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Tribuna abierta

Gobierno para gobernar

Por Ander Gurrutxaga - Domingo, 28 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:14h

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (i), y el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, durante la firma de un acuerdo de investidura y legislatura alcanzado entre los dos partidos

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (i), y el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, durante la firma de un acuerdo de investidura y legislatura alcanzado entre los dos partidos (EFE)

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El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez (i), y el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, durante la firma de un acuerdo de investidura y legislatura alcanzado entre los dos partidos

La sesión de investidura del martes tiene voz. Es el punto de llegada de una primera fase tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015. El candidato del segundo partido más votado (PSOE) intenta formar gobierno.

Tiene 90 escaños y necesita 176 para llegar a la mayoría requerida. El Partido Popular obtuvo más escaños pero desistió del mandato específico del Jefe del Estado. Preveía que no tenía apoyos para sacar adelante el encargo real. La formación de Gobierno requiere, por primera vez en la historia de la España democrática, poner de acuerdo -o evitar que voten en contra- a tres de los cuatro partidos políticos que obtienen más escaños. Aunque el PP, como es previsible, se quede fuera de cualquier acuerdo, la tarea del candidato socialista es problemática y el resultado final, incierto. No debemos desechar, aunque sólo sea una hipótesis de trabajo, la repetición de elecciones.

Los resultados del 20-D dijeron tres cosas: Una, se pone punto y final, al menos de momento, al bipartidismo-gobiernos PP y PSOE. Dos, se crea el nuevo pluralismo político, con la entrada como fuerzas políticas con respaldo de más de ocho millones de votantes de Ciudadanos y Podemos. Tres, se desplaza la responsabilidad de formar gobiernos a las elites políticas que se afirman detrás de las cuatro grandes fuerzas políticas.

Los resultados no dicen: uno, que gobiernen los mismos. Dos, que devuelvan la responsabilidad a los ciudadanos para que vuelvan a votar. La consecuencia del mandato es clara: acuerden, olviden los demonios ancestrales, clarifiquen las propuestas, expliquen cómo y qué hacer.

Formar gobierno está llena de dificultades. No creo que es el producto, como se lee a veces, de una clase política mal dotada para el acuerdo, aunque parezca en algunas ocasiones que se prepara para abordar los problemas desde la retórica vacía y la definición de las anomalías del contrario. Pero no es una novedad, forma parte de la metodología de la acción política.

Los problemas, además del citado, son de otra naturaleza, tienen que ver con cuestiones aún abiertas. En primer lugar, los resultados electorales trazan líneas de acción y nuevas formas de estar en política y promocionar la conversación colectiva con los electores. Los ciudadanos dicen: el orden político del bipartidismo “ya y ahora” no tiene sentido. La opción ciudadana, como siempre, clarifica algunos aspectos pero crea otros para los que el orden político de la transición está menos dotado. El pluralismo político canaliza tensiones acumuladas en la sociedad civil, emite mensajes de cambio, pero a la vez desordena, crea entropía y las voces múltiples tienen que construir salidas buscando otros caminos. La riqueza de la democracia -las voces múltiples- es desorden para la clase política y el papel es, precisamente, ordenar-acordar, producir seguridad para rebajar el grado de incertidumbre. Los partidos y el orden normativo e institucional deben ordenar lo que el sufragio popular desordena.

Por otra parte, la crisis económica radicaliza sus consecuencias y se transforma también en social y política. La factura pagada costará tiempo visualizarla en toda su extensión e intensidad, pero los síntomas son evidentes: cuestionamiento del orden político de la transición y de la organización del poder político. Los resultados electorales no son ajenos al hecho;todo lo contrario, lo explican.

En tercer lugar, hay un dato que con el paso del tiempo adquiere una dimensión que sorprende a los directamente implicados: la corrupción. Los costes para la definición del buen gobierno, para la confianza, credibilidad y legitimidad de la clase política y la energía creativa es muy elevada. Los mentores de la marca España, por ejemplo, son derrotados por los que crearon la estrategia de marketing para divulgarla por el mundo. Nunca en la historia reciente un partido político, disfrutando de mayoría absoluta en casi todas las instituciones del Estado, escribe con tanta nitidez la derrota y, sobre todo, la manifiesta incapacidad para abordar los cientos de casos de corrupción que acumula día tras día. En estas ocasiones, el problema no es cómo mantenerse en el poder sino cómo sobrevivir a la tensión acumulada.

En cuarto lugar, la cultura política en España no tiene oportunidad de experimentar y aprender con nuevas formas de conocimiento político. Aprender a relacionarse con el otro y llegar acuerdos con quién piensa de manera diferente es uno de los frutos de la experimentación y, sobre todo, de la creación de nuevo conocimiento. En España no ha habido tiempo, ni parece que razones -salvo en momentos esporádicos y con temas concretos-, para pactar o hablar con aquel que -se decía- “nada puede proporcionarte por que tengo los votos para gobernar”. Eso demuestra que construir gobierno no supone, necesariamente, comprender al otro, sino ignorarlo y desatenderlo. La oposición no suele ser el espacio creativo desde donde aportar y promover sino la condena al ostracismo. Habitualmente, la relación gobierno-oposición supone tomar distancia con el otro, es decir, experimentar y aprender desde la negación del contrario. Ésta es una mala escuela para gestar una cultura política basada en el acuerdo y en escuchar a quién no es como tú. No es extraño que cuando se producen acuerdos, éstos sean el fruto de la necesidad de sobrevivir a los desafíos de la coyuntura y no producto del diálogo o conversaciones basadas en la colaboración y en gestos que respeten la voz del contrario. El poder puede matar la creatividad, las buenas ideas y las mejores prácticas que proceden del otro. La política y la colaboración con la oposición y el otro mantienen relaciones difíciles como si el interrogante fuese el siguiente: ¿por qué entender los motivos del otro si puedo negarlos porque tengo el poder para ello?

Hay una quinta razón. Los nuevos, y también los viejos partidos, necesitan marcar territorio. Agarrarse al espacio conseguido, exhibirlo y exhibirse para promover el estatus logrado como una forma de distinguirse de aquellos que no son ellos. Hay, detrás de la aparición pública de éxito -en esto Podemos y Ciudadanos van de la mano- una lógica política que promociona la diferencia, marca el territorio y el estatus singular. Los nuevos necesitan radicalizar la perspectiva, dejar su huella y construir la marca para que todos detecten que allí están ellos. De aquí las reiteraciones, el regreso a exhibir quiénes son y para qué están. Las distancias, a veces siendo pequeñas, se agrandan y radicalizan las respuestas del acuerdo.

El sexto factor son los aspectos programáticos. Qué diagnóstico se hace de los problemas generales, cómo se jerarquizan, cuáles son los prioritarios. Alcanzar la definición general de los males que hay que superar es más fácil que descender a los niveles micro y contemplar las dificultades y los riesgos que orientan algunas propuestas de los programas. Pueden encontrarse coincidencias en las líneas macro y discrepancias importantes en definiciones micro. Seguir los acuerdos y entenderlos con toda profundidad suele ser el ejercicio para expertos o hermeneutas. No está al alcance de todos los ciudadanos, en muchos casos porque éstos tienen confianza en lo que se acuerda, en otros por falta de interés, en muchos por que confían en lo que hacen o por desistimiento.

Querer formar gobierno -y conseguirlo con escaños limitados- enseña que la política posible no tiene que ver con la búsqueda de programas máximos, sino con crear y mantener límites incluso con las reivindicaciones propias, recogerse en lo que es sustancial para evitar fuegos fatuos, más propios de la exhibición narcisista, del que quiere estar negando la voz de los que pueden ser. La herencia dejada por el gobierno del PP va a ser una tarea difícil de asumir y quizá la fuerza de la prueba de la magnitud de los acuerdos.

Lo que espera a los intentos del PSOE -si conducen a formar gobierno- y a los posibles aliados es lo previsto: la economía tiene diversos rostros, hay que saber bien por cual se opta. La organización del Estado es el problema que no se cierra (Catalunya sigue estando ahí, el nuevo estatus vasco también, la financiación autonómica...). La regeneración democrática no es un canto a la desnaturalización de la política, sino la imperiosa necesidad para recuperar la credibilidad y legitimidad de las instituciones. Algunas otras cuestiones claves son el empleo, el relevo generacional, la modernización del sistema productivo, las buenas prácticas en las administraciones públicas, instalar un talante y formas menos convulsas y más cómodas de relación donde los ciudadanos puedan encontrar y relacionarse con ilusión y optimismo. Formar gobierno es un objetivo;gobernar, un trabajo que requiere inteligencia práctica y la alianza con buenas prácticas en ámbitos y dimensiones que atraviesan la espina dorsal de la sociedad.

La regeneración democrática no es un canto a la desnaturalización de la política, sino la imperiosa necesidad para recuperar la credibilidad y legitimidad de las instituciones


Querer formar gobierno -y conseguirlo con escaños limitados- enseña que la política posible no tiene que ver con la búsqueda de máximos, sino con crear y mantener límites


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