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Tribuna abierta

Mensaje demoledor

Por Imanol Galdos Irazabal - Miércoles, 2 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:10h

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Poco recorrido auguramos para la larga relación de proyectos políticos, económicos, culturales, empresariales o educativos si no disponemos de la materia prima que hoy parece estar más atenta a lo que pasa fuera

Mensaje demoledor, con daños colaterales e irreparables en ocasiones, a menos que nos planteemos seriamente estrategias de país. Eso es lo que están logrando las innumerables entrevistas y reportajes que algunos medios de comunicación nos muestran cada vez con más asiduidad.

Hubo una época en que la información recogía las andanzas de nuestros estudiantes en los programas Erasmus. Se ha dado un salto y ahora se centra en mostrarnos las maravillas y las excelencias de nuestras y nuestros jóvenes, diseñadores en Austria, emprendedores en Perú, investigadores en Boston y periodistas en Australia. Todo escenario exterior, sin excepción, es idílico y ante ello poco podemos ofrecer. Posiblemente buscando la espectacularidad de la noticia y sin reparar excesivamente ni en el contenido ni en el alcance de los mensajes que se lanzan, en la opinión pública empieza a calar la opinión de que el futuro de nuestros hijas e hijos está fuera. Y, es obvio, que nadie discute la absoluta necesidad en muchos casos de labrarse un futuro lejos de nuestro entorno. Pero, y es el momento de empezar a hablar claro, ello no explica en su totalidad el fenómeno. Nos equivocamos de pleno si, en la comodidad, el análisis se ciñe a la manida explicación de que la gravedad de la situación actual es la causa principal de cada de una de las salidas al exterior.

Se está instalando en el ambiente la imagen de que hay que salir, socialmente adquiere fuerza el modelo de hijos residiendo fuera. Quién se queda está abocado al fracaso y empieza a cundir cierta estigmatización de aquellos que deciden quedarse. Por no hablar, de otro tipo de mensajes, también altamente perjudiciales, que nos llegan a modo de bombardeo de organizaciones que también llegan a estigmatizar a todos los jóvenes que no optan por determinadas opciones académicas.

Sorprende y entristece asimismo el tono displicente, despectivo, de las respuestas de nuestros jóvenes. Toda pregunta planteada en relación a las opciones de vuelta recibe una respuesta automática. Diríase incluso que la formulación de la pregunta molestase al interpelado. Nuestro escaso atractivo se reduce a una visita rutinaria familiar, breve, gastronómica, y la vuelta a un mundo plagado de posibilidades. Este es el esquema a grosso modo que unos y otros dibujamos en contra de unos intereses que merecerían una defensa más cerrada y más apasionada. Pero da la impresión que hemos sucumbido ante la irresistible atracción exterior. Poco importa que el día a día de los, en algunos casos, lejanos y exóticos paisajes se desenvuelva en una rutina que no escapa de su carácter universal e incluso en niveles de precariedad, inaceptables aquí . Pero el objetivo es mostrar que formamos parte de ese nuevo paisaje y de esa nueva clase social.

Sorprende asimismo el nulo agradecimiento que parte de nuestra juventud muestra con el enorme esfuerzo colectivo que la sociedad vasca ha realizado en formar y posibilitar que muchos de ellos puedan disponer de las oportunidades laborales con las que cuentan en el exterior. Ayudas en formas de becas, programas, sufragados por nuestros bolsillos y que en agradecimiento recibe una frialdad hiriente.

Algo se está haciendo mal y ello también requiere de una profunda reflexión. En la precipitación y en la ansiedad, confundimos nuestros objetivos. Abrirnos al mundo, conocerlo, aprovecharnos de las posibilidades que nos ofrece, son bases que no están en discusión y ello no significa menoscabo de lo propio. Porque aquí y ahora, nos estamos jugando nuestro futuro, y este no es modo de afrontarlo ni de abordarlo. Un ejemplo más de la radicalidad que nos acompaña: de ser el mejor lugar del mundo a su minusvaloración.

La apertura al mundo no pasa, en cualquier caso, por vaciar a la sociedad vasca de su juventud, de lo único que podría garantizar su futuro. Las constantes invitaciones para engrosar las filas de los expatriados dibuja un panorama poco alentador de cara al futuro de nuestro país. Porque en esta locura se ha traspasado la frontera y ya nuestros objetivos no pasan por la recuperación de nuestros grandes talentos investigadores. Hoy nos encontramos en otra fase, muy crítica y de emergencia. Debemos parar la hemorragia constante de huidas y, sobre todo, articular una estrategia más inteligente, más seductora. Repito, ciertas informaciones poco ayudan.

También habrá que preguntarse por las razones de como se ha llegado a esto y ahí serían necesarias sin duda mayores dosis de autocrítica y algo menos de autocomplacencia. Y no sé si estamos dispuestos a ello, porque este ejercicio sano tampoco se ha aceptado siempre de buen grado. La realidad incontestable es que nuestra juventud ha llegado a la conclusión de que la buena vida no es patrimonio nuestro y que es posible el desarrollo de proyectos vitales en prácticamente cualquier rincón del planeta. Y aunque los jóvenes sean posiblemente los menos directamente afectados por un ambiente nada fácil de sobrellevar, el cansancio inevitablemente ha hecho mella en todos.

Porque más allá del pan que nos tenemos que garantizar día a día, el verdadero motor que hoy explica los cada vez más numerosos movimientos migratorios es sencillamente la garantía de las condiciones que haga posible el desarrollo personal en su dimensión más amplia. ¡Ni más ni menos! Cómo explicar de otra manera el resurgir de muchos de los estados menos poblados en Estados Unidos. Cómo explicar que un californiano opte por el frío invierno de New Hampshire, ese estado donde el libertarismo encuentra su hábitat más natural.

Socialmente adquiere fuerza el modelo de hijos residiendo fuera. Quien se queda está abocado al fracaso y empieza a cundir cierta estigmatización de aquellos que deciden quedarse

La tentación también nos ha acompañado a muchos de nosotros y todavía sigue sin abandonarnos, aunque cierto compromiso nos lleve a preocuparnos por el destino de lo nuestro. Compromiso que muchas generaciones actuales no lo viven con la misma intensidad a la vista de lo que está ocurriendo. En cualquier caso, sin caer en alarmismos, pero sabiendo que nos estamos jugando mucho de nuestro futuro próximo.

Las previsiones y las estadísticas que conocemos no invitan precisamente a dejar para más adelante la adopción de decisiones que no pueden esperar mucho. Es el momento de priorizar y hoy todavía siguen en candelero cuestiones que están amortizadas por la sociedad vasca La agenda debe estar ocupada por lo urgente, antes de que sea demasiado tarde. Poco recorrido auguramos para la larga relación de proyectos políticos, económicos, culturales, empresariales o educativos que se pretenden llevar a cabo si no disponemos de la materia prima que hoy parece estar más atenta a lo que pasa fuera y sobre todo más abducida. Modulemos nuestros mensajes.


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