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Jokin Muñoz ordiziarra que ha cruzado el atlántico con un velero

“Pasamos unas 24 horas seguidas al timón, surfeando las olas: el desgaste físico fue impresionante”

El navegante ordiziarra Jokin Muñoz cruzó el atlántico con un velero, en noviembre del año pasado. Este viernes, a las 20.00 horas, ofrecerá un audiovisual sobre este viaje en el salón de actos de la casa de cultura de Legazpi

Asier Zaldua - Martes, 15 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:07h

Jokin Muñoz

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Jokin Muñoz

ordizia- ¿Cómo le dio por la navegación?

-Hace seis años un amigo me ofreció salir al mar a pescar. Le acompañé con la simple intención de vivir una nueva experiencia y a la media hora de zarpar le dije que creía haber encontrado mi vocación. Me respondió que me lo tomara con calma, que había mucha gente a la que le gustaba navegar. Le dije que cuando volviera a salir, me llamara. Durante tres años navegué con él y después me apunté en una academia. Allí conocí a mi actual compañero de embarcación. Tengo los títulos de patrón de yate y de capitán y suelo salir al mar con mis familiares y amigos.

¿Qué tiene el mar que le atrae tanto?

-El mar tiene veneno. Si te pica, estás acabado. La soledad que se siente en el mar es algo impresionante.

¿Qué barco tiene?

-Tengo una lancha de 8,60 metros de eslora y 3,20 de manga. Tiene cabina y una pequeña estancia con baño y ducha. Es una autocaravana flotante.

¿Por qué decidió cruzar el Atlántico?

-Decidí hacer mi primer 8.000, para hacerme un obsequio a mí mismo. Mi idea era ir a las Islas Canarias y allí hacer barco-stop. Hay mucha gente que hace barco-stop. Hay acuerdos para todos los gustos: pagar por el viaje, trabajar de cocinero, pagar la comida de la tripulación... Se lo comenté a Floren Probanza, mi instructor, y me dijo que conocía a un tipo que tenía un barco y quería cruzar el Atlántico. Tenía intención de ir a vivir al Caribe, pero no tenía el título de capitán. Tenía un velero, pero necesitaba un capitán. Llegamos a un acuerdo: él pondría el velero y yo el título. Pero había un problema: yo no sabía nada de veleros. Antes de zarpar, pasé un año entrenando con su barco.

El Atlántico les mostró su peor cara.

-El cuarto día, hacia las 22.00 horas, tuvimos que hacer frente a olas de más de dos metros. Se rompió el timón automático y se encendió la luz roja, como en las películas. Pasamos unos momentos muy malos. El barco estaba descontrolado. Era un corcho flotante y estábamos asustados. Se había roto un tornillo y no podíamos reparar la avería. No podíamos volver, pues el viento soplaba en contra. Estábamos al par del Sáhara y podíamos intentar ir a Africa, pero no conocíamos la costa y teníamos miedo de los piratas. Finalmente, decidimos ir a Cabo Verde. Pasamos unas 24 horas seguidas al timón, surfeando las olas: el desgaste físico fue impresionante. Éramos cinco y cada uno hacía un relevo de una hora.

Una experiencia terrible.

-Estás a cuatro días de la costa y te preguntas quién va a ir a buscarte. Un señor mayor me dio un escapulario antes de partir y, aunque no creo que en esas cosas, después de la avería no lo saqué del bolsillo. Fue una experiencia que me sirvió para espabilar, para ver que estar en el mar no es lo mismo que estar en un bar de Ordizia tomando una cerveza.

¿Cuál es su próximo objetivo?

-Mi siguiente objetivo es cruzar el Pacífico, pero no tengo ni dinero ni permiso en el trabajo. De todos modos, estoy recopilando información.

Otro navegante ordiziarra, Andrés de Urdaneta, fue el primero en hacer el Tornaviaje.

-No estaría mal hacer el Tornaviaje. Todo el mundo dice que el Pacífico es impresionante. Urdaneta y los de su época eran superhéroes. Gente de otra pasa. Navegaban sin tecnología. Nosotros tenemos radar, sonda, piloto automático, buena ropa, buenas botas...

¿Cuál es el barco de sus sueños?

-No sueño con ningún barco. Un barco grande da mucho trabajo. Para salir al mar, con el mío tengo suficiente. Suelo ir 15-20 millas mar adentro. Organizo excursiones con la familia. Hacemos unas tortillas y vamos a Donostia a ver los fuegos o a Bermeo a pasar el fin de semana. La vista más bonita de Donostia es desde el mar. Pasar el día en Donostia con una tortilla, una botella de vino, el bañador, la radio, un libro... ¡es el plan ideal!


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