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Tribuna abierta

Podemos, el poder de la ilusión y la desilusión

Por Txema Montero - Domingo, 13 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

El líder de Podemos, Pablo Iglesias junto al portavoz del partido Íñigo Errejón.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias junto al portavoz del partido Íñigo Errejón. (EFE)

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El líder de Podemos, Pablo Iglesias junto al portavoz del partido Íñigo Errejón.

No sería poca cosa que la irrupción de Podemos en el Parlamento Vasco supusiera una inyección de ilusión, pero tal maravilla no sucederá porque llega a la cita más interesado en “estar” que en “ser”

Trato de entender el porqué de las buenas expectativas electorales de Podemos para las próximas elecciones al Parlamento Vasco. No resulta fácil dar con una respuesta definitiva, pues esa formación política tiene todo por demostrar ya que lo poco que se ha visto de su actuar en las instituciones vascas en que está presente roza con la inanidad. Por lo tanto y a la espera de mayor concreción en sus hechos de futuro, deberemos abordar la cuestión de la fascinación de Podemos entre los electores vascos desde otra óptica menos tangible, la de la ilusión que genera en una parte importante de nuestra sociedad.

Me sitúo entre aquellos que sostienen que la peor de las ilusiones sería una sociedad sin ilusiones. Sin idealismo, la política se reduce a una contabilidad social, a la administración cotidiana de personas y cosas. Podemos ha irrumpido en la política vasca con un llamamiento a la ilusión, al “sí se puede” que rebose el estancamiento político y social en el que nos encontramos. Ofrecen el cambio superlativo;una nueva política consistente en acabar con la corrupción, con el viejo sistema de partidos asentado sobre partidos viejos. Proponen la máxima transparencia de los organismos públicos y la equidad en la transferencia de rentas entre “los de arriba y los de abajo”. Una política desde la gente, para la gente y por la gente, “la vida buena” aristotélica.

La radicalidad política lleva casi siempre aparejada un cierto amor al fracaso, un sustentar alternativas imposibles que se difuminan apenas presentadas en público. En su corta historia, Podemos ha ofertado salarios mínimos de cuantía inabordable para las arcas públicas, reformas constitucionales imposibles de alcanzar con la representación partidaria actualmente presente en el Parlamento o el derecho a decidir de Catalunya y Euskadi. No se han olvidado de otras más materiales: vicepresidencia, ministerios y órganos de poder -CNI-BOE-TVE- que desearían gestionar en un inmediato gobierno. Esta virtud de la radicalidad, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, no la compartimos quienes amamos el éxito, el progreso social con el mínimo conflicto posible, el imperativo de integrar ese conflicto en el cauce democrático, resolverlo por sus cauces y nunca confrontarlo con la propia democracia. Este es el punto de presión y temperatura social en el que el principio de realidad se transmuta en principio de legalidad;la buena ley que resuelve el conflicto hasta que otra buena ley la sustituye si la anterior demuestra obsolescencia. La incapacidad para entender en su sentido más profundo el principio de legalidad, lleva a la izquierda abertzale a vivir una historia sin presente, pues no encuentra su hueco en la nueva situación, y a Podemos a vivir una historia sin pasado, pues está en la creencia de que antes que ellos no hubo nadie que se ocupara de la corrupción o de la cohesión social.

Nos hemos convertido en consumidores no solo en nuestra vida económica, sino también en nuestra vida política. Escoger es elegir y lo que se trata es de conseguir del elector la coherencia de su elección. Porque el objetivo es transformar la mayoría social en mayoría política, el programa que presente cualquier formación política con pretensión de éxito debe ser plural, inclusivo y amplio. Consecuentemente, ese partido deberá abandonar la premisa hasta ahora generalmente aceptada de que mis amigos son mis amigos cuando piensan políticamente como yo. ¿Está Podemos en condiciones de conseguirlo? Lo estuvo mientras se presentaba como un movimiento de indignados abierto a todos los acimuts políticos, tal y como se presentó en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014. Empezó a abandonar esa pretensión de partido-atrapa-todocuando marcó sus “líneas rojas”-que no son otra cosa que campos ideológicos- tras los resultados, por debajo de las expectativas, en municipales, autonómicas y generales de 2015.

En Euskadi, interesaba conocer si la triunfadora de entre las cuatro candidaturas que se presentaron a las elecciones internas de Podemos mantendría una relación con la central de Madrid como Regnum socium, en condición de igual a igual o simple parte adnexae, territorio anexo. El raquítico triunfo en votos, que no en representantes, de Nagua Alba abona la impresión de que entregará la organización a Iglesias y Errejón como si fuera un mueble. Catástrofe y retroceso pues, si Podemos ha conseguido confluir con las Mareas de Galicia o con Compromís de Valencia, comienza a resultar inquietante que en Catalunya y Euskadi su organización interna reproduzca el viejo sucursalismo.

Los recientes debates sobre la investidura celebrados en el Congreso de los Diputados han servido para conocer a un Pablo Iglesias, parlamentario de nuevo cuño, capaz de hablar sin ornamentos, de explicar ideas complejas de forma sencilla y denunciar las tropelías pasadas de la forma más descarnada y hasta ahora no oídas en sede parlamentaria. Lo malo es que esa radicalidad, esa forma superlativa del “morado”, va acompañada de una retórica del comadreo que despista al observador político y me temo que también a la ciudadanía. Cada spot visual: amamantar en el escaño, beso soviéticolight, invocación dispersa de autores de diverso pelaje ideológico, aproximan a Podemos al radicalismo de salón y convierten sus intervenciones en un desembalaje de lo superfluo que deja el Congreso repleto de abalorios y cachivaches de imposible uso político.

Podemos obtendrá un buen resultado electoral en Euskadi. Promueve ilusión mientras otros partidos de su espectro político ofrecen reiteración. Su base electoral comienza a perfilarse: una mezcolanza de degradados por la crisis, no necesariamente excluidos sociales -esos no esperan nada de la política-, debutantes políticos a la espera de su oportunidad, clases pasivas temerosas del presente y mucho capítulo I de los presupuestos públicos -funcionarios y afines- para quienes el viaje a lo incierto tiene pagado el pasaje de vuelta.

No es la política quien ha envejecido en nuestro país, es el propio país el que ha envejecido y con él todo a la vez. No sería poca cosa que la irrupción de Podemos en el Parlamento Vasco supusiera una inyección de ilusión, pero creo que tal maravilla no sucederá porque llega a la cita más interesado en estar que en ser. Cuando el dónde desplaza al porqué y el con quién al para qué, la ilusión se desvanece y la desilusión ocupa su lugar. El autor es Abogado

Cuando la vida política se reduce a los platós de televisión, Podemos aporta a su causa extravagancia, fervor y audacia en las tácticas.


Comienza a resultar inquietante que en Catalunya y Euskadi su organización interna reproduzca el viejo sucursalismo


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