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Mirar hacia otro lado

El fin de la Europa de la postguerra

Por Mikel Mancisidor - Miércoles, 23 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Mikel Mancisidor

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Mikel Mancisidor

No me es fácil escribir en caliente sobre los atentados de ayer en Bruselas. Es una ciudad importante para mí. Allí viví como estudiante hace ya más de 20 años momentos inolvidables. Allí he trabajado y la he visitado innumerables veces.

El atentado múltiple de ayer en Bruselas no es ya el evento excepcional, único, como con algo de inaugural que fueron el del 11 de marzo en Madrid o los de París del año pasado.

Aquellos atentados, cada uno en su género, tuvieron el sabor de lo inaudito. El de ayer es ya uno más de la serie. Por eso podemos arriesgarnos a decir algo en caliente porque esta película ya la habíamos visto.

Ya nos es difícil escondernos en explicaciones cándidas. Me da igual si los autores del atentado son recién llegados o tenían residencia o incluso ciudadanía -eso se irá sabiendo durante los próximos días, quizá para cuando leas esto haya más datos-. Me da igual si son de primera o segunda generación, o incluso si son conversos al horror y a su oscura atracción.

Lo cierto es que en Europa tenemos un problema con quienes confunden su religión con la cegadora luminosidad de la destrucción;con quienes pintan su identidad confusa con la sangre del enemigo imaginado. Y no, no es un problema de la religión en general, de las religiones: lo es una lectura concreta de una religión concreta.

No, no se trata de un problema de integración, sino de fanatismo. No expiamos pecados propios, sino ajenos.

El gran Amos Oz descubrió los remedios contra el fanatismo: el humor y la imaginación. Sólo si hay humor e imaginación, si hay bondad y caridad, si hay compasión y empatía, sabes que estás al otro lado del fanatismo. Pero sólo si sumas razón, determinación y fuerza a la ecuación les vencerás.

Pero el problema es mucho mas complicado y profundo. Europa quiere sobrevivir como proyecto basado en principios que ya no sirven. De la misma forma que Europa busca afrontar la crisis de los refugiados sin atreverse a reconocer que los grandes y nobles principios de los años 50 ya no sirven, busca afrontar este tipo de atentados sin atreverse a reconocer que las categorías de conflicto y seguridad propias de la guerra fría hace años que no sirven.

No nos sirven y no tenemos otros mejores. No se han inventado. Nos aterra reconocerlo porque sabemos que renunciar a ellos es renunciar a nosotros mismos. Sabemos que lo que viene detrás es peor y menos europeo, pero lo que tenemos no nos funciona y cada vez nos hace más daño.

Los atentados de ayer no inauguran nada. Europa está paralizada. Sería más fácil creer que lo que nos paraliza es el egoísmo o la ignorancia. Pero nos paraliza cierto tipo de lucidez, nuestra imposible fidelidad a unos principios de ayer, a los restos de una construcción que fue noble pero que hoy no nos sirve.

Lo siento, yo no tengo la respuesta a ese dilema. No me gusta reconocerlo, pero intuyo que nos paraliza saber que estamos cruzando un umbral y que al otro lado nosotros ya no seremos nosotros.

“No se trata de un problema de integración, sino de fanatismo”

“Solo si hay bondad, compasión y empatía, estás al otro lado del fanatismo”


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