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El beaterio

La cesta de la compra

Por Iñaki de Mujika - Domingo, 20 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:09h

Jonathas y Diego Reyes esperan el balón en un lanzamiento de esquina.

Jonathas y Diego Reyes esperan el balón en un lanzamiento de esquina.

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Jonathas y Diego Reyes esperan el balón en un lanzamiento de esquina.

¡Cómo ha cambiado el cromo! La visita de la UD Las Palmas trajo a mi cabeza los recuerdos de aquellos viajes al antiguo Insular y al baño en la playa de Las Canteras. Daba igual la época del año, porque se trataba siempre de bajar del hotel y pisar de inmediato la arena y pegarte unos chapuzones del diez aprovechando que las aguas casi siempre estaban a temperatura de caldera con termostato.

Luego, correspondía darse una vuelta por el centro y entrar en uno de esos almacenes de plantas en los que había cosas a precios increíbles. No olvidemos que eran puerto franco y pagaban menos aranceles. Entonces viajar a las Canarias estaba al alcance de pocos y para muchas parejas de recién casados era el idílico destino del viaje de novios.

Por eso, cuando tocaba desplazamiento tanto a Santa Cruz como a Las Palmas, llevabas la maleta (casi vacía), la mochila con los trastos de transmitir y otra mochila, sin nada, para que a la vuelta cupiera todo lo que te habían encargado y llevabas apuntado. No recuerdo bien, pero entonces autorizaban dos cartones de tabaco rubio americano, una botella de whisky y una caja de puros.

Cogías la cesta de la compra y metías en ella una botella de Johnnie Walker, etiqueta negra, que costaba ¡100 pesetas!, sesenta céntimos de euro. Te atrevías con cuatro cartones de Winston o Marlboro, algunas gafas de sol que obligatoriamente debía ser Ray-Ban, más todas las cremas del mundo que solicitaban compañeras y amigas. También compraba algunas cajitas para preservar disgustos, ya que aquí se vendían en pocos sitios y daba vergüenza entrar a comprarlos. ¡Y no me hagáis ser más explícito!

Primero, los encargos de los demás y luego mis caprichos. Siempre caía alguna colonia, un reloj, también gafas, un bote de aloe vera y chocolate Cadbury, una maravilla que conocí en tiempos militares de Ceuta, relleno de pasas, algún aparato musical (radio reloj) y siempre un transistor y pilas muchas pilas más baratas y de mayor duración que las peninsulares.

Con todas las bolsas volvías al hotel y comenzaba el ejercicio de quitar las cajas y los envoltorios para colocarlo todo del mejor modo posible en la maleta. Las cajetillas sueltas computaban menos (o eso decían). Así que entre los gallumbos, calcetines y mangas de camisa se repartían la mayoría. Los relojes los llevabas puestos y el resto como buenamente se podía. En aquel tiempo no había detector de metales y esas cosas, por lo que si cabía un poco de suerte y la vigilancia no se esmeraba mucho, felizmente pasaba el cargamento. Como viajábamos siempre con la expedición oficial, mientras los futbolistas mediáticos firmaban autógrafos, se hacían fotos y saludaban a la concurrencia, el resto de mortales pasaba por la puerta grande como Manolete en La Maestranza.

Nunca me atreví con grandes cosas, pero hubo quien se trajo una tele de color cuando todavía dominaba el blanco y negro. Y si las cestas de ropa sucia y las botas hablaran, necesitaban cien beaterios para contarlo. ¡Qué tiempos tan entretenidos!

Ahora, ni los precios son aquellos, ni la gente te hace encargos. Entonces los viajes eran muy divertidos y el fútbol dentro de lo posible se vivía desde la normalidad, ganases o perdieses. En este momento, casi todo es un drama. Si sumas tres puntos, los contrarios son una banda. Si pierdes, la banda eres tú y todo es un desastre. Por eso, cada siete días los partidos se han convertido en juicios sumarísimos.

El de ayer ante los de Quique Setién, también. Entre otras cosas, porque aparecía Vela sobre el césped después de la historia del deejay. Se trataba de conocer qué respuesta iba a ofrecer él y el respetable. Además de la del equipo que necesitaba sumar tres puntos para quitarse de encima cierto lastre. Lejos de ello, volvió a regalar un tiempo, encajó un gol y cuando quiso no pudo. Entre otras cosas porque no le mete un gol al arco iris. Salvo la espléndida rosca de Oyarzabal, el resto fue un cuplé que se titula “ven y ven”.

La Real debe coger la cesta y salir de compras, pero no a gastarse la pasta porque sí, sino a buscar lo que le falta que es mucho. Reaccionar para cambiar, porque jugando así y a ese ritmo no vamos muy lejos.


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