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Tribuna abierta

“La Uni”

Por Enrike Zuazua - Viernes, 18 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:14h

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Han transcurrido 48 años ya de su inauguración y la institución sigue sirviendo a sus fines iniciales siendo ahora, además, “Uni” en el sentido estricto de la palabra.

Verano de 1975. Acabábamos de concluir los estudios de Educación General Básica (EGB) y de ese modo nos convertimos en la primera quinta en haber experimentado la última reforma educativa del franquismo que, tras las vacaciones, nos conduciría al Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), después al Curso de Orientación Universitaria (COU) y, finalmente, a la prueba de Selectividad. Tendríamos, pues, el privilegio de vivir todas las fases de los nuevos planes educativos y de ser los primeros en hacerlo, invirtiendo un año más de formación que nuestros predecesores en escuelas e institutos, 12 en total;lo mismo que hoy si contamos la Educación Primaria (EP), la Educación Secundaria Obligatoria (ESO), y el Bachillerato. Sólo que antes la fórmula era 8+3+1 y ahora es 6+4+2.

La EGB nos había deparado ya algunas sorpresas. La clase de Matemáticas en la que el profesor hizo el meritorio esfuerzo de explicarnos las relaciones de equivalencia de la Teoría de Conjuntos (reflexiva, simétrica y transitiva) resultó inolvidable. Lo hizo siguiendo los novedosos manuales de Matemática abstracta y moderna estrenados en aquél Sexto Curso de EGB, sin duda demasiado innovadores para él y otros muchos profesores de la época.

Creo sinceramente que su explicación resultó absolutamente incomprensible, pero no nos quejamos. Nos habían educado en casa en la cultura de que “el profesor siempre tiene razón“ y, por tanto, cuando no entendíamos, pensábamos que era cosa nuestra. Pero uno de los compañeros de clase tuvo el coraje de levantar la mano y decir: “Profesor, no he entendido. ¿Puede repetir?”. La respuesta no se hizo esperar: “Se calle”. Ni una palabra más.

El colegio masculino, privado pero muy popular y poco elitista, que de hecho hacía la función de público en una época en que muchos escapaban de esa opción, al que acudíamos muchos de los eibarreses de mi generación durante la primaria, se había ido transformando también a medida que la dictadura llegaba a su fin. Así, en los últimos dos cursos tuvimos clases de euskera oficiales, para lo cuál nos distribuían en tres grupos: aquellos para los que era su/una lengua materna, los que se manejaban a nivel básico en ella y aquellos para quienes resultaba un auténtico jeroglífico. Los tres grupos eran igualmente numerosos, lo cual daba una buena idea de cómo nuestra generación encararía el multilingüismo.

Tuvimos profesores inolvidables. Uno de ellos, al cabo de bastantes años, se convirtió en el Ararteko Markiegi.

La cuestión es que habíamos concluido la EGB y aquel verano nos enfrentábamos a múltiples decisiones, entre ellas la de seguir estudiando o no, pues entonces la educación obligatoria acababa a los catorce años con la EGB y, en caso de hacerlo, como hicimos la gran mayoría, si optar por el BUP o por la Formación Profesional (FP), que ya por aquella época se deseaba impulsar, lo que en Eibar no era necesario pues contábamos con la tradición de la Escuela Armería.

En caso de elegir el BUP, como hicimos muchos, teníamos además que optar por un centro en un menú que incluía el mismo centro privado de la primaria, el instituto público, “el Insti”, o la Universidad Laboral, “la Uni”.

Eibar, que siempre ha tenido la capacidad de generar proyectos novedosos, en 1968 inauguró la onceava Universidad Laboral del Estado, “la Uni”. El régimen apretaba mucho, pero no ahogaba del todo y, antes de desaparecer, nos legó esa instalación singular. Peli Egaña, incansable emprendedor eibarrés, había hecho de aquél objetivo una de sus prioridades y lo consiguió.

En la frontera entre Eibar y Ermua, pero del lado eibarrés, “la Uni” parecía sobredimensionada para la época, con un gran edificio de aulas, otro de comedor e instalaciones generales, un polideportivo, una pista de atletismo, un gran salón de actos y una mayor aún residencia para internos, que sin duda constituían una novedad en la villa armera.

Sin ir más lejos, basta decir que la pista de balonmano de parquet en la que entrenábamos en las horas de gimnasia y en las extraescolares era la que luego usaba el Arrate en sus competiciones de la División de Honor de la Liga Nacional durante el fin de semana. Y, además, lo nunca visto, la pista de atletismo era de tartán, material cuya existencia no conocía hasta llegar allí.

La infraestructura parecía sobredimensionada, sí, pero solo hasta que en septiembre del 1975 se llenó, cuando llegó la quinta de 1961, una de las más numerosas de la historia.

Llegamos, en masa, tras haber pasado por el proceso de selección requerido, pues las Universidades Laborales habían sido creadas por el franquismo con el objeto de educar a los hijos de la clase obrera.

Lo que para nosotros era un centro de educación secundaria donde pasaríamos cuatro años, se denominaba, paradójicamente, Universidad, y en realidad lo era pues en el mismo establecimiento se impartía el BUP, la FP y la Ingeniería Técnica, como una prolongación avanzada de la FP.

Allí nos acercábamos cada día numerosos jóvenes de ambos sexos, de Ermua, Eibar, Placencia, Elgoibar, Bergara... Yo lo tenía cronometrado: 12 minutos desde la puerta de casa al pupitre caminando rápido. De modo que por la mañana bastaba con salir a las 8:18 de casa.

“La Uni” era un hervidero sociológico. El profesorado era una mezcla de autóctonos y oriundos, en su mayoría de Andalucía. Poco a poco, fuimos descubriendo que casi todos era militantes antifranquistas. Quedó clarísimo el día de la muerte del dictador.

Para entonces, la jornada del 27-S de las últimas ejecuciones del franquismo nos había convertido, también a nosotros, en imberbes revolucionarios.

Entre los alumnos, la mezcla no era menor. El internado atraía cientos de jóvenes foráneos. Unos, por ejemplo, de un lugar, remoto en la época, llamado Vitoria;y otros del más allá, de la Laboral de Cheste, donde habían cursado como internos la EGB. Estos últimos eran fácilmente identificables. No sé lo que ocurría en Cheste pero, sin duda, las hormonas adolescentes eran sobre-estimuladas.

Cuatro años intensos y a la Selectividad. Llegamos a las viejas instalaciones de Zorroaga desorientados, sin la ventaja de conocer los exámenes de años anteriores. ¡Éramos los primeros! Llovía, por supuesto, pues en aquella época en Euskadi llovía siempre. Vivimos aquél día con sensación de inseguridad, aún mayor que la del examen del carnet de conducir. Un profesor joven y brillante dio una conferencia que tuvimos que resumir y comentar. Al de unos años, descubrimos que se llamaba Fernando Savater.

Luego llegó la genuina Universidad y todo lo demás.

Pero la suerte quiso también que “la Uni” se integrara en la Universidad, en nuestra Universidad pública, la UPV/EHU. Eso ocurrió cuando en el Estado se reordenaron los campus y se crearon universidades normalizadas que, como ocurrió con “la Uni”, integraron las Escuelas de Ingeniería Técnica existentes.

De ese modo “la Uni” se convirtió en “Uni”.

Pero “la Uni” era tan grande que parte de ella es hoy aún un instituto de enseñanza secundaria: “IES Uni Eibar-Ermua”. La nueva denominación ha hecho justicia y acercado más aún a dos pueblos cuya frontera es lugar de peregrinación diaria para paseantes de todas las edades que cruzan sin cesar la muga interprovincial en ambos sentidos.

Hoy, en la parte de “la Uni” integrada plenamente en la UPV/EHU se imparte el exitoso grado de Energías Renovables.

Han transcurrido 48 años ya de su inauguración y la institución sigue sirviendo a sus fines iniciales siendo ahora, además, “Uni” en el sentido estricto de la palabra.

Es la historia de un éxito y prueba de que plantar una nueva institución académica, de enseñanza, nunca está de más, como ocurre con los árboles.

La Cultura y la Ciencia cambian, son camaleónicas, pero los edificios siempre son capaces de albergar a quienes quieren cultivarlas.

Los mercaderes no han entrado en el templo que preserva su fin académico y, probablemente, siempre siga siendo y llamándose “la Uni”.

La Cultura y la Ciencia cambian, son camaleónicas, pero los edificios siempre son capaces de albergar a quienes quieren cultivarlas


‘La Uni’ es la historia de un éxito y prueba de que plantar una nueva institución académica nunca está de más, como ocurre con los árboles


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