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Tribuna abierta

Los refugiados y Europa

Por Igor Berrentexa Marañon - Sábado, 12 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:14h

Una familia de refugiados espera en un campo de refugiados cerca de Idomeni

Una familia de refugiados espera en un campo de refugiados cerca de Idomeni (EFE)

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Una familia de refugiados espera en un campo de refugiados cerca de Idomeni

Los europeos deberíamos avergonzarnos porque la injusticia y la inhumanidad no están en los demás sino en nosotros, aunque vivamos en países democráticos

Por buenas noticias que puedan venir del alto el fuego en Siria -aun parcial- de cara a detener los flujos de población hacia Europa, la situación todavía sigue siendo catastrófica. Y Europa, impotente o, más bien inconsciente, no ha sabido encarar esta crisis humanitaria. Eso ha quedado bien claro. Alemania y Suecia han pasado de ser las grandes receptoras de población a rechazarlos. Se han visto desbordados por los miles de personas que han acudido al efecto llamada. Y eso ha generado mucho malestar entre sus socios porque el flujo de refugiados no ha cesado, provocando una situación inestable en las fronteras orientales de la Unión Europea.

Para alcanzar Alemania o el interior de Europa han de llegar primero a Grecia y de ahí coger alguna de las rutas que les permitan seguir avanzando. Pero mientras estos pobres seres llegan con los medios justos, desesperados, exprimidos por las mafias y, en ocasiones, secuestrados por ellas, las políticas europeas se han vuelto más restrictivas al calor del descontento social. Y lo peor no es salir a la calle a criticar la falta de una mejor organización para acoger a los refugiados o la inacción de los gobiernos, sino las manifestaciones contra el Islam (Pegida) y los ataques contra los centros de refugiados, amén de las declaraciones xenófobas y racistas que se están dando.

Si para Europa un millón de refugiados ha supuesto tal colapso de valores y medios, no podemos ni imaginarnos cómo será la realidad en aquellos países cuyos recursos son mucho más limitados como Turquía, Líbano o Jordania, en los que además campan más de cinco millones de sirios.

Por supuesto, no voy a minusvalorar el impacto que trae consigo la llegada de miles de personas del mismo modo que no podemos obviar el compromiso humanitario que nos atañe. Tal vez no podamos acoger a todas estas personas desplazadas que huyen del horror, pero tampoco se ha hecho un verdadero esfuerzo por intentarlo. La acogida y el reparto de los refugiados por Europa para que su impacto fuera menor han quedado en nada (en una estrategia publicitaria, al parecer). Las únicas medidas que se han tomado con rapidez han sido proveer de más fondos a Turquía para frenar el flujo de refugiados hacia Europa y cerrar fronteras… pero eso no ha logrado que el éxodo cese por completo. Con ello, decenas de personas encuentran la muerte diariamente en el Mediterráneo. Y la terrible cuenta sigue sumando más nombres, en muchos casos, sin dejar rastro. Demasiado triste para el siglo en el que vivimos.

Las otras medidas que Europa sí ha desplegado han sido la de movilizar a sus fuerzas de seguridad y la de colocar concertinas y vallas. Los refugiados no son una plaga, son personas. Y actuando de este modo solo se les deja a la intemperie y aún más desamparadas.

Los recursos para atenderles a su llegada a Grecia y a las islas son insuficientes y solo la solidaridad ha impedido que el drama sea mayor. Se ha querido ver la guerra en Siria como un conflicto lejano y ajeno a nosotros, pero ya hemos podido comprobar que no lo es. La cruda realidad en Siria, Irak y Afganistán ha llamado a nuestra puerta. Son miles de personas las que están huyendo del fanatismo, la violencia y el horror. Piensan que en Europa estarán a salvo. Se equivocan. La respuesta de los países europeos ha sido egoísta y negativa, como si eso fuera suficiente para disuadirles. Pero esta corriente migratoria de refugiados no es un río que se pueda contener con un simple dique. Lo único que se ha logrado es que civiles indefensos e inocentes hayan sufrido mayores humillaciones. Europa, a pesar de todo, es un continente de fronteras y rancios nacionalismos. Así, sus valores, sus principios y los derechos comunes adquiridos y reforzados en cartas, constituciones o declaraciones, tras las experiencias traumáticas de las dos guerras mundiales, solo sirven al parecer para quienes viven al amparo de la Unión y no para quienes pretenden hacerlo tras huir de sus países, lejos de ella.

Europa tiene sus propios problemas, en eso estamos de acuerdo, pero ninguno tan grave como su incapacidad por asumir la situación de los refugiados. Muchos países han reaccionado con una suma de recelo y temor. Como si fuese más una invasión que una huida de personas que buscaban un refugio para salvar sus vidas. Y los gobiernos no han reaccionado con prontitud ni coherencia sino buscando el mejor modo de desembarazarse o esquivar el problema.

Pero los refugiados, a pesar de estas actitudes,han seguido llegando. Había en sus esperanzas una gran ingenuidad, Europa no es ningún paraíso, solo vivimos bien y hay paz, pero eso no quiere decir que seamos generosos con los extraños. Enseguida se adujo que la aceptación de los refugiados iba a suponer una merma en la calidad de vida de los ciudadanos y, lo que era peor, los estigmatizaron al ser de confesiones religiosas o raciales diferentes a las comunes aquí. El recelo se invistió con la maledicencia de afirmar que entre los refugiados vendrían, también, infiltrados grupos terroristas, teoría que pareció confirmarse con los atentados en París (aunque, por el momento, haya sido un hecho aislado y, por lo tanto, nada general).

En suma, cabe pensar que no han sido tanto los males que, supuestamente, traían los refugiados consigo lo que nos ha afectado sino más bien los miedos que nos han sacudido como una perversa corriente eléctrica los que han hecho que, mientras nuestras existencias no han cambiado en exceso (la gente va a ver los partidos de fútbol y prosigue con sus rutinas), salvo en algunos lugares en donde su confluencia ha sido mayor, los refugiados, en cambio, se hallan viviendo penosamente a la intemperie, atrapados entre la insolidaridad y los prejuicios.

Hoy, más que nunca, los europeos deberíamos avergonzarnos. Porque, a veces, la injusticia y la inhumanidad no están en los demás sino en nosotros, aunque vivamos en países democráticos y el bienestar social llegue, por fortuna, a la mayoría de las personas.

Los refugiados no dejan de ser como nosotros, personas que buscan un lugar donde, sin temor, poder nacer, vivir y crecer en paz.

Tal vez no podamos acoger a todas estas personas desplazadas que huyen del horror, pero tampoco se ha hecho un verdadero esfuerzo por intentarlo


Los refugiados se hallan viviendo penosamente a la intemperie, atrapados entre la insolidaridad y los prejuicios. Más que nunca, los europeos deberíamos avergonzarnos


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