precariedad laboral y la marginación que ésta generaba en las banlieues de las grandes capitales europeas? ¿Dimos suficiente apoyo a los movimientos que luchaban por las libertades en los países donde estallaron las revueltas árabes de 2011 o, por el contrario, miramos hacia otro lado cuando éstas eran aniquiladas por la fuerza de las armas o por una bárbara guerra civil (Bahréin, Egipto, Libia, Siria...)?

En las respuestas encontraremos, tal vez, una parte de la solución a la actual amenaza. No la solución definitiva, porque, desgraciadamente, matar es muy fácil y nadie está en condiciones de garantizar la seguridad absoluta. No podemos revertir los errores del pasado, pero sí evitar nuevos. Ciertamente, por muchos errores que se hayan cometido y por mucho que haya que rectificar, los responsables de las víctimas del terrorismo son únicamente los que matan y sus inductores intelectuales. No hay dudas ni vacilaciones sobre dicho extremo y hay que aplicar, por tanto, con contundencia y eficacia, todos los instrumentos políticos, policiales y jurídicos a nuestro alcance, pero, sin olvidar nunca que la superioridad ética del Estado de derecho se fundamenta en el respeto escrupuloso de los valores democráticos, de las libertades y de los derechos humanos. Cualquier desviación de esta línea de valores y de actuación nos aproxima a la barbarie que se pretende combatir. Y, en este sentido, convendría reflexionar sobre cómo perciben las responsabilidades de los “daños colaterales” -un eufemismo para no hablar de víctimas civiles- las sociedades afectadas por guerras o conflictos armados promovidos -o con participación- de gobiernos occidentales.

No hay duda de que en el mundo global los conflictos asimétricos impulsados por organizaciones terroristas como el EI tienen a su alcance trasladar el escenario del conflicto a cualquier parte del mundo con tal de que sea mediáticamente rentable para conseguir sus propósitos: debilitar las instituciones democráticas, socializar el terror, provocar las respuestas incorrectas o equivocadas, captar nuevos militantes en países musulmanes o entre sectores marginados de la juventud europea golpeados por la crisis económica y convertirse en una referencia para los grupos radicales y violentos que utilizan el terrorismo para combatir unos valores occidentales que consideran perniciosos para su visión distorsionada y espuria del islam de raíces wahabitas y profundamente antichiíes. Conviene recordar de nuevo que donde más víctimas ha causado el terrorismo yihadista ha sido en los países musulmanes. En suma, un reto muy difícil de afrontar, que requerirá de grandes dosis de serenidad y lucidez ya que el EI ha conseguido conjugar la contradicción entre yihad local y yihad global y consolidar un protoestado donde jóvenes radicalizados y fanáticos pueden encontrar refugio y participar directamente en la guerra de Siria e Iraq (yihad local) o entrenarse para realizar atentados en sus sociedades de origen (yihad global).

La superioridad ética del Estado de derecho se basa en el respeto de los valores democráticos, las libertades y los derechos humanos


Hay que ser consecuentes con los valores que defendemos y evitar que entren en contradicción con las políticas de nuestros gobiernos


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