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Tribuna abierta

El patrimonio y sus avatares judiciales

Por Iñaki Galarraga Aldanondo - Martes, 8 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Bellas artes

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Bellas artes

Cada edificio posee su propia lógica. En su tipo edificatorio, en su construcción, en su uso y envolviendo a todo ello una lógica económica y de propiedad

Al margen de la famosa carta a León X, en cuya redacción al parecer se esconde Rafael Sanzio, en pleno apogeo del papado renacentista;en virtud de la cual surge una corriente cultural de tutela y cuidado de los edificios de la vieja Roma. Las legislaciones sobre el patrimonio histórico-artístico, en cuyo origen está la defensa del Tesoro Artístico Nacional, constituyen armazones jurídicos que emergen en pleno auge de las ideas románticas. Su primer auge reside en la voluntad de afianzamiento e implantación del Estado-nación europeo, en pleno fragor del S.XIX. La búsqueda de un “estilo francés”, un gótico perpendicular (inglés), y otras tantas caracterizaciones artísticas nacionales constituyen el argumento fuerte, desde el punto de vista cultural, junto a la lengua y las costumbres, para construir el andamio sobre el que prestigiar los “nuevos estados nacientes”;una vez afianzado su poderío militar, económico, financiero e imperial. Fueron sobre todo Francia, Alemania, el Reino Unido y a cierta distancia y con diferente intensidad Italia y España los grandes pioneros en las regulaciones de “tutela” a aplicar a los monumentos y las arquitecturas memorables. Sus prescripciones, sin olvidar las secuelas del “despotismo ilustrado”, se apoyaban con firmeza y autoridad en los criterios y prescripciones de las viejas Academias, sede del canon y el buen gusto en cuanto a la memoria y a lo monumental. Es conocida la larga pelea que mantuvieron Ugartemendía y Alejo de Miranda, desde la Academia de las Bellas Artes y contra el Ayuntamiento, para la reconstrucción del San Sebastián arrasado e incendiado por las “tropas amigas”, bajo el mando de Wellington, en la temprana época de 1813.

En este contexto sólo los más grandiosos monumentos, Sainte Chapelle, Notre Dame, El Escorial, La Alhambra etc. y vinculando su tutela a las grandes personalidades de los académicos (Viollet le Duc, Torres Balbás etc.) y a su quehacer profesional, estaban sometidos a prescripciones de tutela y a criterios de mantenimiento y restauración.

Eran tiempos y contextos en los que la arquitectura cotidiana, la de las casas de habitación y la de los monumentos y otros edificios públicos corrían sendas claramente diferenciadas. Eran tiempos en los que cada casa se parecía a la del lado y cuando un edificio público menor se quedaba obsoleto o fuera de uso se derribaba y punto. Muchas veces para dejar el solar vacío y “esponjar”, siquiera mínimamente, el tejido urbano, así ocurrió con la Alhóndiga donostiarra en la Plaza Sarriegi o con los Jesuitas en la Plaza de la Trinidad, y tantos otros casos semejantes en las ciudades europeas.

Las cosas se resolvían bajo ciertos cauces de naturalidad. Por un lado, la Academia para los grandes monumentos para construir el Memorial Nacional y frente a ellos lo cotidiano, en la propia “vida de las edificaciones” menores, insignificantes para la gran memoria junto a las casas de habitación. Con sus sustituciones, sus derribos y con sus transformaciones. Como la vida misma haciéndose y deshaciéndose cada día en el tejido de la ciudad.

La gran eclosión de las ciudades durante la segunda mitad del pasado siglo y las variaciones en el concepto del estado-nación, singularmente en España, la neutralización de las academias sin sustitución por otros “criterios de autoridad” y la gran especulación inmobiliaria, junto a modos de construcción mucho más agresivos respecto al contexto en el que se ubican han conducido este antiguo procedimiento de tutela del patrimonio por caminos totalmente sorprendentes e inesperados. Una judicialización galopante junto a sorprendentes textos legales que producen sentencias irrealizables según lógicas constructivas y económicas y, lo que resulta peor: decepcionantes para la colectividad. Y a la vista de los resultados poco eficientes, una vez más, se comple aquello de: peor el remedio que la enfermedad.

Hoy se clasifica y se regula hasta el último cobertizo de cada agrupación urbana mayor o menor, se inventan monumentos por doquier, mientras se estudia muy poco la arquitectura en su profunda esencia, la construcción, la historia de los edificios y aún menos su realidad económica y de propiedad. Apenas se levantan planos bien trazados, ni se valoran las cualidades y deficiencias de las edificaciones que configuran nuestra ciudad cotidiana. Y sobre este balance, pobre en sabiduría, se legisla sin cesar. Sólo cuando alguien, emprendedor, aparece con voluntad de hacer alguna reforma, o modificación, incluso derribo si el estado de conservación y la lógica constructiva lo hacen aconsejable, entonces y para cada rincón o cada fachada, surgen legiones de defensores del más extremado purismo. Los guardianes de la memoria a ultranza agrupados en “fuenteovejunas” de afirmación barata y seudónima en alguna red social. Comisiones de defensa y otros colectivos sin mayor responsabilidad que su propio gusto personal, más cercano a la nostalgia que a la aventura inteligente, frecuentemente poco documentados y bastante enardecidos, ocupan la crónica cotidiana para impedir la siempre arriesgada, en arquitectura, operación de restauración, renovación, reconstrucción o sustitución edilicia.

Cada edificio posee su propia lógica. En su tipo edificatorio, en su construcción, en su uso y envolviendo a todo ello una lógica económica y de propiedad. Si no atendemos a estos cinco condicionantes y principios, cuidadosamente y los ponemos a colación y estudio para su adecuada regulación y a su tiempo, es decir cuando se aprueban los planes de urbanismo y las leyes y normas de protección, quedamos expuestos a polémicas estériles. Y lo que es peor trifulcas y pleitos de una ínfima altura política, económica e intelectual.

Fruto de este desorden la mayoría de las veces cuando se generan las grandes polémicas, siempre tardías, respecto la intervención sobre un edificio de alguna importancia, véase el caso del edificio España en Madrid o nuestro cercano Bellas Artes, aparte de contemplar durante larguísimo tiempo una vieja edificación pobretona en lo tectónico, deleznable en su materialidad y decrépita en su imagen, como recordatorio de un fracaso colectivo, sólo cabe acordarse de que fue sobre la idea de un edificio y su “símbolo en torre” sobre el que construyó la Biblia, en su libro del Génesis, el mito de Babel. Y para mayor desolación, en nuestro caso tampoco aparecen los Brueghel, Paul Bril o Athanasius Kircher, entre otros, quienes tomando la ruina de la torre inacabada por la confusión de lenguas, como motivo de inspiración, realizaron obra pictórica o de grabado de indubitada genialidad.

Hoy se clasifica y se regula hasta el último cobertizo de cada agrupación urbana mayor o menor, se inventan monumentos por doquier, mientras se estudia muy poco la arquitectura en su profunda esencia


Sólo cuando alguien, emprendedor, aparece con voluntad de hacer alguna reforma o derribo, entonces y para cada rincón o cada fachada, surgen legiones de defensores del más extremado purismo


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