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Tribuna abierta

Sujeto político y capacidad de decisión

Por Javier Elzo - Sábado, 27 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:12h

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Limitar a una identidad, incluso pretendiendo ahogar otras, es el radicalismo nacionalista. ¿Por qué no respetar la voluntad de los ciudadanos atendiendo a su diversidad de sentimientos de pertenencia?

Tras haber reflexionado en dos artículos anteriores, en el primero sobre los órganos y agentes que deciden sobre nuestra vida cotidiana y en el segundo sobre en qué consiste sentirse vasco, hoy voy a abordar la cuestión de la capacidad de decisión de los vascos. En otras palabras, dónde reside el sujeto político con capacidad de decisión sobre su futuro en general, sobre si la sociedad vasca conforma o no un sujeto político.

Edgar Morin sostiene en un libro-dialogo con Tariq Ramadan, libro magistral a leer con lápiz y papel, desgraciadamente no traducido, Au péril des idées (Editorial du Chatelet, edición de Bolsillo, 2015, pp. 25 y ss), que la cuestión de la diversidad está en el corazón de la democracia, pues la democracia no es solamente la separación de poderes, ni la ley de la mayoría. Es también la existencia de la diversidad y de la conflictividad de ideas y de sentimientos de pertenencia. Añade que “hay demócratas que, en el fondo, no son más que sub-demócratas y no aceptan esta conflictividad”.

Tariq Ramadan y Edgar Morin van más allá cuando critican que tras la afirmación de un país -Francia para ellos, España diría yo- ante “lo uno y lo multicultural, muchos temen que lo multicultural no termine por laminar lo que hace que seamos una República”, un Estado diría yo.

Con este planteamiento, añaden, se olvida que “el hecho de ser ciudadano de un país, nada dice de su sentimiento de pertenencia” y será “el sentimiento de pertenencia lo que permita la reconciliación, construya la unidad de la persona, no su pasaporte”. En efecto, “el pasaporte no conduce al sentimiento de pertenencia”, puede incluso ser un serio obstáculo en la intimidad de las personas. Asimismo, continua Tarid Ramadan, con la aquiescencia de Edgar Morin, “la pertenencia legal a un Estado no conlleva necesariamente a la identificación afectiva a la nación”.

Así se construye la unidad de una persona que se descubre, sea por nacimiento, sea por educación, sea por parentesco, sea por cultura, como perteneciente a entidades políticas diferenciadas. El error sería limitarse a una sola de esas identidades, incluso postergando, cuando no pretendiendo, ahogar las otras. Eso es el radicalismo nacionalista. Pues bien, ese radicalismo nacionalista que bien conocemos en nuestra tierra (y que no es privativo de los vascos, recuérdese, por ejemplo, Deutschland über alles y Les Français d’abord) lo encontré en el discurso del rey Felipe la noche de la Navidad pasada.

Lo leí esa misma noche tras la cena familiar. Subí, inmediatamente, una reflexión a mi blog bajo el título de España como problema para el futuro de España, de donde extraigo algunas de las siguientes reflexiones. Me sorprendió el uso reiterado, a veces cacofónico, de los términos España y españoles. En su discurso, relativamente breve, el rey utilizó en 17 ocasiones el término España, en 12 el de españoles, a los que cabe añadir la referencia inequívoca a España en el significado de las palabras nación y país, utilizados, cada uno, tres veces. En total, 35 apelaciones a España y los españoles en un discurso de 35 párrafos.

Es evidente, a mi juicio, que el rey quiso subrayar, sin citarlo, el riesgo-peligro-alarma etc. que le suscita el contencioso catalán. Y lo hizo insistiendo en la realidad de una España, que él considera uninacional con una soberanía única que reside en “las Cortes Generales, como depositarias de la soberanía nacional, (que) son las titulares del poder de decisión sobre las cuestiones que conciernen y afectan al conjunto de los españoles”. Aunque, obviamente, en lo que concierte a todos los españoles, todos los españoles deben intervenir, como en lo que concierne a los europeos todos los europeos, a los vascos todos los vascos, etc., etc., Este planteamiento me parece esclavo del concepto de soberanía española como indivisa y única cuando, tal soberanía, ya está, de facto, compartida con otras entidades diferentes. Así, con el Parlamento Europeo. La obcecada invocación continuada de la (falsa) unicidad de la soberanía española en las Cortes Generales (ampliamente reiterada por políticos y tertulianos, últimamente), conlleva a la desmembración emocional de España en los sentimientos de pertenencia de muchos ciudadanos. ¿Por qué tanto miedo a la soberanía compartida intraestatal cuando se acepta la soberanía compartida interestatal a favor de la Unión Europea?

Pues hay otra solución si, de una vez por todas, se supera el ya caduco concepto del Estado-Nación y se aplica el principio de subsidiaridad, en la limitación de competencias, siendo cada entidad responsable (mejor que soberana) en ellas. Lo que exige que se acepte, entre otros, a Euskadi y Catalunya como sujetos políticos con capacidad de decidir, en el ámbito de sus competencias, en una Europa que sea, al fin, algo más que la Europa de los Estados.

Personalmente soy un europeísta convencido. Es cierto que la Europa que se está construyendo es más la Europa económica y financiera que la cultural, social y humanista. Pero, según la bella formula de mi admirado Amin Maalouf, “la Unión Europea nos ofrece el ejemplo de una utopía que se realiza”. Porque Europa no es solamente el euro o la determinación de la cuota de la antxoa. Es también, ya, la proliferación de universitarios que se forman fuera de sus países de origen, muchos continuando allí su vida profesional. Cuando no encontrando su pareja. Por eso, escribí en mi blog, enrabietado, contra la pitada a Europa y Beethoven en la arriada, la noche del maravilloso día de San Sebastián. A la obcecación de los políticos (¡ojo con Ciudadanos!, son los más jacobinos) y tertulianos, se alió la no menor obcecación de los de siempre. ¡Qué cruz!

¿Por qué tanto miedo a la soberanía compartida intraestatal cuando se acepta la soberanía compartida interestatal a favor de la Unión Europea?


La obcecada invocación continuada de la (falsa) unicidad de la soberanía española, conlleva a la desmembración emocional de España en los sentimientos de pertenencia de muchos ciudadanos


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