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Tribuna abierta

Una bella y reconfortante historia

Por Javie Elzo - Sábado, 19 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

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¿Es posible la redención de un asesino con la ayuda del perdón gratuito? Para un vasco es imposible no pensar en quien ha apoyado a ETA. Quizá la experiencia de Edgar Morin sirva para comprenderlo.

Estos días pasados, y en los meses anteriores, hemos constatado cómo salían de la cárcel un número importante de presos de ETA. Algunos tras reconocer no solamente el daño causado sino también que su actuación era condenable e injustificable, sin que hayan faltado los que, además, han pedido perdón. Otros, la mayoría, han callado o, a lo sumo, han reconocido que han tardado demasiado en desvincularse de la violencia de ETA (aun sin mentarla), sin olvidar a los que siguen defendiendo la violencia como “arma revolucionaria”. Las reacciones ante estas declaraciones han sido tan dispares como lo serán las de los lectores que lean este texto, en el que, dentro de lo que cabe en un artículo de prensa, quiero subrayar un solo aspecto, siendo plenamente consciente de dejar muchas cosas en suspenso: la posibilidad de la redención de un asesino, de un criminal, con la ayuda del perdón gratuito.

Lo hago trasladando, parcialmente, un relato que recojo de un libro que ya he citado en estas páginas, no traducido al español, Au péril des idées, (Presses du Chatelet, 2015). Se trata de un diálogo entre Tariq Ramadan, musulmán, profesor en Oxford, y Edgar Morin referente mundial de la sociología. El relato, en boca de Edgar Morin, se puede leer entre las páginas 306-309, casi al final del libro. Lo traduzco y, reducido, dice así:

Me escribe desde la cárcel, le visito y, allí, en la cárcel, me entero de que este hombre ha animado y ayudado a los analfabetos, a los gitanos, a los magrebíes, a comenzar a estudiar y a otro preso a escribir una tesis. Se había consagrado a los co-detenidos. Yo le ayudé a crear un círculo cultural en la cárcel haciendo que se desplazaran allí grandes personalidades de la intelectualidad francesa.

Un día, cuando ya llevaba encarcelado unos diez años, me dice: “creo que ya he pagado. Ya quisiera salir”. Era el año 1981 y Mitterand acababa de llegar a la presidencia de la República. Como yo le había conocido en la Resistencia le escribí. Mitterand no se atreve a liberarlo pero concedió una remisión de su condena.

Y sucede un acontecimiento increíble. Una de sus estudiantes, que no se había atrevido a declararle su amor, había devenido profesora en un liceo francés de una capital de Oriente Medio. Con mi ayuda, se encuentran en la cárcel y se aman con ardiente pasión…. Él me repite: “quiero salir”. Consigo que le otorguen una libertad condicional. Tras salir de la prisión, me pide que sea testigo en su matrimonio y, privado de sus derechos profesionales, sigue a su nueva esposa a un país en Oriente Medio, entonces en plena guerra civil. Ella se divorcia de un inspector de academia que consigue que pierda su puesto de trabajo y les obliga a volver a Francia. Mi amigo, convencido de que es la causa de la desgracia de todas las mujeres, desaparece. Su mujer me suplica que lo encuentre. Mi amigo reaparece y reemprenden la vida en común.

Epílogo: cuando, en 2008, se vuelve a publicar mi trabajo La Methode, consigo asociar a mi amigo, que había releído y trabajado mis manuscritos, a la presentación del trabajo. Él me dice que lleva 30 años sin hablar en público y que le da pánico hacerlo. Yo insisto y comienza sus palabras diciendo que “Edgar Morin no escribe tan fácilmente como parece. Yo he revisado sus manuscritos…”. Yo estaba muy emocionado. Su esposa, radiante: “he vuelvo a encontrar al gran profesor que conocí”.

Todo esto, concluye Morin su relato, para decir que “la redención es posible: yo lo sé”.

Para un vasco es imposible no pensar en quienes han apoyado a ETA en pro de lo que entendían como “la liberación social y política de Euskal Herria”. Y algunos persisten en la misma justificación de la violencia (hace ya 20 años los califiqué de “irreductibles”) aunque, afortunadamente, haya también otros que han “corregido su acción”, y su justificación.

Morin tiene 95 años. Sería fantástico que pudiera venir a Euskadi y trasladarnos de viva voz, con su amigo, esta extraordinaria experiencia vital de perdón, redención y nueva vida. Con sus muy ricas reflexiones.

“El perdón no es una cosa que se da al que lo demanda, debe ser acordado a quien no lo demanda. Es un reto, un riesgo, pero un reto sobre la posibilidad de que la humanidad acabe por vencer la inhumanidad de aquel a quien se perdona”


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