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Desde la Avenida de Tolosa

El ascensor

Por Adolfo Roldán - Martes, 15 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:06h

La noticia hizo que el cruasán se me resbalara de los dedos y cayera en medio del café del desayuno por el asombro. Wu, una mujer china de 43 años, tomó rutinariamente el ascensor de su casa cuando por culpa de un cortocircuito o una pieza que se había aflojado, se detuvo súbitamente entre los pisos 10 y 11 de su bloque de apartamento, en el distrito de Gaoling de la ciudad de Xian, famosa mundialmente por su ejército de guerreros de terracota. Era la tarde-noche del sábado 30 de enero. Imagino que Wu sufrió un primer sobresalto por el frenazo inesperado en pleno ascenso. Con el paso de los minutos, lograría reponerse e incluso dejaría escapar una sonrisa por lo ridículo de la situación. A la media hora, le empezaría a doler la garganta de gritar socorro, y los puños y los pies de golpear las paredes de la cabina. Wu vivía sola en su vivienda, sin excesivo trato con sus vecinos, ni con su familia. En realidad, nadie la podía echar en falta. Los operarios encargados del mantenimiento acudieron al lugar al conocer la incidencia. Vociferaron un rato preguntando si había alguien dentro. Al no obtener respuesta, y como tenían prisa por volver con sus familias, cortaron el suministro eléctrico para volver mañana. Habían incumplido el reglamento, que obliga en todo caso a abrir las puertas del ascensor, para comprobar si hay alguien dentro. Luego, los dos operarios bajarían a la calle compartiendo sus planes para las vacaciones del Año Nuevo lunar que empezaba en breves minutos. Arriba, entre los pisos 10 y 11, quedaba Wu, sola, desesperada y condenada a una agonía terrible. Cuando un mes después, a principios de marzo, los operarios abrieron la puerta, encontraron el cadáver de una mujer con las manos destrozadas de intentar abrir las puertas, hasta que se quedó sin fuerzas. Según los vecinos, Wu murió de hambre. Yo creo que primero fue la tristeza, al comprobar que vivimos en una sociedad inhumana. Nos vestimos de indiferencia, nos llenamos los bolsillos de envidia, codicia, desinterés y palabras huecas.


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