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Pamplona

Navarra vuelve a mirar a europa tras 16 años de autoexclusión

El Gobierno recupera la oficina en Bruselas y se incorpora a la eurorregión

UPN recurre a los viejos dogmas identitarios de su acción de gobierno, ahora como argumento de oposición

Ibai Fernandez - Domingo, 20 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:09h

“La eurorregión no tiene ninguna competencia y nadie ha dicho para qué sirve” “Romper el acuerdo con la eurorregión perjudica a entidades sociales y culturales de Navarra” “Este es un debate oportunista y electoral de UPN para desviar la atención de su gestión” “La Ley de Símbolos (la de 2003) es innecesaria, una cortina de humo de interés partidista”

Pamplona- En siete meses de Gobierno la oposición solo ha pedido la presencia de la presidenta Uxue Barkos en la comisión del Parlamento una vez. Lo hizo el pasado jueves a instancias del PP con el apoyo de UPN para que explicara su posición sobre la reforma de Ley de Símbolos, una iniciativa que no compete al Gobierno y que todavía ni siquiera se ha empezado a tramitar. Algo hecho anecdótico, pero que sin embargo refleja dónde ha fijado la prioridad la oposición parlamentaria. La cuestión identitaria y todo lo relacionado con el euskera, en especial en el ámbito de la educación, se han convertido en apenas medio año en el elemento central de la confrontación partidista.

Los viejos dogmas que marcaron la impronta de los gobiernos de UPN vuelven ahora recuperados como base de su actuación política en la travesía en la oposición. Una posición que facilita polémicas efectistas en una comunidad muy dada a la división identitaria, que ayuda a generar adhesiones y a enterrar en el recuerdo las polémicas y los ejemplos de mala gestión en el pasado.

Es en cualquier caso una inercia acumulada durante los años de UPN en el Palacio de Navarra, donde cualquier signo vasquista o de acercamiento a la CAV era cercenado de raíz. El de la eurorregión es quizá uno de los más destacados. Uno de los mayores errores estratégicos de UPN que ha hecho perder a Navarra múltiples oportunidades de desarrollo social y económico. El ente transfronterizo, que el pasado viernes acordó aceptar a la Comunidad Foral, dio sus primeros pasos hace casi 30 años, cuando los gobiernos de la CAV y de Aquitania suscribieron su primer compromiso bilateral de colaboración. Navarra se sumó tres años más tarde, en febrero de 1992, asumiendo la necesidad de defender las regiones periféricas dentro de la Unión con proyectos de interés común. Aquel acuerdo fue firmado por los entonces presidentes del Consejo Regional de Aquitania, Gobierno Vasco y Gobierno de Navarra: Jacques Valade, José Antonio Ardanza y Juan Cruz Alli.

Nacía así un marco de relación permanente al amparo de los procesos de cooperación transfronteriza impulsados por la UE. Una apuesta institucional ratificada un año más tarde por las tres instituciones en la muga de Dantxarinea, esta vez con el aquitano Jean Tavernier, donde suscribieron la Declaración de Ainhoa que recogía el “firme compromiso” de impulsar la “cooperación interregional en la nueva Europa”.

Pero la presencia de Navarra en el nuevo ente apenas duró ocho años. En enero de 2000 Miguel Sanz aprovechó el primer asesinato de ETA tras la tregua de 1998 y la “ambigua” respuesta del Gobierno Vasco que gobernaba con acuerdos puntuales de Euskal Herritarrok para romper el último vínculo activo de colaboración institucional con la CAV.

Desde entonces Navarra ha mirado con desdén cualquier acercamiento al nuevo proyecto europeísta, una “obsesión nacionalista” en palabras de Yolanda Barcina, que se mantuvo firme en el rechazo incluso con los socialistas al frente del Gobierno de Vitoria. “No hace falta más burocracia”, alegó como argumento de austeridad. “Nadie sabe para qué sirve”, llegó a afirmar el entonces portavoz y hoy parlamentario de UPN Juan Luis Sánchez de Muniáin.

Oportunidades perdidasSin embargo, y pese a los temores y los augurios de UPN, la eurorregión se enmarca dentro de la apuesta por fomentar la presencia y el protagonismo de Navarra ante las instituciones comunitarias. Tanto en los órganos colegiados como el Ecofin o el programa Fiscalis, como desde la Oficina en Bruselas, que se pretende revitalizar después de que Barcina optara por su cierre como medida de ahorro, aunque finalmente el coste de su traslado a las dependencias del Ministerio de Exteriores haya sido mayor que haberla mantenido abierta.

No resulta sencillo estimar las consecuencias que el obstruccionismo regionalista de las dos últimas décadas ha tenido en términos económicos y sociales para Navarra. El rechazado a la colaboración con las cajas vascas, la negativa a participar en la Y vasca (mucho más avanzada que el tramo navarro del TAV), el coste de la orquesta sinfónica o los obstáculos al euskera y a la cultura vasca son solo algunas de las consecuencias del dogmatismo identitario de UPN, que intenta rentabilizar ahora desde la bancada de la oposición.


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