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Con la venia

Ni tan mal

Por Pablo. Muñoz - Domingo, 20 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:09h

En este interminable paréntesis, a la espera de un acuerdo que no llega y unas elecciones que se temen, el Estado español funciona sin Gobierno. Y cuando digo “funciona”, es que el personal ni siquiera percibe diferencia alguna entre el pollo que ahora anda sin cabeza y el gallo que hasta el 20 de diciembre cacareaba prepotente. Anda suelto, eso sí, un Gobierno en funciones que se resiste a ser interpelado y levanta la cresta ante un pleno del Congreso que pretende pedirle cuentas. No las va a dar, se ponga Patxi como se ponga, porque no le da la gana.

Y así, entre que pasa el tiempo sin que se entiendan los aspirantes y que los que mandaban no sueltan la vara, todos siguen cobrando su sueldo como eventuales o como en funciones. Mientras tanto, el país funciona, aunque funcione tan mal como siempre en este tiempo nuevo sin mandatarios. El país vive en el vacío político con la misma placidez, o la misma crispación, o la misma resignada desesperanza que cuando La Moncloa tenía inquilino fijo. El personal asiste al espectáculo sin apenas inmutarse, dejándose vivir y hasta disfrutando del presente en el sueño feliz del anarquismo, que el mejor Gobierno es el que no existe.

La situación actual regala a la ciudadanía el retrato de la desnudez del poder político, la realidad de un futuro sin despotismo, sin cesarismo como el que representaron Felipe o Aznar. No estaría mal que esta situación de desgobierno se prolongase y se pusiera así coto al recorte de libertades, al ir y venir de sobres con dinero negro, al saqueo de la caja de pensiones, a la justicia doblegada, al deterioro de la sanidad y la escuela pública. Porque, bien mirado, todos estos desastres es lo que han venido haciendo los sucesivos gobiernos legalmente constituidos.

Y así vamos tirando, sin Gobierno y ni falta que nos hace. Bueno, queda el rey Felipe que, como de costumbre, flota y sobrevuela sobre el páramo sin siquiera aportar el aura entre populista y sátrapa de su padre. La monarquía como cimiento y sostén de un Estado, la monarquía que se mantiene en la ficción de que el rey emérito hizo fracasar el golpe de Tejero, cuando en realidad, pasado el primer sobresalto, leyó la cartilla militar a todos los partidos -excepto a nacionalistas vascos y catalanes- y dejó la recién nacida democracia tocada del ala para siempre. Ahora el hijo permanece agazapado en la Zarzuela mientras a su esposa le sacan los colores por mensajes improcedentes y a su hermana se los palidecen compartiendo banquillo con una tropa de presuntos chorizos.

En este vodevil que algunos califican de vacío de poder, el personal, que no ha cambiado sus hábitos del cafelito, el pintxo-pote, el gimnasio, el paseo o el peregrinar en busca de empleo, ha contemplado impávido la espantá de Rajoy, las nuevas revelaciones de la corrupción en su partido, la chulería de Rita Barberá... en fin, lo normal. El país funciona mientras Pedro Sánchez encuentra consortes para asaltar el poder, Pablo Iglesias hace como que controla ceses y dimisiones, y muere de éxito asistiendo a la enésima disidencia en su partido como corresponde históricamente a la izquierda y, por último de la fila, Albert Rivera abre los brazos para recoger a los desengañados del PP que van cayendo del guindo.

Mientras tanto, mientras ellos se ponen de acuerdo o siguen a lo suyo, la vida sigue. Los parados continúan sin andar, los sin techo aguantan el invierno, los que pueden -y pagan por ello- se escaquean de Hacienda, los que mandan en Europa se quitan de encima la pestede los refugiados y la mandan a Turquía previo pago, la mayoría de la sociedad se las apaña mal que bien para llegar a fin de mes. Y todo ello sin Gobierno. O sea, lo mismo que con Gobierno. Puro ilusionismo político.

En fin, esta es la reflexión que me sugieren estos tres meses y pico sin Gobierno. Por supuesto, manifiesto mi desacuerdo cordial con la acracia que defiende que el mejor Gobierno es el que no existe. Viva la utopía, pero la máquina de la historia nos hará despertar quién sabe si en junio, quién sabe si mañana mismo y se pondrá en marcha el engranaje.

Habrá quien se aferre a que fue bonito mientras duró, pero estos meses de tregua acabarán y lo único que nos queda es aspirar a que el desenlace de este paréntesis sea un cambio progresista que nos ilusione hasta hacernos creer que un Gobierno es necesario. Ojalá que no sea una vuelta al teatrillo que nos lleve a la nostalgia de esta larga temporada sin sátrapas.


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