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Agur, Ricardo Alberdi! (Entre el realismo y la utopía)

Por Etikarte - Sábado, 27 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:12h

A primeros de febrero, el presidente de uno de los bancos más importantes del Estado, al ofrecer la cuenta de resultados de la entidad por él representada, emplazó al futuro Gobierno a que “sea realista y no crea en utopías”.

Creemos, sin embargo, que no sólo es conveniente sino necesario para el bien común de la sociedad, unificar debidamente la mirada realista con el horizonte utópico, tal como nos enseñó Ricardo Alberdi, un hombre entero y creyente, sin trampa ni cartón, que hizo una opción incondicional a favor de la justicia social y la defensa de los más débiles.

Todavía no hace mucho tiempo, nos juntábamos un grupo de amigos en torno a su tumba en el cementerio de su localidad natal. Junto a la tristeza por su muerte, brotaba entre nosotros la esperanza insoslayable de la fe en la Resurrección, a la vez que afloraban muchos episodios de su generosa vida.

Ricardo nació en Irun en 1919 y murió en Donostia en 1982. A los 28 años ingresa en el Seminario de Vitoria. Poco antes había quedado disuelto su noviazgo, por mutuo acuerdo, con Ramoni Nogués, hoy religiosa Misionera Mercedaria de Berriz, al entender ambos, a la luz de la fe, que debían canalizar sus vidas al servicio total y desinteresado de los demás. Ricardo dejó a un lado cargos que, junto a generosos honorarios, le hubiesen dado un confortable bienestar, y se embarcó en la misión de promocionar cultural, social y espiritualmente a los hombres y mujeres, jóvenes y adultos de su tiempo. Ricardo pudo haber aceptado un puesto en el episcopado posconciliar. Su prestigio y su competencia hicieron que el Arzobispo de Pamplona le ofreciese el cargo de Obispo Auxiliar de la diócesis. Lo rehusa por una premisa moral sin trueque posible: “Que sea elegido por todos el que haya de presidir a todos”. No le iban los nombramientos a dedo, por muy episcopales que fueran.

Profesor de una claridad meridiana y animador de militantes cristianos comprometidos en la vida social y política, multiplicó encuentros, cursillos, charlas y reuniones tanto en Euskal Herria como en toda la península. Preocupado por la buena formación, crea una Escuela Social para militantes, así como la Editorial Ethos, en colaboración con su hermano José Mari. Escribe libros y folletos innovadores sobre la vida económica, política y sindical;sobre el capitalismo, el marxismo y, en definitiva, sobre el “hombre nuevo”. Sus contenidos alimentan todavía a muchos militantes.

Siempre trató de iluminar e impulsar a quienes buscaban un nuevo orden social más justo y fraterno. En su palabra certera, exacta y firmemente documentada, se encuentran muchas de las respuestas válidas a los retos de un capitalismo sin alma o un colectivismo estatal totalitario y materialista. De sus labios aprendimos a diagnosticar las lacras de las estructuras e ideologías montadas, no en función del servicio a las personas concretas, sino construidas para acaparar y dominar, ya fuese desde la violencia terrorista o la violación de los derechos humanos por parte, incluso, del Estado.

Ricardo despertó, forjó e impulsó la militancia de muchos cristianos y no cristianos, que más tarde se han comportado como la levadura callada y eficaz en sus responsabilidades cívicas. Si todavía hoy existe en diversos sectores del clero y del laicado una innegable concienciación de la moral social cristiana y un serio compromiso socio-político, se debe en gran parte a la labor culta, callada y profética de Ricardo Alberdi y de otros como él, que vieron en el Evangelio el núcleo fundamental de su mensaje liberador.

No todos comprendieron su enseñanza, ni su labor fue aceptada sin crítica e, incluso a veces, perseguida. Lo vivió en silencio, sabiendo que toda posición crítico-utópica tiene un precio doloroso. La Iglesia a la que Ricardo sirvió con pasión, suele malgastar con frecuencia el capital humano de muchos creyentes insobornables. ¿Por ignorancia? ¿Por recelo? ¿Por un espiritualismo desencarnado? ¿Por soberbia?

El mejor reconocimiento a su figura no es otro que sentirnos deudores suyos y seguir empeñados en el compromiso social y político en nuestro entorno, denunciando toda injusticia y aplicando los valores que dieron sentido a su vida, uniendo el sano realismo con la utopía esperanzada de un mundo nuevo posible.


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