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Tribuna abierta

Error de cálculo: la División Azul y el Ejército Rojo

Por Txema Montero - Sábado, 5 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

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El24 de junio de 1941, Ramón Serrano Súñer, cuñado de Franco y ministro plenipotenciario de su gobierno, se dirigió a las masas congregadas bajo el balcón de la sede del Movimiento Nacional, en la calle de Alcalá de Madrid, para clamar una condena que, como después se vio, era de imposible ejecución: “¡Rusia es culpable!”. Dos días antes, la Alemania nazi había comenzado la llamada Operación Barbarroja, invasión de Rusia, que en realidad fue una campaña de exterminio en la que se registraron cotas de brutalidad muy superiores a las de guerras precedentes, recibiendo las fuerzas invasoras instrucciones específicas para ejecutar sobre el terreno a los judíos, a los partisanos y a los comisarios políticos del Ejército Rojo.

Los falangistas más radicales, entre los que se encontraban el propio Serrano y Dionisio Ridruejo -autor de Cuadernos de Rusia (Ed. Fórcola), que después de su breve experiencia militar en aquella campaña pasó a la oposición al franquismo-, habían advertido una señal de que el proyecto totalitario de cuño falangista que soñaban con implantar en la España salida de la guerra civil quedaba relegado. El afianzamiento del poder personal de Franco y la consolidación de los católicos como contrapeso a los falangistas era fatal para sus aspiraciones. Esta señal fue el ascenso del bilbaino José Luis de Arrese Magra, falangista más moderado y sobre todo pastueño con el dictador, a la secretaría general de FET y las JONS, unificación de las fuerzas reaccionarias -Falange, el carlismo y un grupúsculo filo nazi- que dieron apoyo civil al golpe militar contra la República.

El “¡Rusia es culpable!” resultó ser un llamamiento a la leva al que acudieron falangistas sin historial bélico en la Guerra Civil por jóvenes o emboscados, y por ello sospechosos ante los veteranos;buscavidas, ex rojos que se querían redimir y hasta rojos en busca de la oportunidad de pasarse a los rusos una vez en el campo de batalla. A todo ese conglomerado se le llamó la División Española de Voluntarios o División Azul, reclutados de forma mixta por las milicias de Falange y el Ejército, que entre julio de 1941 y febrero de 1944 movilizó a cerca de 47.000 combatientes españoles en el sector septentrional del frente Este (Rusia) durante la Segunda Guerra Mundial. Tras su adiestramiento en el campo de instrucción de Grafenböhr alto Palatinado -Alemania- y posterior traslado hasta Rusia, la División fue asignada al frente del río Vóljov, al norte de la ciudad de Novgorod, donde entraron en combate en noviembre de 1941.

Sotomayor, brillante estudiante curtido en las luchas callejeras de Madrid contra el Frente Popular, engrosó el bando franquista participando en la guerra con apenas 17 años. Y fue un periodista aventajado que con 20 años dirigía la revista HAZ y el semanario FE de Sevilla. Al finalizar la guerra, en una entrevista con Franco que podríamos calificar como extraordinaria por su contenido, se dirigió al general alzado en armas con las siguientes palabras: “Mi general, para poder entendernos bien desde un principio, quiero decirle, en nombre de la juventud española, que nos tendrá siempre a su lado y que seguiremos confiando ciegamente en usted como caudillo militar. Ahora que como caudillo político no le prometo nada pues la juventud aún no le conoce en este sentido”. Franco, en la cúspide de su gloria, asistía con asombro al desplante del joven, que a los dos asistentes militares presentes les produjo temblor de rodillas. Sin embargo, al acabar la entrevista, quizás influido por la lectura de El divino impaciente, obra teatral y biografía de San Francisco Javier de José Mª Pemán, muy del gusto de los nacionalcatólicos, Franco dijo a sus temblorosos ayudantes: “¡Acabo de conocer a un nuevo San Francisco de Javier! Su mismo fuego. Su misma limpieza de corazón”.

Ridruejo, que compartió trinchera con Sotomayor, permaneció en el frente tan solo cuatro meses. Durante ese tiempo, escribió con regularidad y detalle sobre sus vivencias, muy en particular a su amor ¿platónico? Marichu de la Mora Maura, que había sido secretaria de José Antonio Primo de Rivera. De la Mora estaba casada con el millonario Tomás Chávarri y era hermana de Concepción de la Mora, comunista divorciada de un Bolín, hermano de quien organizó el vuelo del Dragon Rapide con el que Franco se trasladó a África para desde allí liderar la insurrección. Una vez divorciada, siendo una de las primeras mujeres que hizo uso de este derecho reconocido por la República, se casó con el general jefe de la aviación republicana, el vitoriano Ignacio Hidalgo de Cisneros, quien acabó siendo comunista también, autor deCambio de rumbo, una de las mejores autobiografías políticas españolas. Las hermanas de la Mora, de tan distantes creencias políticas -“mi hermana se pasó de rojerío”, diría Marichu-, eran nietas del político monárquico Antonio Maura, sobrinas de Miguel Maura, ministro de la República y primas del también ministro socialista Jorge Semprún Maura. Como observarán, la Guerra Civil en no pocos casos fue una guerra en familia.

¿Qué veían los divisionarios al otro lado de la línea de fuego? Superados sus prejuicios iniciales sobre campesinos esclavizados, comunistas fanáticos, eslavos racialmente semihombres, sojuzgados antes por los tártaros y ahora por Stalin;pronto percibieron que los soldados soviéticos estaban mejor equipados contra el frío, disponían de armas automáticas y que entre ellos también había quienes luchaban por convicción. ¿Que de dónde nacía esa convicción? Los rusos sabían que la invasión de su país por los alemanes era mucho más que una usurpación del territorio y las riquezas de su suelo y subsuelo. Desde el Mein Kampf, biblia nazi cumplida punto por punto por Hitler, el destino de los eslavos no era otro que servir como esclavos. “Eslavo” y “esclavo” comparten la misma raíz etimológica y los nazis lo interpretaron en su literalidad.

Lección a no olvidar: el combate militar es sobre todo un combate moral. Los fascistas españoles combatieron en Rusia para fortalecer su posición ante Franco y hacerse con el poder, puro cálculo. El Ejército Rojo lo hizo para defender la vida de los ciudadanos y la patria en peligro, pura supervivencia. En el Vóljov se enfrentaron la ambición y la esperanza. Nada mejor para expresar este sentimiento que el poema Espérame de Konstantin Simonov que todos los combatientes soviéticos, hombres y mujeres -éstas casi un millón, tiradoras, conductoras de tanques, paracaidistas, aviadoras, partisanas...- llevaban en el bolsillo de sus guerreras: “Espérame que volveré / incluso cuando los demás se hayan cansado de esperar olvidando su ayer / porqué volveré desafiando todas las muertes / nunca entenderán que sobreviví porque esperaste y los otros no”.

El mariscal Fedor Von Bock anotó que los soldados españoles se caracterizaban por una imagen exterior penosa y extravagante, no mejorada por la de sus caballos famélicos


Los fascistas españoles combatieron en Rusia para fortalecer su posición ante Franco y hacerse con el poder, puro cálculo. El Ejército Rojo lo hizo para defender la vida de los ciudadanos y la patria en peligro


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