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Colaboración

La batalla contra el fracaso escolar

Por Lexuri Olabarriaga - Jueves, 3 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Javier es un chico de quince años al que le horroriza estudiar. Sus padres no cejan en su empeño de recordarle cada día que si no estudia, su vida será un fracaso, que ellos no tuvieron las mismas oportunidades que tiene él, que debería sentirse afortunado por estar en el colegio que está. Pero nada sirve. Javier no quiere estudiar. Entonces los padres optan por el castigo. Si no apruebas el examen de Ciencias, este fin de semana no sales. Te quitamos la paga. Te quedas sin vacaciones. Etcétera, etcétera. Nada sirve. Javier no quiere estudiar. Sus padres ya no saben qué más hacer. La tensión en casa es cada vez más insoportable y en el colegio la situación también parece abocada al fracaso. Aunque podría serlo, no es el típico chico gracioso que molesta a sus compañeros y se ríe de sus profesores;más bien es un muchacho introvertido, que se sienta al final del aula para pasar desapercibido, callado, modesto y suspende muchas asignaturas por pereza y falta de motivación. Sus padres se pasan las horas de la cena echándole en cara lo que les cuesta su educación, le dibujan lo que, a su modo de ver, será su futuro laboral y personal si sigue por esa senda, recibe castigos, le comparan con sus hermanos, primos e hijos de vecinos. Todo parece no tener solución para Javier. Todos parecen aceptar que es un caso perdido, incluso él mismo parece aceptarlo.

Es entonces cuando aparece un nuevo profesor en el aula. Está sustituyendo al profesor de Ciencias que ha caído enfermo. Es joven, locuaz y cercano. Los alumnos tantean, le ponen a prueba, examinan y analizan minuciosamente cada uno de sus movimientos para detectar algún error del cual hacer mofa. Pero este profesor se anticipa a todo ello. Él también los observa, los examina y los analiza minuciosamente. Es entonces cuando ve a Javier al fondo, solo, callado, ensimismado. Le pregunta por qué se sienta al fondo de la clase;Javier se encoge de hombros. Le pregunta por sus aficiones, por sus gustos. Javier observa a sus compañeros que le sonríen con malicia. Él dice que le gustan mucho los videojuegos de guerras y batallas, que desde pequeño le gusta analizar las estrategias y tácticas de cada bando, los fallos y aciertos de las decisiones adoptadas por Alejandro Magno, Napoleón o Wellington en el campo de batalla. Asegura que le fascina conocer cada detalle de las armas, de las vestimentas, del lugar, de todo lo relacionado con la batalla. Que lee todo lo que cae en sus manos sobre la batalla de Gettysburg, la de Iwo Jima, Somme, Lepanto, las Ardenas, Waterloo, Normandía, Stalingrado... El profesor le reta a dar una clase a sus compañeros sobre el fracaso de Napoleón en Rusia. Javier abre bien los ojos, todos callan. No entiende por qué ese profesor le está pidiendo que hable sobre una batalla histórica en su clase de Ciencias, y además, haciéndole a él protagonista de esa clase. Javier acepta el reto y el profesor asiente complacido.

Han pasado ocho años desde que Javier dio aquella clase a sus compañeros que al principio le miraron divertidos pero que al final le prestaron toda su atención. Hoy Javier se licencia en la carrera de Historia. Sube a la tarima a recoger el título mientras en su mente sólo tiene espacio para aquel profesor de Ciencias que entró en su vida en un abrir y cerrar de ojos y que la transformó completamen te. Aquel profesor anónimo dio en la tecla, se interesó por su alumno y le dio el empujón que necesitaba para sentirse útil. Ese profesor no solo le dio una lección a Javier, también enseñó a los padres del chico y a todos sus profesores que la motivación es el vehículo para llegar a la meta y les mostró que el problema no estaba en Javier;el problema residía en que hasta entonces nadie, absolutamente nadie, había creído en él. Y un profesor que cree en sus alumnos es mucho más que un profesor: es un maestro para toda la vida.

Aquel profesor anónimo se interesó por su alumno y le dio el empujón que necesitaba para sentirse útil. Le enseñó que la motivación es el vehículo para llegar a la meta y que el problema residía en que hasta entonces nadie, absolutamente nadie, había creído en él


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