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La igualdad, un trabajo diario

Por Izaskun Landaida - Martes, 8 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:10h

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cuando tenía ocho años, mi hija me preguntó un día si una mujer puede ser conductora de autobús. Un chico en clase le había dicho que las mujeres no conducían autobuses. Le respondí con firmeza que las mujeres podemos ser lo que queramos, pero creo que mi hija, ya entonces, apreció en mi gesto algo que rebajaba lo categórico de aquella afirmación y mostraba que aquella frase -“las mujeres podemos ser lo que queramos”- había que entenderla con muchos matices.

La infancia y la adolescencia son periodos de la vida en los que las personas construimos nuestra identidad. A esas edades aprendemos qué se espera de nosotras y de nosotros, y qué no se espera lo mismo en función de nuestro sexo. Desde la infancia aprendemos qué actitudes corresponden a chicas y cuáles a chicos (una vez que esta sociedad nos ofrece ese único binomio), y qué actitudes se nos aceptan y cuáles están penalizadas.

El camino está más marcado de lo que pensamos para unas y para otros, y a las y los jóvenes les recordamos cada día qué camino les corresponde, muchas veces sin darnos cuenta, a través de los mensajes que les mandamos, de los comentarios que hacemos en su presencia o de las actitudes y ejemplos que les mostramos en el día a día. La familia, la escuela, los medios de comunicación, la publicidad… hay muchos agentes socializadores que nos van enseñando diariamente cómo debemos ser. Aprendemos a ser como somos a través de mecanismos de identificación, a través de la imitación de actitudes marcadas por los roles correspondientes.

En esta sociedad que vive cada día más rápido es necesario pararse un momento y reflexionar. Es necesario preguntarnos: ¿Qué mensajes y qué mandatos sociales estamos trasladando diariamente a nuestra juventud? ¿En qué medida estamos reforzando y perpetuando las relaciones de poder entre géneros a través de esos mensajes y actitudes? Porque lo que está en juego no es tanto que seamos diferentes -la diversidad es riqueza-, sino el desigual reparto de poder y libertad que se produce como consecuencia de la desigualdad. Cada persona es diferente, pero todas las personas debemos tener las mismas opciones y no es aceptable que el sexo con el que nacemos las limite.

Si miramos y escuchamos con atención, nos daremos cuenta que en casos los mensajes que enviamos a las chicas tienen que ver con la belleza, la bondad, la discreción, los cuidados y la dependencia;y en el caso de los chicos, con la agresividad, el éxito, la ambición o la negación de los sentimientos. Dos caminos bien marcados, bien diferenciados, que se irán traduciendo en el futuro en condiciones de vida y oportunidades bien diferentes, bien desiguales.

Si miramos y escuchamos con atención, veremos claro que a las chicas se les valora principalmente por su belleza y se les educa para agradar, mientras los chicos son objeto de mensajes empoderantes (“¡Qué bonita es mi niña!/“¡Eres un campeón!”);veremos que mientras que a las chicas se les enseña que necesitan protección, a ellos se les dice que son autosuficientes;mientras a las chicas se les dice que los afectos y los cuidados están por encima de todo lo demás, a ellos se les educa en la negación de los sentimientos y en alcanzar el éxito en el ámbito público.

Hay experimentos que se han realizado con bebés que demuestran que desde que nacemos ya recibimos mensajes totalmente diferenciados. Un mismo bebé es tratado de manera diferente y se le ensalzan diferentes cualidades si viste de azul o de rosa, tal y como hemos podido apreciar en algunos ensayos. Y vuelvo a repetir que el problema no es la diferencia, cada persona es diferente, sino que ya desde el primer minuto de nuestra vida se nos va estrechando el camino de las opciones en función de nuestro sexo, que vamos perdiendo libertad, y que en ese proceso limitante, las oportunidades se reparten de manera desequilibrada entre chicas y chicos, entre mujeres y hombres.

Los mensajes que trasladamos a las chicas y chicos son en muchos casos los que un día recibimos en nuestra juventud, y sin darnos cuenta, repitiéndolos, nos vamos convirtiendo en aliados y aliadas de la desigualdad. Por eso, me parece tan importante que nos demos cuenta de que la desigualdad, las oportunidades desiguales para unas y otros, no nacen naturalmente, sino que las vamos construyendo día a día. Y por eso es tan importante tener los ojos bien abiertos para detectar qué actitudes y mensajes son los que construyen esta desigualdad, las que la refuerzan.

La desigualdad se aprende. No hay duda. Pero no nos quedemos con la parte más negativa de esta frase, pensemos que si la desigualdad la hacemos, también podemos construir la igualdad en nuestro día a día. Esa es la buena noticia y podemos apreciar distintas pruebas a nuestro alrededor. Démonos cuenta de que cada persona, cada institución, cada entidad, cada empresa podemos hacer algo por la igualdad, que tenemos que hacer algo en nuestros ámbitos de influencia. Y exijamos también a nuestro entorno que la igualdad se tenga en cuenta, no de manera superficial, sino real, con las decisiones que se toman cada día.

No podemos desaprovechar la oportunidad que diariamente tenemos, no podemos seguir reforzando y perpetuando estas relaciones de poder tan desequilibradas. Hagamos una reflexión, a nivel personal y a nivel colectivo. Intentemos cambiar algunos mensajes, algunas actitudes. Así como quienes nos precedieron nos abrieron caminos, también tenemos que seguir abriéndolos para las siguientes generaciones. Hagamos diariamente igualdad mirando a estas generaciones y a las que vendrán después porque ello supone, sin ninguna duda, un bien para todas las personas que integramos esta sociedad.

Han pasado doce años desde que mi hija me hizo aquella pregunta, y en este tiempo ya ha detectado qué había tras mi gesto aquel día en que le dije que las mujeres podemos ser lo que queramos: mi hija es ya consciente de la desigualdad. Y también es consciente, al mismo tiempo, de los avances, porque sabe que, si miramos con perspectiva, se ha avanzado mucho (entre otras cosas, ya no es raro ver una mujer conduciendo un autobús) y que esos cambios no se han dado por sí solos, sino gracias al trabajo de muchas personas;sobre todo gracias al esfuerzo, el impulso y la dedicación de muchas mujeres.

Quisiera que mi hija nunca desistiera de la idea de que las mujeres podemos ser lo que queramos, aunque para que la frase sea redonda y categórica, tenemos que seguir dando pasos. Toda la sociedad. Empezando por las instituciones y llegando hasta los entornos más personales. Este ocho de marzo, Día Internacional de las Mujeres, quiero creer que todos y todas estamos dispuestas a hacer igualdad.

Desde el primer minuto de nuestra vida se nos va estrechando el camino

de las opciones en función de nuestro sexo

La desigualdad, las oportunidades desiguales para unas y otros, no nacen naturalmente, sino que las vamos construyendo día a día


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