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Y tiro porque me toca

Ruedo ibérico

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 13 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Sí, y Viva mi dueño de paso, aunque el cuchillo sea de papel, pero tan cruento como el de acero, en manos de navajeros, profesionales de la cuchillada trapera: El País, ABC, La Razón... Don Ramón María del Valle Inclán llama a la puerta del teatro bufo y como no le abren, porque no le oyen, porque no quieren oírle, echa su tarjeta de visita por debajo de la puerta y ahí queda, en la oscuridad de este tiempo que se alarga como una pesada losa.

Pero en la tarjeta puede leerse: “Los Ministros del Real Despacho, en aquellos amenes isabelinos, eran siete fantoches de cortas luces, como por tradición suelen serlo los Consejeros de la Corona...”. Consejeros, ministros, “bocaslerdas”, como el propio presidente de Gobierno, amigos, cortesanos, “compiyoguis”de la realeza en sus saraos y copetines, cuyas andanzas cubre un secreto de Estado abusivo que burla el concepto mismo de ciudadanía con una complicidad mediática que calla cuando conviene y muerde cuando ordena el amo.

La única diferencia con los personajes de Valle es que por desgracia no estamos en los amenes de la monarquía y los “Ministros del Real Despacho” y asimilados pueden suplir las cortas luces con una voracidad temible, una astucia y un nulo sentido del decoro que los hacen peligrosos hasta que caen en relativa desgracia, como el yerno de Villar Mir. Voraces como aquel Prado y Colón de Carvajal, hombre de confianza del rey juerguista, que dio en la cárcel, pero dejó un reguero de amigos y parientes que siguen en el termitero del Estado, en el ruedo del esperpento.

La trama del Ruedo Ibérico es tan espesa e inextricable como la de la serie televisiva The Wire, como bien sabe Rato, ese gran tejedor de tramas de fortuna, y como va demostrando la aparición de negocios más sucios unos que otros, aparejados al desempeño de cargos políticos en este interminable amén de un sistema podrido.

En este ruedo que viene de lejos, unos mensajes electrónicos de la realeza, escritos con auténtico desparpajo, enseñan los fondillos de la Corona y del Estado de paso, hacen ver que una cosa es el aparato y otra, muy distinta, las trastiendas, y que estas apestan. Es decir, que se nos vende mercancía averiada a precio de primicia, y desde hace mucho, además. Lo escrito por la reina da vergüenza ajena.

A la vista de lo sucedido cunde una sospecha que enseguida se hace certeza: esa gente privilegiada se mofa abiertamente de quien no lo es. Están por encima de los demás mortales y de las leyes del común. El Ministro de Justicia se alborota no por la seguridad jurídica de todos los ciudadanos, sino porque han tocado a los intocables.

Las comunicaciones son secretas, cierto, pero la aplicación de la ley depende mucho de quién seas, algo que ya es de manual y figura en el programa de mano del esperpento nacional.

Esperpento el de un país cuyo presidente hace estallar en carcajadas a los tendidos cuando abre la boca y con sus lapsus y embrollos verbales demuestra que padece trabajos en los desvanes. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? Pues eso lo supo Valle-Inclán, visionario de un país en derrota y en franca descomposición ahora mismo, un país ruidoso, taurino y milagrero, cuyas Vírgenes y mojamas andan por los pasillos y covachuelas del Tribunal Constitucional gracias al ángel del ministro del Interior que le aparca el coche y los refugiados, aquellos que dijeron con pompa y majeza española que iban a recibir y no han recibido, sino todo lo contrario. Las dos medidas siempre, la fachenda y las trastiendas, el tablado donde una cosa es lo que se dice y predica, y otra bien distinta lo que se hace.

Esperpento el de un país de embaucadores y pillos en el que de un personaje de feria, el “pequeño Nicolás”, llegan a decir que tiene en jaque al Estado, nada menos que al Estado, y todo gracias a los navajeros mediáticos que dan y recortan alas a conveniencia, y convierten en notición el que el cerebro privilegiado de hace nada no sepa, ahora, localizar Australia en un mapa.

Unos mensajes electrónicos de la realeza, escritos con auténtico desparpajo, enseñan los fondillos de la Corona y del Estado de paso, hacen ver que una cosa es el aparato y otra, muy distinta, las trastiendas, y que estas apestan


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