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Tribuna abierta

El otro lío del Papa Francisco

Por Iñaki Galdos Irazabal - Miércoles, 23 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

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Llegados al tercer aniversario de su elección, durante estos días se suceden balances sobre la labor realizada por el Papa Francisco durante su aún breve pontificado

Ni por formación ni por vocación se reconoce uno capacitado para efectuar una valoración sobre todo lo que está suponiendo para la Iglesia Católica el mandato de Jorge Mario Bergoglio. Más aún, considero que poco aportan muchos de los análisis que leemos y escuchamos, porque adolecen de falta de rigor y conocimiento suficiente en diversas disciplinas teológicas.

Es por lo que quienes seguimos con interés todo lo que acontece en el Vaticano desde hace tres años recurrimos con gusto a aportaciones como las que en este diario realiza semanalmente Joxe Arregi o a entrevistas como las que de manera brillante ha realizado recientemente Iñaki Beristain a José Antonio Pagola en la revista Arantzazu. Y una rotunda conclusión que se extrae de todas estas fuentes es la enorme dificultad del Papa para superar desconfianzas y avanzar en las reformas de la Iglesia Católica. Siendo todo ello preocupante, resulta que el otrora arzobispo de Buenos Aires comienza a tener problemas por su (en opinión de muchos) desmedida afición por intervenir en la política argentina.

Desde que la fumata blanca asomara por la Capilla Sixtina, el kirchnerismo -entonces en el poder- arremetió sin piedad contra el nuevo Papa. La noticia fue recibida con un fuerte abucheo en un acto político que el oficialismo estaba celebrando casualmente en ese momento. La Cámpora (organización juvenil conducida por Máximo, hijo de Néstor y Cristina) y otros movimientos afines llenaron las redes sociales con una foto en la que Bergoglio daba supuestamente la comunión al dictador Videla. Se demostró que el sacerdote era otro. También se desempolvó una antigua controversia en torno a la supuesta relación de nuestro protagonista en el secuestro por parte de la dictadura de dos jesuítas. En ese ambiente, miles de carteles poblaron las ciudades argentinas diciéndole al nuevo Papa que “entregaste gente en la dictadura”. Hasta el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, conocedor de la causa, tuvo que salir en defensa del Papa, desmintiendo infundios.

Fue una dura embestida, pero en breve llegó la contraorden. Percatado de lo contraproducente de su estrategia, el oficialismo -amén de tratar de borrar las huellas que había dejado en las redes sociales- se dedicó a tratar de aprovechar la imagen positiva del Papa Francisco, incluso con carteles electorales en los que este aparecía con Cristina y el entonces candidato kirchnerista Martín Insaurralde. La foto fue “arrancada” en una visita oficial de Cristina al Papa en Brasil. Obviamente Bergoglio no era el responsable de los carteles que llenaron la provincia de Buenos Aires (bien es cierto que sin autoría reconocida), pero empezaron ya a brotar las primeras voces críticas que no entendían cómo había aceptado recibir junto a la presidenta al que no era más que el candidato de su frente electoral. Habían transcurrido pocos meses y la polémica empezaba a germinar.

No era el oficialismo el único que se subía a la ola de popularidad del Pontífice. En las elecciones municipales porteñas de ese mismo año emergió en el frente UNEN Gustavo Vera, conocido como “el candidato del Papa”. Ciertamente, Vera había mantenido una estrecha relación con el arzobispo Bergoglio en su condición de titular de la Fundación Alameda, pero a parte de la ciudadanía le pareció excesiva la utilización que se hacía de tal amistad a pesar de que, con la boca pequeña, Vera desmintiera que fuera el candidato de nadie: el nombre de su partido (Bien Común) estaba inspirado por el Papa;el Papa le hacía llamadas (desvelada una de ellas en plena jornada electoral);el Papa le enviaba mensajes;el Papa le hacía recomendaciones… Más inquietante era aún que no llegara del Vaticano desmentido ni desautorización alguna.

A partir de ahí el protagonismo del Papa Francisco en estas cuestiones fue creciendo como una bola de nieve. Las peticiones de visitas que el Pontífice aceptaba o retrasaba sine die eran señales que analistas y medios argentinos -y con ellos la sociedad- interpretaba como posicionamientos en la siempre dura batalla política argentina. La foto más significativa la consiguió en septiembre de 2014 en el Vaticano La Cámpora, que en un año había pasado de montar una durísima campaña contra el Papa a fotografiarse con él, haciéndole entrega además de una camiseta de la organización, que fue recibida, por cierto, con amplia sonrisa. En las trascendentales elecciones de 2015 también fueron ampliamente comentados tanto el supuesto apoyo que dio al candidado oficilista a la presidencia, el derrotado Daniel Scioli, como la bola negra que al parecer sacó contra el también candidato oficialista a gobernador de Buenos Aires, Aníbal Fernández, implicado este en turbios asuntos del narcotráfico.

Siendo todo ello preocupante, el verdadero salto lo ha dado Bergoglio tras la elección, en noviembre de 2015, de Mauricio Macri como presidente y el acceso al poder de su amplia alianza Cambiemos. Fundamentalmente dos han sido los gestos que han terminado por incendiar a una parte importante de la sociedad argentina y que incluso ha llevado a un sector hastiado a emprender una (de momento poco exitosa) recogida de firmas para declarar persona non grata a un Papa que en su opinión se inmiscuye demasiado en la vida política del país.

El primero de ellos fue el envío a Milagro Sala de un rosario bendecido. Milagro Sala es la polémica líder de la organización barrial Tupac Amaru y fue detenida tras el vuelco electoral producido en su provincia Jujuy, con la derrota del kirchnerismo y la victoria del radical Gerardo Morales, aliado de Macri. Existen muchas dudas sobre la legalidad de la detención, pero no es menos cierto que Sala ha protagonizado actos controvertidos y es fruto de múltiples denuncias y acusaciones incluso por parte de asociaciones aliadas hasta ahora a ella. Es por ello por lo que el gesto del Papa en plena polémica causó en febrero de este año un fuerte malestar en amplios sectores de la sociedad argentina, a pesar de los intentos de dirigentes como la vicepresidenta Gabriela Michetti de relativizar la importancia del envío. La desmienten aliadas como Elisa Carrió, durísima con el Papa en todas sus declaraciones.

No ha sido menor el impacto que ha producido la actitud del Papa en la reciente visita al Vaticano del Presidente Macri. La brevedad de la visita (22 minutos) y la hierática actitud de un Pontífice por lo general sonriente y dicharachero ha terminado por indignar a muchísima gente en Argentina, también en el seno de la propia Iglesia. En el kirchnerismo, sin embargo, el regocijo y las chanzas han sido enormes. Los analistas se apresuran a encontrar el porqué de esta actitud pero existe una creciente sensación de que el Papa se ha metido en un lío. Ciertamente, es difícil creer que Bergoglio está interviniendo en todo aquello que se dice. Ni siquiera en la mitad de lo que se dice. Pero no es menos cierto que su intromisión en la política argentina es un hecho, un hecho perturbador. Debería dejar de hacerlo y además desautorizar rotundamente a quienes utilizan su nombre no tan en vano.

No sabemos si lo hará, porque siguen surgiendo noticias que causan inquietud. Una de las más recientes ha sido la firma por parte de 12 alcaldes peronistas (dicen estar abiertos al resto de los partidos) del Pacto de San Antonio de Padua en contra del narcotráfico, el trabajo infantil y a favor del medio ambiente. La cuestión no pasaría de anecdótica si no insistieran en estar inspirados, cómo no, por el Pontífice y no empezaran a ser conocidos en el país como los 12 apóstoles peronistas de Francisco. Más de lo mismo.

El Papa Francisco tiene ante sí un reto tan inmenso en el seno de la Iglesia Católica que es difícil entender todo esto. Y creo que se equivocan quienes pretenden reducir todo lo que está sucediendo a lo local (Argentina) y a lo anecdótico. El tiempo lo dirá.

El otrora arzobispo de Buenos Aires comienza a tener problemas por su desmedida afición por intervenir en la política argentina


Desde que la fumata blanca asomara por la Capilla Sixtina, el ‘kirchnerismo’ arremetió sin piedad contra el nuevo Papa


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