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Y tiro porque me toca

Chapapote y olvido

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 28 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:14h

En opinión del actual presidente de Gobierno en funciones, el crudo que escapaba a chorros del petrolero Prestige solo era “como hilillos de plastilina”. La realidad fue que se produjo una catástrofe ecológica de proporciones difíciles de evaluar ante la que el disléxico Rajoy sacó la lengua boba, la habitual de no darse por enterado. ¿Recuerdan? ¿No? Es igual. De eso se trata, de que no recordamos porque no podemos, porque de hacerlo, los recuerdos nos aplastarían. No damos a basto. Bastante tenemos con masticar y digerir si podemos los indigestos menús del día. Hay veces que las palabras de Lady Macbeth no resultan acertadas porque la memoria no es, como ella dice, “ese centinela del cerebro”, al contrario, da la impresión de que es el olvido el guardián de la salud de nuestro cerebro y de nuestra alma, es decir, de nuestros intereses económicos, de nuestro bienestar más inmediato. El olvido, la renuncia a recordar, nos protege. La casi totalidad de los casos de corrupción que hoy bullen en el alboroto mediático-judicial-político, llevan años, muchos, siendo denunciados, de manera tan machona como en balde, demasiados como para creer en el correcto funcionamiento del aparato judicial. Cabe preguntarse el motivo, aunque solo sea a efectos del guión de la pícara tragicomedia nacional.

Al final se destapa que no eran hilillos de plastilina de chapapote de la vida pública y saqueo de lo público y lo privado, sino una avalancha de mugre, un sistema, algo que ha sido denunciado, como he dicho, de manera inútil, quijotesca, un combate casi condenado al fracaso y a la guerra de trincheras. Ahora resulta que no eran casos aislados de corrupción, sino un sistema que se sostenía en la medida en que no era de verdad investigado y sí negado por sus protagonistas y encubridores en todos los foros, empezando por el Congreso de los Diputados o la sede gubernamental, algo que también se olvida. El ministro del Interior se queja ahora de lo que él mismo ha propiciado. No cabe mayor desvergüenza. En este país la impunidad ha venido expandiéndose desde arriba y se ha convertido en un sistema, en una ideología, en una moral, que de manera sospechosa se resquebraja en apariencia de cara al callejón sin salida de unas elecciones frustradas.

El olvido del chapapote de la vida pública y de la desvergüenza delictiva de sus protagonistas, es una forma de supervivencia. Solo así se puede digerir la manera en que las promesas electorales se transforman en traición descarada, el cambio social, llevado adelante como banderín de enganche, en más de lo mismo o peor, algo que se prefiere ignorar, hacer como si no, cuando es sí. Maestros, somos maestros en este arte. Hay que olvidar aquello en lo que confiamos ayer. ¿Confiamos? ¿O también nuestra confianza y ambición eran una fantasía política, espuma de esa mugre en la que chapoteamos como en ciénaga, al tiempo que creemos estar en un rutilante piscina olímpica? No sé, pero la vida pública suministra más argumentos para el descreimiento que para la confianza.

Ser memoriosos equivale a admitir que participamos, de la manera que sea, en un juego en el que la banca, que siempre gana, está en manos de una casta a la que no pertenecemos y que, encima, está amañado hasta el delirio, y que no hay promesa que se sostenga en el tiempo si va contra los intereses de la casta, la secta, el cogollito, el mundo financiero que vigila sus intereses en la sombra y a la sombra. Eso asusta, eso nos hace ver hasta qué punto estamos atrapados, inermes, incapaces de auténtica rebelión.

“Se diría que las falsedades ya no importan”, se le oye decir a más de uno, pero es que hace tiempo que dejaron de importar, que eso formaba parte de las nuevas reglas del juego, que aquí no hay idealismos que valgan, que solo cuenta la realidad evaluada en cifras. No existe más que la conveniencia política y alrededor de esa rueca se teje una moral utilitaria en propio beneficio siempre. Olvida cuanto puedas y pon la mano, y si recibes, aplaude, hazlo también para recibir, hay chapapote para todos, la riqueza se reparte, muchacho, y es raro el que no aplaude y busca algo en el arrebuche.

El ministro del Interior se queja ahora de lo que él mismo ha propiciado. No cabe mayor desvergüenza. En este país la impunidad ha venido expandiéndose desde arriba y se ha convertido en un

sistema, en una ideología, en una moral


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