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El beaterio

El beaterio: Digamos que hablamos de Madrid

Por Iñaki de Mujika - Domingo, 13 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Vela trata de escaparse de Radoja, en una acción del partido de ayer en Balaídos.

Vela trata de escaparse de Radoja, en una acción del partido de ayer en Balaídos. (Foto: Efe)

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Vela trata de escaparse de Radoja, en una acción del partido de ayer en Balaídos.

Llevo toda la semana decidiendo si escribir aquí sobre el affaire Vela o dejarlo como está, porque la perdiz se ha vuelto loca de tanto mareo y porque, probablemente, no vaya a ser capaz de aportar nada nuevo en mis comentarios. Lo único, esta vez sí, colgarme la medalla del acierto porque ha sucedido exactamente lo que esperaba y sólo me falta saber el importe de la multa para cerrar, por ahora, el asunto.

Nadie duda, ni siquiera él, que se equivocó de parte a parte y que eligió, por trascendente, la peor decisión. O se iba o se quedaba. Incluso, en el primero de los casos, si al día siguiente hubiera comparecido en Zubieta, a estas horas hablábamos de pájaros y flores. Servido el paquete en su máxima extensión sólo faltó esperar el devenir de los acontecimientos.

La crisis se cerró, como sabéis, dando la cara el capitán. Marrón considerable para quien se manifestó de forma brillante en circunstancias nada fáciles. Xabi Prieto puso las cosas en su sitio de puertas afuera y supongo que hizo lo mismo hacia adentro, porque lleva el brazalete y debe velar por el buen orden. El equipo va como va. Le ha costado coger un ritmo de travesía mucho tiempo y sólo falta que los propios protagonistas le pongan palos a las ruedas con lo que cuesta mover el carro.

Me ha sorprendido que nadie haya hecho referencia a un suceso similar que también ocurrió en Madrid y con muchos más implicados no hace tanto tiempo. (Si algún compañero lo ha comentado que me perdone, porque no alcanzo a leer y oír todo lo que se produce). No fue una buena tarde en el Bernabéu en la que nos metieron cinco carros de supermercado. La mayor parte del equipo se quedó a festejarlo y el chárter de vuelta vino semivacío.

Se armó un revuelo de consecuencias similares al que nos ocupa. El presidente se enfadó mucho y le tocó al capitán de entonces Mikel Aranburu salir a la palestra y pedir perdón por lo que habían hecho. El azpeitiarra fue uno de los pocos que volvió en el avión y sin embargo le tocó bailar con la desagradable de turno. Lo mismo que al entrenador, que hablaba francés y que fue el que autorizó la “fiestuki” colectiva en el Gabana Club.

Es decir que, distinguimos personas y hechos, lo mismo que disciplina y rendimiento e incluso responsabilidad y compromiso. Tristemente, estas cosas ni se miden en básculas, ni se compran en las tiendas, ni las recoge el pulsómetro. Nada. Aquí cada cual es como quiere ser. Guste o no. Suele suceder, la historia así lo recoge, que cada vez que hemos compartido bochinche el equipo se atolondra ante el maremagnum y se pierde. Por eso, esperaba con más interés que otras veces el partido de Balaidos. Oportunidad estupenda de resarcirse ante un rival de nivel, con buenos resultados e imagen gratificante para sus aficionados. Caca, culo, pis porque el equipo salió al campo con una empanada de la tierra.

La primera incógnita a resolver correspondía al entrenador. ¿Al terreno o al banquillo? Decisión nada fácil, porque aunque el mexicano no esté aportando lo mejor que lleva dentro sigue siendo un hombre de referencia y que “nos ha dado mucho”. En la balanza de Eusebio, un plato se pesaba en disciplina y el otro, en competición. Eligió de salida el primero, pero ante la necesidad optó por el segundo.

El juego y sus compañeros le necesitaban. Bastó que saltara el campo y se movieran unos cuantos de sitio para que la máquina comenzara a carburar y el balón rondara más la puerta de Sergio que el área guipuzcoana. Atrás se había perdido una hora con dominio del Celta en el juego y en el marcador. Los gallegos estaban muy cómodos porque la Real no rompía y se empeñaba en conducir y conducir haciendo el juego lento y previsible. Ni atisbo de emoción.

A todos los problemas, que son muchos, se añade la falta de gol y de puntería en los momentos decisivos. Cuando el centro del campo cogió el timón y se fue a por el rival, las sensaciones fueron bien distintas pero faltó la definición y por tanto el tiro que nivelara la contienda. Un empate no hubiera sido injusto.

Ahora se hablará de la Europa perdida, del brazalete en la manga de Vela cuando se marchó Xabi, de los lesionados y su recuperación y de la noche triste con derivas que en nada ayudan. Toca gestionarlo todo y del mejor modo posible.


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